09/05/2026
En el cementerio del pueblo empezaron a notar que aparecían peluches nuevos cada pocos días, siempre amontonados en la misma tumba pequeña y sencilla.
Nadie los llevaba.
El encargado revisó las cámaras de la entrada por simple curiosidad, sin esperar encontrar nada raro en un lugar tan tranquilo y tan poco visitado.
Ahí estaba: un perrito flaco de orejas rotas entrando cada tarde con algo distinto en el hocico, un oso, un conejo, hasta un dinosaurio de peluche ya descolorido por el sol.
Los peluches no eran suyos; los sacaba de bolsas de basura de las casas cercanas y de patios donde los niños ya habían crecido y ya no jugaban con ellos.
El encargado revisó a quién pertenecía esa tumba en particular, entre tantas otras que el perrito pasaba de largo sin detenerse.
Era la tumba de un niño. 😮
Nadie en el cementerio supo explicar por qué ese perrito, que dormía entre las lápidas desde hacía años, había elegido justo esa tumba entre cientos.
El encargado dejó de recoger los peluches cada mañana y empezó, en cambio, a acomodarlos mejor cada vez que la lluvia o el viento los tiraba al piso.
El perrito sigue llegando cada cuando, con algo nuevo en el hocico. 🐾