09/06/2026
Durante mi turno de noche, una ambulancia trajo a mi esposo cubierto de sangre. Detrás de él entró una mujer embarazada de cinco meses, gritando: «Doctora, por favor, salve al padre de mi BEBÉ».
Todos sabían que llevábamos cinco años casados. Me quité el anillo de bodas, lo guardé en el bolsillo de mi uniforme quirúrgico y seguí atendiéndolo, hasta que una llamada a mi suegra reveló algo todavía peor.
Me llamo Camille Bouchard. Tenía 34 años y llevaba 11 trabajando como médica de urgencias.
Había visto accidentes terribles, familias destrozadas y pacientes morir frente a mí.
Creía que, después de tantos años, ya sabía cómo mantener la cabeza fría. Me equivocaba.
Aquella noche de octubre llovía con tanta fuerza que apenas se veía a través de las puertas de urgencias.
Poco antes de la medianoche nos avisaron que venía un hombre de 35 años después de chocar contra la parte trasera de un tráiler.
Los paramédicos entraron empujando la camilla. —Dominic Tremblay, 35 años. Traumatismo en la cabeza, posible hemorragia abdominal, fractura expuesta en la pierna derecha.
La presión está bajando. Dominic Tremblay. Mi esposo. Tres horas antes me había mandado un mensaje: «Amor, está horrible la lluvia. Maneja con cuidado cuando salgas. Te dejé sopa de verduras en el refri. Te amo».
Y ahora estaba frente a mí, cubierto de sangre, conectado a un monitor y peleando por seguir vivo.
Por unos segundos dejé de escuchar todo lo demás. Luego reaccionó la médica que llevaba años entrenándose para momentos como ese.
En ese instante Dominic no podía ser mi esposo. Tenía que ser mi paciente. —Dos vías.
Preparen sangre. Llamen a cirugía general, trauma y neurocirugía. Ya. Su abdomen estaba rígido.
Sus pupilas respondían mal. La fractura de la pierna derecha era grave. —No podemos esperar.
Al quirófano. Entonces apareció ella. Venía empapada, con el maquillaje corrido y una mano protegiéndose el vientre.
Corrió hasta la camilla y se agarró del barandal. —¡No dejen que se muera! —Suéltelo, por favor.
Ni siquiera pareció escucharme. —Doctora, es mi esposo. Llevamos meses esperando a este bebé.
¡Por favor! Mis compañeros conocían a Dominic. Había pasado incontables veces por mí al hospital.
En Navidad había llevado comida para el personal y, el Día de la Enfermería, hasta había mandado café para todos.
También sabían que Dominic Tremblay estaba casado conmigo. La mujer volvió a mirar la camilla.
—Dominic prometió que estaría conmigo cuando naciera nuestro hijo. Sentí que algo dentro de mí se partía, pero el monitor seguía marcando una presión cada vez más baja.
La miré de frente. —Si de verdad quiere que viva, suelte la camilla y salga de aquí. Esta vez obedeció.
Empujamos a Dominic hacia el quirófano. Una de sus manos cayó a un costado y vi el anillo que seguía usando.
Miré el mío. Me lo quité. No lo aventé. No hice una escena. Lo guardé en el bolsillo del uniforme y seguí caminando junto a la camilla.
La cirugía duró casi siete horas. Durante todo ese tiempo tuve que concentrarme en cada cifra, cada indicación y cada cambio en el monitor, aunque una sola frase seguía atravesándome la cabeza: «Es mi esposo».
Cuando por fin lograron estabilizarlo, el jefe de urgencias apareció frente a mí, me indicó que saliera y tomó mi lugar junto al equipo.
Crucé la puerta del área quirúrgica mientras él se quedaba entre Dominic y yo. ────────────────────── Escribe BEBÉ y continuaré.
(Sé que quieres saber qué sigue. Continúa leyendo en los comentarios de abajo.)