21/11/2025
Hubo un tiempo en que pertenecer a un motoclub era un orgullo.
Cuando ser parte significaba honor, respeto y lealtad.
Cuando un parche en la espalda no era una simple costura, sino un compromiso de vida.
En esa vieja escuela, si un hermano llamaba por ayuda en la carretera, no pasaban ni minutos para que dos o tres acudieran. Si había un problema, una pelea o un altercado, no hacía falta pedirlo dos veces: los hermanos estaban ahí, hombro a hombro, pertenecer a un club causaba respeto.
En aquellos tiempos, los clubes se formaban con valores, no con egos. Los antiguos eran maestros, no jefes. Enseñaban con paciencia, corregían con respeto, y guiaban con el ejemplo. No necesitaban exigir respeto, porque el respeto se ganaba con el ejemplo, no con gritos ni jerarquías.
Ser presidente o miembro antiguo era un honor que se demostraba en la carretera, en las reuniones, en la vida diaria.
El respeto no se imponía; se inspiraba. Pero con el tiempo, algo cambió...
Empezaron a aparecer esos falsos clubes donde se hablaba mucho de hermandad, pero se veía muy poco.
Donde los antiguos se creían superiores solo por tener más años o más parches, olvidando que un parche no te hace hermano... tus actos, tu forma de ser y tu respeto hacia los demás son los que te hacen un verdadero hermano.
Vi cómo algunos humillaban a prospectos en lugar de formarlos, cómo el ego reemplazó la humildad y cómo los valores se perdieron entre peleas internas.
Escuché a muchos hablar de lealtad, mientras a espaldas traicionaban o hablaban mal de los mismos hermanos que decían respetar. Vi clubes donde la soberbia pesaba más que la hermandad, y donde los presidentes no sabían liderar, no sabían poner orden ni mantener el respeto.
Cuando surgía una falta grave o una discusión entre miembros, la directiva callaba.
Nadie ponía orden.
Nadie recordaba las reglas. Y entonces me pregunté:
¿Cómo se puede hablar de hermandad cuando no hay liderazgo?
¿Cómo exigir respeto cuando no sabes respetar a los más nuevos?
Vi reuniones que antes eran sagradas convertirse en simples encuentros sociales.
Vi chalecos usados como simples adornos, sin el peso del compromiso que antes representaban.
Vi hermanos dejar de asistir, porque ya no sentían orgullo de portar sus colores.
Ese no era el club que conocí.
Ese no era el espíritu biker que me enseñaron.
Por eso con el tiempo
aprendes.
Aprendes a depender de ti, a conocer tu máquina, a resolver tus propios problemas. El tiempo también te enseña.
Te enseña que la verdadera hermandad no se grita, se demuestra.
Que la lealtad no se exige, se construye.
Aún así también entendí que aún existen verdaderos Hermanos.
Aquellos que conservan el espíritu de la vieja escuela, donde la palabra vale, el parche se honra y la hermandad se siente.
Aún existen los que mantienen viva la llama del respeto, del honor y de la lealtad.
Esta historia no busca criticar, sino hacer reflexionar.
A los presidentes: aprendan a liderar con carácter, no con miedo.
A los antiguos: recuerden que su deber es enseñar ser un ejemplo, porque si no sabes ganarte el respeto entonces no mereces Ilamarte hermano.
A los prospectos: entiendan que un parche no los hace hermanos, sus actos sí.
Al final, no importa si llevas un parche en la espalda o el viento como único compañero.
Lo que realmente importa es rodar con honor, lealtad y respeto.
F.S.S.F 🔥🇲🇽