07/27/2026
No lloro.
Ya ni siquiera sé hacerlo.
Aprendí a guardar las tormentas
en un pecho que hace tiempo dejó de ser refugio.
Voy por la vida anestesiada,
como quien respira por costumbre,
como quien sonríe para no explicar
que por dentro todo se está derrumbando.
Cada palabra que callo
es una espina más en este jardin emocional.
Cada decepción,
cada responsabilidad,
cada herida que nadie vio,
cae en mí con el peso del mundo.
Y sigo...
porque todos esperan que siga.
Pero nadie escucha el crujido
de las paredes que sostienen mi alma.
Basta un suspiro,
una mirada,
un pequeño descuido del destino,
para que todo lo contenido
amenace con estallar.
Estoy cansada
de ser fuerte para todos,
de sostener lo que otros dejan caer,
de fingir que aún queda luz
cuando apenas encuentro fuerzas para amanecer.
No quiero desaparecer.
Quiero dejar de sentir
que vivir pesa más que respirar.
Quiero que alguien vea
el silencio que llevo puesto,
que tome mi mano sin pedirme explicaciones
y me recuerde
que incluso los corazones más rotos
merecen descansar.
Porque aún debajo de tantos escombros
hay una parte de mí
que sigue esperando, en silencio,
que llegue un abrazo
capaz de decirle:
"No tienes que cargar el mundo tú sola..."