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👉🏻Lee más aquí: https://buenovela.onelink.me/nVxU/fd5jjtteCapítulo 16Luciana no se sintió triste. Era lógico que Alejand...
11/28/2025

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Capítulo 16
Luciana no se sintió triste. Era lógico que Alejandro estuviera con su novia. Sin embargo, si Alejandro estaba con Mónica y le había colgado, eso quería decir que no se haría cargo de ella. Por lo que, al parecer, tendría que arreglárselas sola.

Sin pensarlo dos veces, Luciana se levantó y salió del restaurante. Sin embargo, al cruzar las puertas del local, se dio cuenta de que estaba completamente desorientada.

Era la primera vez que iba a Sierra de los Vientos, y en el trayecto había estado tan absorta que no se había dado cuenta de lo remoto que era aquel lugar. No había paradas de autobús cercanas, ni metro, y la mayoría de las personas que iban hasta allí lo hacían en su propio auto. Por lo tanto, no había ni el más mínimo rastro de taxis.

Sin saber qué más hacer, sacó su teléfono para pedir un coche por una aplicación, pero el lugar era tan apartado que nadie le aceptaba la solicitud.

—No queda otra que caminar —murmuró y, sin más opciones, Luciana comenzó a caminar con la esperanza de llegar a una carretera principal donde pudiera encontrar un coche.

Sin embargo, al alejarse del restaurante, la iluminación en la zona se volvió escasa. Además, con la lluvia de los últimos días, el camino estaba en muy mal estado, por lo que mientras caminaba a oscuras, de repente, su pie se detuvo en seco.

—¿Qué pasó? —preguntó en voz alta, frunciendo el ceño, y, acto seguido, se agachó para inspeccionar qué había pasado, percatándose de que había quedado atrapada en un charco de lodo.

Con un fuerte tirón logró sacar el pie, pero su zapato se quedó atorado, y estuvo a punto de llorar por la frustración. ¡No podía tener tanta mala suerte!

Sin nada más que hacer, decidió seguir caminando descalza. Pero cuando estaba a punto de llegar a la carretera principal, sintió un dolor agudo en la planta del pie.

—¡Ah! —gritó de dolor.

Aunque la visibilidad era baja, por su experiencia como interna pudo deducir que se trataba de un trozo de vidrio que se había incrustado en la carne de su pie.

Con determinación, sacó el vidrio, y, al hacerlo, su mano se manchó de sangre al instante.



En el hospital, dentro de la habitación.

Alejandro se enteró de la situación de Mónica; su fiebre baja se debía a que se había resfriado.

—Alejandro, siento mucho haberte molestado por algo tan pequeño —se disculpó Mónica, con el rostro pálido—. Es mi culpa. —Frunció el ceño, visiblemente incómoda—. ¿Te hice perder tiempo de trabajo?

Las reuniones de negocios generalmente se llevaban a cabo por la noche, y, de no haber sido por ese imprevisto, Alejandro habría estado en ese momento en una de ellas, acompañando a Alberto. Sin embargo, no podía decirle aquello. Después de todo, ella era su mujer; su responsabilidad.

—No digas eso —repuso Alejandro, dándole unas palmaditas en la mano, intentando tranquilizarla—. Este tipo de cosas, deberías hacérmelas saber de inmediato. Siempre será así; para mí, tú eres más importante que cualquier reunión.

—Entonces me lo tomaré en serio. —Mónica sonrió a través de las lágrimas y le apretó la mano—. Y, si en algún momento te extraño, ¿puedo buscarte?

Alejandro nunca había pensado en eso, pero, al reflexionar, se dio cuenta de que ella era la mujer con la que había prometido casarse, por lo que era lo que debía hacer, así que asintió.

—Claro que sí.

—¿A cualquier hora?

—Sí. —Alejandro asintió de nuevo—. A cualquier hora.

—Alejandro, eres tan bueno conmigo —dijo Mónica, con las mejillas sonrojadas, lo miró profundamente.

—Duerme —repuso Alejandro, dándole unas nuevas palmaditas en el dorso de la mano—. Me iré cuando te hayas dormido.

—Está bien.

Mónica cerró los ojos y, poco después, se quedó dormida. Tras lo cual, Alejandro se levantó y salió de la habitación.

En el momento en que la puerta se cerró, Mónica abrió los ojos, sacó su teléfono y marcó un número.

—Hija, ¿cómo va todo?

—Mamá, él vino a verme. Ya te lo dije, él se preocupa por mí, no hacía falta que fingiera estar enferma.

—¿Qué sabes tú? Ahora él tiene esposa, y, aunque no la quiera, sigue siendo su esposa. Debes encontrar formas de mantenerlo pensando en ti, de que no te olvide.

