06/01/2026
Me rechazó en un restaurante por ser una camarera pobre. Tres días después, su familia está en la quiebra y él me suplica de rodillas mientras me apuntan con un arma. No tenían idea de quién era mi padre.
—Lo siento... No puedo casarme contigo. Mis padres jamás aceptarían a una nuera tan pobre —dijo Liam, soltando mi mano como si quemara, justo en medio del restaurante de lujo al que me había citado.
Miré el anillo de imitación en mi dedo y sonreí. No había dolor, solo una fría epifanía. Me levanté de la mesa, di media vuelta y caminé hacia la salida sin mirar atrás. Liam y su adinerada familia de herederos inmobiliarios en Nueva York no tenían la menor idea de quién era yo en realidad. Para ellos, yo era solo Aria, la camarera huérfana que vivía en un apartamento compartido en Queens. No sabían que mi verdadero apellido era Rostov, ni que mi padre controlaba el fondo de inversión privado más grande de la costa este. Me había ocultado bajo una identidad falsa durante dos años solo para encontrar un amor sincero, libre de la maldición de mi fortuna. Qué ironía.
Tres días después, mi teléfono no paraba de sonar. Eran las seis de la mañana. Vi la pantalla: treinta llamadas perdidas de Liam y diez de su madre, la implacable Victoria Vance. Justo en ese momento, la puerta de mi modesto apartamento fue golpeada con una fuerza brutal.
Al abrir, me encontré con Liam. Estaba pálido, con la corbata deshecha y los ojos inyectados en sangre. Detrás de él, dos hombres Corpulentos con trajes oscuros vigilaban el pasillo del edificio.
—Aria, tienes que venir conmigo ahora mismo —balbuceó, tomándome del brazo con desesperación—. Dios mío, no sabía nada. Nos van a destruir. Mi padre... el negocio de mi familia... todo está colapsando en este segundo. Estás en peligro, Aria. Ellos saben quién eres.
Antes de que pudiera soltarme de su agarre, los dos hombres de traje empujaron a Liam a un lado, entraron a la fuerza en mi sala y me apuntaron directamente al pecho con armas equipadas con silenciador. El sonido metálico al cargar las pistolas resonó en el pequeño espacio, congelándome la sangre.
El secreto que guardé para protegerme se había convertido en la peor de mis condenas, y el tiempo para escapar se había agotado por completo. Lo que Liam estaba a punto de confesar cambiaría las reglas del juego para siempre.
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