02/13/2026
La lluvia caía con una persistencia casi hipnótica sobre las calles vacías cuando Ernesto encendió el letrero de “libre” en su taxi. Era una de esas noches en las que la ciudad parecía contener la respiración. Las luces de los faroles se reflejaban en el pavimento mojado, creando sombras que se estiraban como dedos oscuros.
La vio en una esquina poco iluminada. Vestía un abrigo negro y sostenía un pequeño bolso rojo. Cuando levantó la mano, Ernesto sintió un escalofrío inexplicable, pero aun así se detuvo.
—Buenas noches —dijo ella al subir, con una voz suave que parecía demasiado tranquila para esa hora.
Le dio una dirección en las afueras de la ciudad, cerca del antiguo camino al cementerio. Ernesto intentó iniciar conversación, pero cada respuesta de la mujer era breve, casi mecánica. Por el espejo retrovisor notó algo extraño: sus ojos parecían más oscuros de lo normal, como si no reflejaran la luz.
A mitad del trayecto, la radio comenzó a emitir estática. El taxímetro se apagó y el aire dentro del auto se volvió helado. Ernesto miró de nuevo por el espejo… y por un segundo juraría que la mujer no tenía reflejo.
—¿Falta mucho? —preguntó ella, inclinándose hacia adelante.
Su aliento no tenía calor. No tenía olor. No parecía humano.
El motor empezó a fallar justo al cruzar el puente viejo. Las luces parpadearon y, cuando Ernesto giró la cabeza para mirarla directamente, su rostro ya no era el mismo. La piel se tensaba como una máscara mal colocada, y bajo ella parecía moverse algo que no pertenecía a este mundo. Sus ojos eran ahora completamente negros.
—Gracias por llevarme —susurró con una sonrisa imposible, demasiado amplia.
El auto se detuvo en seco. Ernesto cerró los ojos por un instante, convencido de que iba a morir. Pero cuando volvió a abrirlos, el asiento trasero estaba vacío. Solo quedaba el pequeño bolso rojo.
Temblando, lo abrió. Dentro no había objetos personales, solo un espejo antiguo. Cuando lo levantó, vio su propio reflejo… pero detrás de él, en el asiento trasero, la figura oscura sonreía.
A la mañana siguiente, encontraron el taxi abandonado cerca del puente. Sin señales de violencia. Sin rastro del conductor.
Desde entonces, los taxistas evitan recoger pasajeros en esa esquina cuando llueve. Porque algunos aseguran que, si miras bien por el espejo retrovisor, puedes verla esperando… paciente… lista para otro viaje.