El rostro de Mónica se tensó, mordió su labio y respondió con determinación:

—Lo sé, mamá.

—No puedes seguir así, tienes que encontrar la manera de enfrentarte a su esposa —añadió Clara, su madre, con amargura—. ¡Nadie mejor que otra mujer para lidiar con una descarada!



Al salir de la habitación, Alejandro recibió una llamada de su abuelo, la cual atendió de inmediato.

—Abuelo.

—¿Cómo va todo? Escuché del secretario de Alberto que Luci hizo un gran trabajo. Bueno, no te pregunto a ti, mejor pásame a Luci para que me cuente ella misma.

Alejandro se quedó helado.

¡Luciana! ¡La había dejado en el restaurante!

—Abuelo, estamos en el coche, ella se quedó dormida. En cuanto lleguemos, haré que te llame —respondió a toda velocidad, tras lo cual cortó la llamada apresuradamente y marcó el número de Luciana.

Sin embargo, una fría voz mecánica le informó que el teléfono estaba apagado, por lo que dedujo que, tal vez, se había quedado sin batería.

Sin pensarlo dos veces, Alejandro marcó otro número.

—Sergio, Luciana todavía está en el restaurante en Sierra de los Vientos. Contacta a alguien en la finca para que la lleven de vuelta. Además, el abuelo está preocupado por ella, dile que le devuelva la llamada.

—Entendido, primo.

Después de toda la agitación, Alejandro se sentía agotado, por lo que decidió regresar a su villa para descansar.

En el camino, recibió una llamada de Sergio.

—Primo, los de la finca no encontraron a Luciana —dijo Sergio, dubitativo.

—¿No la encontraron? —preguntó Alejandro espabilándose de golpe—. ¿A dónde se fue?

—Aún no lo sabemos. Los meseros del restaurante dicen que se fue hace rato.

Alejandro se frotó la frente con cansancio.

—Primo —continuó Sergio—, esa zona es bastante desolada. Voy a ir a buscar por el camino, es muy tarde y una chica sola no está segura.

—De acuerdo, ve.

Tras decir esto, Alejandro colgó el teléfono con frustración, pero las palabras de Sergio aún resonaban en su cabeza:

—Es muy tarde y una chica sola…


Pensando en esto, Alejandro volvió a tomar el teléfono.

—Sergio, ¿dónde vive?

—En la residencia estudiantil de la Universidad de Ciudad Muonio —respondió Sergio—. Te enviaré la ubicación exacta del edificio.

—Perfecto.

Alejandro colgó y giró el volante, dirigiéndose directamente a la UCM.

***

En la entrada de la UCM.

Luciana bajó de un Maserati plateado, agradeciendo repetidamente.

—Gracias por traerme de vuelta, de verdad, perdóneme por la molestia.

—No hay problema, iba de paso.

El hombre de mediana edad detrás del volante sonrió amablemente y, al notar su pie herido, preguntó:

—¿Necesitas que te lleve al hospital?

—No, no, muchas gracias. —Luciana sonrió amablemente—. Es solo una herida menor, no es nada grave.

Después de todo, él era un desconocido que la había encontrado herida y la había llevado de regreso. No quería incomodarlo más.

—Está bien —asintió el hombre y, sin insistir se despidió, arrancando el coche—. Cuídese.

Luciana se dio la vuelta y comenzó a caminar cojeando. Sin embargo, apenas había dado unos pocos pasos cuando una sombra apareció frente a ella.

Luciana levantó la vista y vio a Alejandro, mirándola fijamente, con el rostro frío

—¿Cuánto tiempo ha pasado? Veo que te las arreglas bastante bien.

«¿De qué está hablando?», se preguntó Luciana, sin entender nada.

En ese momento, Alejandro sintió que su preocupación era ridícula, y sus palabras fueron mordaces.

—Maserati… Jamás lo hubiera imaginado, Luciana, tienes tus habilidades, ¿eh?

«¿Qué?»

Luciana se quedó helada por un momento, antes de comprender.

—¿Piensas que estoy seduciendo a algún hombre rico?

La última vez en Serenity Haven, él ya le había dicho algo similar.

—No lo niegues. —Alejandro la miró de reojo, con una sonrisa fría—. Lo vi con mis propios ojos.

—¿Qué viste? —preguntó, sintiendo como una inusual rabia se apoderaba de ella. No podía creer lo irracional que era ese hombre—. ¡Te juro que estás ciego! —exclamó y lo empujó con fuerza—. ¡Quítate de mi camino!

—¿A quién llamas ciego? —inquirió Alejandro, lleno de ira, sujetándola por la muñeca.

