01/06/2026
En el 67 a. C., en las montañas cercanas a la actual Trabzon, una trampa silenciosa aguardaba a las tropas romanas que avanzaban confiadas por territorio hostil. No hubo choque inmediato de ejércitos ni señales de alarma. Solo panales de miel abandonados a propósito a la orilla del camino, un botín irresistible para soldados exhaustos tras largas marchas.
Aquella miel no era común. Procedía de colmenas alimentadas con rododendros tóxicos, una planta conocida en la región por provocar intensas alucinaciones, vómitos y pérdida total de control corporal. Los romanos comieron sin sospechar, y en cuestión de horas el campamento se convirtió en caos: hombres desorientados, incapaces de sostener sus armas, algunos riendo sin sentido, otros desplomados en el suelo.
Fue entonces cuando los persas —según relatan autores antiguos como Estrabón— atacaron. No enfrentaron legiones formadas, sino cuerpos indefensos. La emboscada fue rápida y brutal. Más de mil soldados romanos murieron sin haber podido organizar una defensa, mientras las pérdidas persas fueron mínimas.
La llamada “miel loca” quedó como uno de los ejemplos más antiguos de guerra biológica documentada. No se ganó con fuerza ni con número, sino con conocimiento del entorno. En aquellas montañas, la naturaleza fue el arma decisiva, y Roma aprendió que no todos los enemigos atacan con espadas.