06/09/2026
✍️La PNR tocó a mi puerta, pasadas las cinco de la tarde del domingo 7 de junio. Luego de saludar amablemente e identificarse como corresponde, el mayor Brizo me dijo que estaba citada para el día siguiente, 8 de junio, a las diez de la mañana, en la unidad policial de Zanja, donde él y otra compañera se entrevistarían conmigo.
La última citación que recibí de la Seguridad del Estado fue, si mal no recuerdo, en 2023: un papelucho pobremente impreso, con faltas de ortografía y un garabato escolar que pretendía pasar por firma.
Aquella vez un teniente identificado como Osvaldo me hizo las amenazas habituales, incluida la de ir a la cárcel si continuaba escribiendo para Cubanet, lo cual, hasta el momento, no ha ocurrido.
La situación en Cuba es extrema, dolorosa. Hemos llegado a un punto que no admite vuelta atrás. Sea cual sea el desenlace, no volveremos a lo que existía antes del 29 de enero de 2026, que ya era tétrico. Lo que se avecina es un hundimiento definitivo que eventualmente desembocará en el estallido social inevitable, o un resurgir condicionado por la presencia de Estados Unidos en la vida política y económica de la isla.
Para esos dos escenarios el pueblo cubano se prepara como puede, o más bien se deja arrastrar; pero el poder está actuando con la desesperación derivada de la certeza de que esta vez no es el Partido Comunista quien maneja los hilos de la trama, y que ya la “guerra” interna no es contra un puñado de opositores, activistas y periodistas, sino contra múltiples frentes de disidencia activa creados por una ciudadanía que no aguanta más y lo demuestra sonando cazuelas, quemando basura, lanzando contra los establecimientos del poder popular sus pocos alimentos podridos tras días de apagón, denunciando a gritos la corrupción e incompetencia del gobierno, clamando libertad.
Con todo eso en mi cabeza acudí puntualmente a la citación. El mayor Brizo apareció tres minutos después de la hora fijada y enseguida se reunió conmigo para comunicarme que la compañera llegaría en unos diez minutos.
Esperé disciplinadamente porque de estos trances desagradables es mejor salir a la primera; pero empezó a ganarme el hastío cuando, veinte minutos más tarde, el mayor me notificó, apenado y apremiado por los muchos pendientes que debía resolver, que la compañera se había ponchado pero que ya estaba en camino. Aguardé otros veinte minutos y regresó el mismo oficial a decirme que a la compañera le habían dado la orden de virar para atrás.
Se canceló la “entrevista” por motivos desconocidos, y si esta servidora tuviera un ego desmedido, le habría reclamado al mayor Brizo por tamaño desplante, cómo es posible que la seguridad me haga eso a mí, que llevo más de diez años machacando a la dictadura con cada texto que escribo.
Pero un plantón dice más que mil palabras, así que, en lugar de sentirme menospreciada por los represores, me marché con la satisfacción de haber comprobado que ni siquiera la policía política funciona en estos momentos como la maquinaria bien engrasada que solía ser.
No es la primera vez que un periodista citado por su trabajo para medios independientes regresa a su casa porque el esbirro de turno no pudo llegar al interrogatorio. La “quinta mejor policía del mundo” se está quedando sin personal o sin gasolina, como mismo se quedó hace rato sin papel ni tóner para imprimir una citación más o menos acorde a lo estipulado por la ley.
Sé que llegará una segunda citación, y es poco probable que la compañera que me atiende vuelva a ausentarse. Yo llegaré con la puntualidad habitual, pero no pienso esperar más de quince minutos porque soy cuidadora de mi madre a tiempo completo y no voy a dejarla sola de nuevo mientras la emisaria de Gedosia incumple sus propios protocolos.
Pese a la incómoda experiencia no puedo dejar de mencionar el trato respetuoso y educado que el mayor Brizo me ofreció en todo momento. Debo señalarlo porque es una cualidad rara entre los policías cubanos. Quizás, como sugirió una colega, lo hizo para desmarcarse de las arbitrariedades de la seguridad del estado. Es probable.
O tal vez ahora que la policía está desbordada ante el alza exponencial de la criminalidad real, algunos oficiales hayan aprendido la diferencia entre delincuentes comunes y ciudadanos pacíficos hostigados por sus ideas políticas.
Un texto de Ana León