👉🏻Lee más aquí: https://buenovela.onelink.me/nVxU/fd5jjtteCapítulo 15—Alejandro…El corazón de Luciana latía con nerviosi...
11/27/2025

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Capítulo 15
—Alejandro…

El corazón de Luciana latía con nerviosismo mientras se apoyaba en su pecho, tan cerca que podía escuchar el latido de su corazón. Esto la hacía sentir muy incómoda.

—Bájame, estoy bien.

—¿Estás bien? —Los ojos de Alejandro brillaban con una fría intensidad—. ¿Y dices eso con esa cara de que estás a punto de desmayarte?

Luciana esbozó una sonrisa. Ya había comprendido que este hombre tenía un mal temperamento y una lengua afilada… una lástima, considerando lo guapo que era.

—De verdad, no pasa nada. Es solo que… tengo hambre, hipoglucemia, y me sentí débil.

—¡Entonces vamos a comer!

El hospital estaba cerca de Sierra de los Vientos, y regresar a la finca sería demasiado complicado, así que Alejandro encontró un restaurante cercano. Debido a lo apartado del lugar, el restaurante estaba casi vacío, y la comida no era nada del otro mundo.

Alejandro parecía ligeramente irritado.

—No hay nada bueno aquí, pero nos conformaremos.

—A mí todo me viene bien —respondió Luciana, mientras saboreaba un caramelo que había pedido al mesero—. Con que llene el estómago, es suficiente.

—No eres nada exigente —comentó Alejandro, sirviendo dos vasos de agua y pasándole uno—. ¿Tan joven y ya tienes un cuerpo tan débil? —dijo con un tono claramente sarcástico.

Luciana, ya acostumbrada a sus comentarios, explicó:

—En realidad, tengo buena salud. Solo que tengo hipoglucemia, no tolero bien el hambre…

En ese momento, llamaron a la puerta, y Sergio entró con la pomada.

—Primo, aquí tienes.

Alejandro tomó la pomada y le dio una instrucción:

—Haz que traigan un balde con agua caliente y una toalla.

—Entendido —Sergio asintió y salió.

Poco después, un camarero trajo el agua caliente y la toalla.

—Señor Guzmán, ¿necesita que haga algo más?

—No, gracias.

Alejandro hizo un gesto para que el camarero se retirara, luego señaló una silla para Luciana.

—Pon la pierna aquí.

Luciana lo miró sorprendida. ¿Él mismo iba a aplicarle la pomada? No le parecía apropiado.

—Tsk —Alejandro, impaciente, agarró su tobillo, levantó su pierna y la colocó sobre la silla frente a ella. Luego levantó la falda lo suficiente para dejar al descubierto sus rodillas redondeadas y moreteadas.

Con una inusual suavidad en su voz, dijo:

—Va a doler un poco, aguanta.

—No hace falta —intentó rechazar Luciana.

—¿Por qué te mueves? —frunció el ceño Alejandro—. Si no fuera porque me ayudaste mucho, ¿crees que estaría dispuesto a hacer esto por ti? No te muevas.

—Está bien —cedió Luciana, sabiendo que no tenía sentido resistirse más.

Alejandro comenzó aplicando la toalla caliente sobre las rodillas de Luciana.

—¿Cómo se te ocurrió ir a Fate Sanctuary a buscar un amuleto de protección?

—Cuando era pequeña, mi mamá solía llevarme —respondió Luciana, con un tono melancólico.

Alejandro esbozó una ligera sonrisa, pero su comentario fue mordaz:

—Arrodillarte tantas veces, sabes cómo ganarte a la gente.

—¿Ganarme a la gente? —Luciana frunció el ceño, sintiéndose un poco molesta—. Incluso si fuera para ganarme a alguien, lo hice arrodillándome una y otra vez, con cada inclinación.

Alejandro arqueó una ceja, ligeramente sorprendido por su respuesta.

—A Alberto le agradas, así que cualquier cosa que digas estará bien.

Sin más palabras, retiró la toalla y abrió la pomada, aplicándola en las rodillas de Luciana.

—¡Ah! —Luciana gritó de dolor.

—¡No grites! —Alejandro la regañó, molesto por el ruido.

—Ok… —Luciana trató de aguantar, pero el dolor era intenso. Su cuerpo se estremecía involuntariamente mientras intentaba contener los gemidos que se escapaban de sus labios.

—¡No te muevas! —la reprendió Alejandro—. ¿Qué haces moviéndote tanto? ¡Parece que te estoy haciendo otra cosa!

Temiendo que la pomada se despegara, Alejandro se inclinó hacia adelante y la sujetó con firmeza. Los suaves gemidos de Luciana resonaban justo en su oído, y sus grandes ojos almendrados lo miraban, húmedos y brillantes.

Sus pestañas parpadeaban, como dos pequeñas escobillas, rozando su corazón y provocando una sensación extraña en él.

