24/07/2026
“El extraño espejo de Mazamitla”
Relato en primera persona. Es una historia de ficción escrita con estilo de testimonio.
Nunca había contado esto porque, sinceramente, todavía me cuesta trabajo creer lo que viví. No busco convencer a nadie. Solo quiero sacar esto de mi cabeza porque, desde aquella noche, ya no puedo verme en un espejo sin recordar lo que pasó.
Todo comenzó hace unos meses, cuando mi esposa y yo decidimos pasar un fin de semana en Mazamitla. Rentamos una cabaña alejada del centro, en medio del bosque. Era un lugar muy bonito, silencioso, de esos donde en la noche solo se escuchan los grillos y el viento moviendo los árboles.
Al entrar, hubo algo que llamó mi atención de inmediato: un espejo antiguo, enorme, colocado al final del pasillo. Tenía un marco de madera muy vieja, lleno de grietas. Le pregunté al dueño por qué tenía un espejo tan viejo en una cabaña remodelada.
Solo se quedó callado unos segundos y me respondió:
—“Si les incomoda, mejor no lo miren por las noches.”
Nos reímos. Pensé que solo era una forma de hacer más interesante la estancia.
La primera noche todo fue normal.
Pero la segunda… jamás la voy a olvidar.
Eran aproximadamente las 3:17 de la madrugada cuando me despertó un ruido. No era un golpe. Eran pasos. Pasos lentos sobre el piso de madera del pasillo.
Pensé que mi esposa había salido al baño.
Extendí la mano hacia su lado de la cama.
Seguía acostada.
Dormida.
Los pasos continuaban.
Sentí curiosidad y salí del cuarto.
El pasillo estaba completamente oscuro. La única luz era la que entraba por una ventana y apenas iluminaba el espejo.
Entonces pasó algo que todavía me pone la piel de gallina.
Vi mi reflejo.
Pero no estaba haciendo lo mismo que yo.
Yo estaba inmóvil.
Mi reflejo respiró profundamente… y sonrió.
Una sonrisa lenta.
Fría.
Como si supiera algo que yo no.
Sentí que el estómago se me hizo un n**o.
Di un paso hacia atrás.
Y mi reflejo…
dio un paso hacia adelante.
No era un efecto de la luz.
No era mi imaginación.
Podía verlo claramente.
Había una diferencia entre él y yo.
Yo estaba aterrado.
Él disfrutaba verme así.
No podía dejar de mirarlo.
Entonces levantó lentamente una mano.
Yo jamás levanté la mía.
Golpeó el cristal desde adentro.
Tac…
Después otra vez.
Tac… Tac…
Y una tercera.
El espejo vibró como si alguien realmente estuviera del otro lado intentando salir.
Corrí al cuarto y desperté a mi esposa. Le conté todo, pero cuando regresamos al pasillo, el espejo estaba completamente normal.
Ella pensó que había tenido una pesadilla.
Yo también intenté convencerme de eso.
A la mañana siguiente, mientras entregábamos la cabaña, el encargado me preguntó algo sin que yo le hubiera contado nada.
—”¿Anoche escuchó los golpes?”
Sentí que se me secó la boca.
Solo pude responder:
—“Sí.”
El hombre bajó la mirada y me dijo:
—“Si alguna vez su reflejo sonríe antes que usted… no vuelva a mirarlo.”
No quiso explicar nada más.
Regresamos a Guadalajara ese mismo día.
Pensé que todo había quedado en Mazamitla.
Hasta una semana después.
Estaba afeitándome frente al espejo del baño de mi casa.
Por un instante, vi a alguien detrás de mí.
Era yo.
Pero con la misma sonrisa.
Volteé de inmediato.
No había nadie.
Cuando regresé la vista al espejo…
Mi reflejo ya estaba serio.
Desde entonces, hago algo que antes me parecía absurdo.
Cada vez que paso frente a un espejo, evito mirarlo por más de unos segundos.
Porque tengo miedo de volver a encontrarme con esa sonrisa.
Y, si algún día mi reflejo decide salir…
No creo que sea yo quien siga viviendo de este lado del cristal.