01/13/2026
“Después del orgullo viene la caída; tras la arrogancia, el fracaso.” Proverbios 16:18‑33
Hay palabras antiguas que no envejecen. Son como campanas que resuenan a través de los siglos, recordándonos que ningún trono levantado sobre soberbia permanece para siempre.
En Cuba, muchos llaman “puesto a dedo” a Miguel Díaz‑Canel, figura que no encarna a la nación, sino a ese partido único que se adjudicó, a golpe de fuerza y silencio impuesto, el derecho de dictar la vida entera de un pueblo. Durante décadas negó otros sueños, otras formas de imaginar la justicia, y convirtió en sombra todo lo que no cabía en su estrecha definición de Revolución.
El tiempo, sin embargo, siguió su curso. Pasó como un águila sobre el mar, dejando atrás promesas rotas y líderes que, en vez de salvar, se alimentaron del poder hasta deformar la prosperidad natural del ser humano. Intentaron ocultar sus riquezas, pero la verdad —como el agua— siempre encuentra una grieta por donde brotar, incluso bajo el peso de la censura y el miedo a nombrar los males.
Hoy, cuando las consignas ya no encienden corazones, cuando el cansancio ha desgastado hasta la esperanza, un rayo tenue se asoma en el horizonte. El pueblo, exhausto de remar sin llegar a la orilla, solo puede soñar. Y en ese sueño deposita lo que le falta de fuerza, incluso en manos del patán de turno, porque ya no queda otra cosa que la fe.
Hemos tocado fondo. Llámalo como quieras: puesto a dedo, dinosaurios, Leviatán, dictadura, PCC. Los nombres son máscaras; la esencia es la misma. Y la Escritura ya lo anunció: “Después del orgullo viene la caída; tras la arrogancia, el fracaso.”
Quien renuncie al poder para estar con los pobres, quien busque el reino del amor, de la paz y de la justicia divina, recibirá todo lo demás por añadidura.
Nosotros, los cubanos de fe, no sabemos cómo ni cuándo. Pero sabemos que será. Lo recibimos en espíritu como algo ya cumplido, porque así obra la esperanza cuando se aferra a lo eterno.