Como si estuviera hechizado, Alejandro se acercó involuntariamente a los labios rosados de Luciana...

Toc, toc.

La puerta del salón volvió a sonar, sacándolo de su trance. Alejandro se detuvo, recuperando la compostura.

¡Casi había besado a Luciana! A una mujer cuya vida personal consideraba desordenada y de dudosa conducta. ¿Se había vuelto loco?

Soltó su mano y su expresión se oscureció.

—Listo.

—Ah, ok. —Luciana parpadeó, desconcertada por el repentino cambio de actitud de Alejandro.

El ambiente se tornó incómodo y tenso, pero la entrada del mesero con la comida rompió la tensión.

—Vamos a comer.

Dado que Luciana había sido clave para su éxito con Alberto, Alejandro dejó a un lado sus pensamientos confusos y, en un raro gesto de caballerosidad, le sirvió la comida y le ofreció sopa.

—Come bastante.

—Sí, gracias.

Luciana realmente tenía hambre, así que bajó la cabeza y comenzó a comer con ganas, llenándose la boca.

El teléfono de Alejandro sonó, y tras echarle un vistazo, se levantó para salir a contestar.

—Sergio.

—Primo, ¡Mónica se desmayó en el set! Ahora está en el hospital.

Alejandro frunció el ceño.

—Encárgate tú por ahora, voy para allá enseguida.

Colgó el teléfono y se marchó del restaurante sin mirar atrás, olvidándose por completo de Luciana.

Cuando Luciana terminó de comer y beber, se quedó perpleja. ¿Y Alejandro? ¿Dónde había ido? ¿Se habría tardado tanto en contestar una llamada?

Se levantó, abrió la puerta y miró a su alrededor, pero Alejandro no estaba afuera. Quizás había ido al baño. Volvió a sentarse en el salón, intentando tener paciencia mientras lo esperaba. Sin embargo, el tiempo pasaba y él no regresaba.

De repente, una idea la golpeó: ¿Y si Alejandro la había dejado sola?

Sacó su teléfono, buscó en la lista de contactos y le marcó.
..

En el hospital.

Cuando Alejandro llegó, Sergio ya había manejado casi todo.

—Mónica está recibiendo suero, tiene un poco de fiebre, pero no es nada grave —informó Sergio.

—Entendido. —Alejandro asintió y empujó la puerta para entrar.

Su teléfono sonó y, sin pensar, deslizó el dedo para contestar.

—¿Hola…?

—Alejandro, ya terminé de comer. —Luciana, visiblemente preocupada, le preguntó—: ¿Dónde estás? He buscado por todas partes y no te encuentro.

—Alex… —la suave voz de Mónica lo llamó desde la cama.

Alejandro estaba a punto de responderle a Luciana cuando escuchó a Mónica. Se detuvo un instante y levantó la mirada, viendo a Mónica en la cama, mirándolo con una expresión triste y vulnerable.

Sin dudarlo, cortó la llamada y guardó el teléfono en el bolsillo.

—Ya estoy aquí.

Mientras tanto, Luciana se quedó perpleja. ¡Él le había colgado! Además, esa voz que dijo «Alex» era claramente de una mujer.

Luciana reconoció la voz al instante; había escuchado esa voz durante más de diez años. Era su hermanastra, Mónica Soler.

👉🏻Lee más aquí: https://buenovela.onelink.me/nVxU/fd5jjtteCapítulo 14—¡Por eso mismo! ¡El tiempo es vida!En los tres min...
11/26/2025

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Capítulo 14
—¡Por eso mismo! ¡El tiempo es vida!

En los tres minutos dorados para la reanimación, cada segundo que se perdiera podría significar la muerte de Alberto, por lo que, desesperada, Luciana insistió:

—Incluso si vas a buscar a un médico ahora, ¿cuánto tiempo te tomaría llegar? ¡Dame dos minutos! ¡Te aseguro que estará bien!

Un segundo, dos segundos…

Luciana estaba empapada en sudor, presa de la desesperación.

—¡Rápido! ¡No hay tiempo para pensar!

En un momento crucial como aquel, Alejandro decidió confiar en ella, a pesar de no saber por qué.

—Está bien —repuso, soltándole la mano.

Luciana, con una chispa de alegría en sus ojos, extendió la mano hacia él.

—¡Dame un cuchillo! ¡Hay uno en la mesa!

—De acuerdo.

Alejandro, sin pensarlo dos veces, asumió el rol de su asistente y, tras tomar un cuchillo de la bandeja de frutas, se lo entregó a Luciana.

—Alejandro, ¿te has vuelto loco? —preguntó José con el rostro pálido por el susto. Lo agarró del brazo y le dijo—: ¿Sabes quién es el señor Delgado? ¿Vas a dejar que esta mocosa haga lo que quiera? Si le pasa algo …

—¡Lárgate! —Alejandro no tenía tiempo para escuchar sus tonterías, por lo que se zafó del agarre de José de un tirón y le entregó el cuchillo a Luciana—. Aquí tienes.

—¡Dame tu pluma! —le pidió ella, consciente de que él siempre llevaba una consigo.

Sin dudarlo, Alejandro sacó una pluma de su bolsillo y se la tendió, aun sin entender para qué la quería.

Luciana tomó la pluma, la desmontó rápidamente, extrajo el capuchón y quitó la parte sellada del otro extremo, convirtiéndolo en un tubo hueco.

A continuación, palpó el cuello de Alberto para localizar el lugar correcto, y, con un movimiento firme, hizo una incisión en su garganta, tras lo cual, insertó el tubo de la pluma en la abertura.

Completamente aterrorizados, José y los sirvientes se dieron la vuelta, sin atreverse a mirar.

—¿Dónde está la ambulancia? ¿Por qué no ha llegado aún? —gritó José en dirección a los sirvientes.

—Ya llamamos, pero no llega tan rápido —respondió uno de ellos con nerviosismo.

—¡Esto no puede ser! —insistió José—. Debemos llevar al señor Delgado al hospital cuanto antes. ¡Prepárate para salir! ¡Rápido!

—Sí, señor.

Sin embargo, antes de que el sirviente pudiera ir a preparar el coche, Luciana dijo con un tono ligeramente alegre:

—¡Está fuera de peligro!

Alberto yacía en el suelo, sin poder hablar, pero el color de su rostro había mejorado notablemente y sus ojos, llenos de gratitud, estaban fijos en Luciana.

Movió los labios, y Luciana entendió lo que estaba tratando de decir: «gracias».

Alejandro dejó escapar un suspiro de alivio y, al mirar a Luciana, notó con sorpresa que cuando sonreía, en la comisura de sus labios aparecían dos pequeños hoyuelos.

Sin lugar a dudas, su prometida desde la infancia, era una de las más hermosas.

Unos minutos después, la ambulancia llegó y, rápidamente, Alberto fue trasladado al hospital.

Gracias a la intervención oportuna de Luciana y sus habilidades, el estado de Alberto se estabilizó por completo en el hospital, y solo necesitó de tratamiento adicional.

Alejandro, Luciana y José lo acompañaron y esperaron afuera de la habitación del hospital.

El tiempo se les hizo eterno, y Luciana, apoyada en sus rodillas, empezaba a sentir que apenas podía mantenerse en pie.

—¿Qué te pasa? —preguntó Alejandro, extendiendo una mano para sostenerla.

—Me duelen un poco las piernas —respondió Luciana, con una sonrisa avergonzada.

—¿Por qué no lo dijiste antes? —preguntó Alejandro, tomándola del brazo y guiándola hasta un banco para que se sentara—. ¿Por qué no te sentaste? ¿No ves que hay sillas?

—Oh. —Luciana no había querido ser la única en sentarse. Aquello la hacía sentir incómoda.

Una vez tomó asiento, la falda de Luciana no cubrió sus rodillas por completo, por lo que dejó al descubierto los oscuros moretones.

Alejandro frunció el ceño al instante, y una sombra de preocupación nubló su mirada.

—¿Cómo se pusieron tan mal?

—No es nada. —Luciana tiró de su falda para cubrirse un poco más—. En unos días estaré bien.

—¿Así que solo lo aguantas? —preguntó Alejandro, claramente en desacuerdo con su manera de pensar. —Y eso que eres doctora. ¡Qué irresponsabilidad!

Dicho esto, se puso de pie y llamó a Sergio.

—Haz que traigan algo de ungüento…

—Claro, primo —respondió Sergio con una sonrisa.

Luciana se sentía un poco confundida. Ese Alejandro era diferente, casi desconocido para ella, y, para su sorpresa, no le resultaba tan desagradable como antes…

Mientras pensaba en esto, la puerta de la habitación se abrió y una enfermera salió, preguntando:

—¿Quiénes son Alejandro y Luciana?

—Somos nosotros —se apresuró a responder Alejandro, colocándose junto a Luciana.

—El paciente quiere verlos. Aún está débil, así que no hablen por mucho tiempo.

—Entendido.

Alejandro lanzó una mirada a Luciana, sintiendo una vaga premonición, mientras que, a su lado, José dejaba escapar una risita sarcástica.

—Alejandro, esta vez tuviste suerte —repuso, antes de añadir—: Pero bueno, ya que el señor Delgado está bien, me retiro.

Dicho esto, se marchó sin más, consciente de que, comparado con la deuda de que Luciana le hubiera salvado la vida, todo lo demás carecía de importancia.

Alejandro levantó una ceja y, a continuación, entró en la habitación, seguido de Luciana.

—Ya llegaron —dijo Alberto, con voz débil y susurrante, mirando a Luciana.

—Gracias, chiquilla, me has salvado la vida.

—Está exagerando, soy doctora, es mi deber —dijo Luciana, sacudiendo la cabeza.

—Esa bondad que has mostrado, la llevaré siempre en mi corazón.

Al ver que no buscaba ningún tipo de reconocimiento, la gratitud que sentía Alberto no hizo más que aumentar.

—Muchacho, en honor a esta joven, el Proyecto Lago Escondido es tuyo —dijo, a continuación, dirigiendo su atención a Alejandro.

Alejandro se tensó. Aunque lo había presentido, escucharlo de los labios de Alberto lo sacudió profundamente.

—Señor Delgado, muchas gracias.

—No es necesario —dijo Alberto, negando con la cabeza, y volvió a mirar a Luciana—. Si quieres agradecerle a alguien, agradécete a ti mismo. Tienes buen ojo, esta chica es excelente.

El cuerpo de Alberto seguía demasiado débil, así que después de unas pocas palabras, Alejandro y Luciana se retiraron de la habitación.

Una vez fuera, Alejandro se detuvo, inclinando la cabeza hacia ella.

—Gracias —dijo en tono solemne.

Luciana lo notó, y también pudo ver lo importante que era el Proyecto Lago Escondido para él. De pronto, su corazón comenzó a latir más rápido, al pensar que aquella era su oportunidad. Por lo que, tomando una profunda bocanada de aire, le preguntó, con suma cautela:

—Alejandro, si realmente estás agradecido, ¿podrías reconsiderar lo de mi internado? —Lo miró con los ojos llenos incertidumbre y ansiedad. ¿Aceptaría? No lo sabía. Pero, después de todo lo que había hecho por él, debería, ¿o no?

Un segundo, dos…

Sin embargo, Alejandro no respondió directamente, sino que se limitó a decir:

—Vamos.

—¿A dónde?

—A que comas algo —respondió, recordando que, con todo lo que había sucedido, aún no había comido nada.

—Oh.

Él caminaba a paso rápido, y Luciana, con sus piernas cortas, tenía que trotar para poder seguirle el ritmo.

—Alejandro, ve más despacio…

Mientras luchaba por alcanzarlo, se preguntó si acaso lo iba a considerar o de plano no. Pensando en todo esto, de pronto, Luciana se tambaleó y su rostro palideció y comenzó a sentir un sudor frío en todo su cuerpo.

—¡Luciana! —exclamó Alejandro, alarmado.

Y, en un acto reflejo, la sostuvo por los brazos, antes de levantarla en un solo movimiento.

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11/25/2025

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Capítulo 13
«¿La esposa? Qué interesante esta chica», pensó Alberto, esbozando una sonrisa mientras lanzaba una mirada a Alejandro.

—Ah, entonces, ¿a qué has venido hoy con Alejandro?

Conociendo al nieto de su viejo amigo Miguel, sabía que, aunque Alejandro tenía muchas cualidades, carecía de calidez humana, por lo que esta era una rara oportunidad para divertirse un poco con él.

—El abuelo me pidió que viniera con Alejandro para desearle un feliz cumpleaños —respondió Luciana con sinceridad.

—Pues te lo agradezco mucho —repuso Alberto con un asentimiento de cabeza y la animó a seguir hablando—: Ya que has venido a felicitarme, ¿qué regalo me has traído?



Alejandro sintió un n**o en el estómago, temiendo lo peor. ¿Qué podría haber preparado Luciana?

Alberto no había sido muy cálido con él, y temía que esto empeorara la situación. Sin embargo, para sorpresa de todos, Luciana asintió.

—Sí, traje algo.

«¿En serio?», pensó Alejandro, arqueando una ceja, y le apretó la mano.

—¡No me causes problemas! —le advirtió, a pesar de su sonrisa.

Luciana apartó su mano, sacó una caja de su bolso y la colocó delante de Alberto con una leve reverencia.

Aquel era un objeto que había conseguido en Fate Sanctuary unos días atrás.

—Es un pequeño gesto, para desearle que todos los años sean tan felices como este.

—Gracias por tus buenos deseos —agradeció Alberto.

Acto seguido, abrió la caja decorada y, por un momento, se quedó sorprendido.

—Esto es…

Su expresión era indescifrable, lo que hizo que todos en la mesa contuvieran el aliento, preguntándose si la chica había ofendido al señor Delgado, en especial Alejandro.

—Es un amuleto de Fate Sanctuary. No tiene gran valor económico —se apresuró a explicar Luciana.

Tan pronto como terminó de hablar, la mesa se llenó de murmullos, y todas las miradas se dirigieron hacia ella.

—Muy bien, muy bien —asintió Alberto, visiblemente complacido. Su alegría era más que evidente.

A continuación, se volvió hacia Alejandro, quien no entendía bien lo que estaba ocurriendo.

—El amuleto de Fate Sanctuary no se vende al público. Si alguien quiere uno, debe caminar desde la entrada del santuario hasta el salón principal, arrodillándose en cada paso, hasta que un sacerdote se lo entregue —explicó—. Un paso y una reverencia por cada año de vida, es un símbolo de sinceridad y devoción. —Señaló a Luciana y la alabó—: Esta chica es mucho más considerada que tú, muchacho.

En ese momento, Alejandro lo comprendió lo que había sucedido con Luciana: los moretones en sus rodillas se los había hecho al arrodillarse. Sin lugar a dudas, sabía cómo ganarse el favor de los ancianos: el abuelo la adoraba y, ahora, Alberto también.

Después de que terminó el banquete, el secretario de Alberto se acercó a Alejandro.

—Señor Guzmán, el señor Delgado le pide que lo visite esta noche en su residencia y que traiga a la joven con usted.

Al escuchar esto, Alejandro se sorprendió un poco, pero luego agradeció:

—Por favor, dígale al señor Delgado que estaremos allí puntualmente.

Después de que el secretario se marchó, un destello de alegría se reflejó en el rostro de Alejandro. Aunque otros no lo notaron, Sergio sí.

—Primo, ¿el señor Delgado finalmente cedió?

—Sí —asintió Alejandro, con los ojos entrecerrados mientras miraba a Luciana, que esperaba tranquilamente a un lado.

Aunque no quería admitirlo, tampoco podía negarlo.

—Después de medio año de esfuerzos, todo se ha resuelto gracias a esta chica y su idea de conseguir el amuleto.

Luciana, sin duda, lo había ayudado.



Alejandro llevó a Luciana de vuelta a la habitación. A pesar de que ella todavía le resultaba útil, no le prestó atención, aunque tampoco la echó.

—Alejandro —lo llamó Luciana, una vez dentro.

—¿Qué pasa? —preguntó él, volviéndose hacia ella y mirándola con frialdad.

—Eh… —Luciana señaló la cocina y preguntó—: ¿Puedo usarla un momento?

Alejandro arqueó una ceja.

—¿Vas a cocinar? ¿No comiste suficiente?

Desde que había entrado al salón, no había dejado de comer.

—No. —Luciana agitó la mano—. Tengo un poco de congestión nasal, creo que me voy a resfriar, y quiero hacerme un poco de agua de limón.

Aunque era joven y fuerte, después de pasar la noche en el frío, temía enfermarse.

Al oír esto, Alejandro se sintió un poco incómodo.

—¿Eso te sirve? ¿No prefieres tomar una medicina?

Dado que ese día ella lo había ayudado, no le molestaría pedirle a Sergio que le trajera algún medicamento.

—No es necesario.

Luciana sonrió y negó con la cabeza.

—Desde que era niña, siempre he tomado esto cuando me resfrío, y nunca hubo problema.

Desde pequeña, su madrastra Clara la maltrataba, y, cuando enfermaba, no solo no la llevaba al médico, sino que ni siquiera le compraba medicinas. Por lo que siempre se preparaba agua de limón por su cuenta.

—¿Puedo?

Alejandro permaneció en silencio por un momento, antes de esbozar una ligera y fría sonrisa y responder:

—Haz lo que quieras.

Acto seguido, se dio la vuelta, y comenzó a subirlas escaleras.

Aliviada, Luciana suspiró y entró en la cocina.

Cuando Alejandro bajó a servirse un vaso de agua, toda la planta baja estaba impregnada con el fuerte aroma del agua de limón.

Echó un vistazo a la cocina y vio a Luciana abrazando una taza, de la cual sorbía lentamente. Entrecerrando los ojos, pensó en lo que ella le había dicho: desde pequeña, tomaba esa agua cuando se resfriaba. Pero ¿por qué? ¿Acaso no tenía dinero para medicamentos?

En ese momento, recordó que su abuelo le había mencionado que la madre de Luciana había fallecido cuando ella era muy pequeña… Así que, por lo visto, no lo había tenido tan fácil durante todos esos años.

«Vaya…»

***

Más tarde esa noche, Alejandro llevó a Luciana a la residencia de Alberto.

En un patio con techo de cristal, una mesa redonda de madera de peral ocupaba el centro, con incienso de sándalo quemándose y Alberto ya estaba sentado en la cabecera.

A su lado, lo acompañaba José Manzano, de Unión Manzano, con quien hablaba y reía.

«¿También está José?», se preguntó Alejandro, frunciendo el ceño.

En el Proyecto Lago Escondido, Unión Manzano era su principal competidor.

Sin mostrar ninguna emoción, Alejandro avanzó y se inclinó ligeramente.

—Señor Delgado.

—Alejandro, ya estás aquí —dijo Alberto alzando la mirada y esbozando una sonrisa, antes de dirigir su atención a Luciana—. Me alegra que tú también hayas venido.

—El señor Delgado me invitó, así que para mí es un gran honor —repuso Luciana, sonriendo con timidez.

—¡Ja, ja, ja, muy bien! —Rio Alberto, antes de hacer un gesto con la mano, invitándolos a tomar asiento—. Llegaron justo a tiempo. José estaba diciendo que quería cantar un par de canciones para este viejo. Es una oportunidad única, Alejandro, también deberías escucharlo.



—Entonces me prepararé para cantar —dijo José, ajustándose las gafas.

Dicho esto, le lanzó una mirada a Alejandro, llena de desafío.

Sin saber qué estaba tramando José, Alejandro tomó asiento, con Luciana a su lado.



Al poco tiempo, las luces del salón se atenuaron, y un haz de luz iluminó el espacio al frente.

Con el ritmo marcado por los tambores de ópera tradicional, José, vestido con un traje de ópera y maquillaje teatral, entró desde un lateral, dio una vuelta y comenzó a cantar:

—En un jardín pequeño y profundo, los años se entrelazan, los sueños revolotean como aves. El humo se disipa, los hilos de bordado quedan a medio terminar, ¿por qué este sentimiento de primavera es igual al del año pasado?

Aunque no era un profesional, su actuación resultaba bastante convincente.

—¡Bravo! —aplaudió Alberto con entusiasmo, encantado.

Alejandro sintió que algo no iba bien. A Alberto le encantaba la ópera tradicional, y José, en su afán por ganarse su favor, no había dudado en disfrazarse como un actor de ópera, por lo que no podía evitar temer que aquello pudiera poner en peligro sus posibilidades de obtener el Proyecto Lago Escondido.

En el centro del salón, José continuó cantando con gran algarabía durante un buen rato antes de terminar.

—¡Qué bien has cantado! —lo alabó Alberto.

—Señor Delgado, me temo que mi actuación fue modesta —respondió José.

—¿Cómo que modesta? —inquirió Alberto, sin dejar de sonreír—. Hoy en día no es fácil, encontrar jóvenes que sepan hacer esto. José, realmente te has esforzado mucho. Has practicado bastante, ¿verdad?

—Sí, he practicado mucho —asintió José—, pero si logré hacerle sonreír, valió la pena.

—Buen chico —repuso Alberto en un suspiro.

—Ve a quitarte el maquillaje, luego tomaremos un par de copas juntos.

—De acuerdo.

Alberto se dirigió primero al comedor, dejando a José con una expresión de triunfo en su rostro.

—Señor Guzmán, ¿qué crees que fue más efectivo? ¿Los golpes de cabeza de tu mujer o mi actuación? —inquirió José, y, sin esperar respuesta se marchó a desmaquillarse.

Aunque Alejandro mantenía una expresión tranquila, Luciana podía ver que estaba bastante molesto.

—¿Todavía vamos a cenar? —preguntó la joven, con un deje de duda.

—Sí, ¿por qué no?

Tras decir esto, Alejandro se dio la vuelta de inmediato, pero su sombra parecía llevar consigo una nube de oscuridad.



En el comedor, Alberto dio la orden de comenzar el banquete.

—Vamos, vamos, José —dijo Alberto, alzando su copa—. Primero haremos un brindis por ti.

—Gracias, ¡salud!

Y, Alejandro no pudo evitar notar cómo era completamente ignorado.

Alberto dejó su copa, aún con la emoción de la reciente actuación de José y dijo:

—Han pasado años desde que escuché una buena ópera…

Mientras hablaba, de repente, Alberto se llevó la mano al cuello. Su rostro se tornó morado, y empezó a tener dificultades para respirar.

—¿Señor Delgado?

—¡Señor!

El caos estalló en un instante, y Alberto se desplomó en el suelo.

—¡Rápido, llamen a una ambulancia!

—¡Todos, apártense! ¡Soy médico! —gritó Luciana, de repente, en medio del pánico colectivo. Acto seguido, se arrodilló en el suelo y ordenó a todos que se retiraran—. —¡No lo rodeen, aléjense! ¡No le quiten el oxígeno! —Mientras hablaba, desabotonó la camisa de Alberto, con urgencia.

Pero de repente, Alejandro la detuvo, agarrándole la mano.

—Luciana, ¿qué estás haciendo? ¡Es una vida lo que está en juego!

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