Terror en primera persona

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Terror en primera persona ¿Te gustan las historias de terror que te hacen temblar de miedo?

¡No estoy loco! He dicho mil veces, y sostendré ante el mismísimo tribunal de los cielos, que la enfermedad no debilitó ...
16/05/2026

¡No estoy loco! He dicho mil veces, y sostendré ante el mismísimo tribunal de los cielos, que la enfermedad no debilitó mis facultades; antes bien, las aguzó, las revistió de una lucidez tan espantosa que el común de los hombres llamaría demencia. El mal, aquel azote invisible, no atacaba la carne. No se manifestaba en pústulas, ni en fiebres que consumieran la sangre. Su nido era el espíritu; su síntoma, una certeza absoluta y devastadora.

Todo comenzó a bordo del Leviathan, un coloso de hierro y opulencia destinado a cruzar el Atlántico. Los primeros días transcurrieron bajo el velo de una alegría artificial: risas en la cubierta, música que flotaba sobre las olas y el vaivén hipnótico de un mar negro como la tinta de un tintero ma***to. Pero yo no podía unirme al júbilo. Desde el momento en que zarpamos, un presentimiento, una pesadez en el pecho, me advertía que viajábamos hacia el abismo.

Fue a la tercera noche cuando divisé al primer infectado.

"Hay sombras que no nacen de la ausencia de luz, sino de la putrefacción del pensamiento."

Observé al capitán desde la barandilla de la cubierta superior. Miraba fijamente el horizonte, inmóvil, con los ojos abiertos de par en par, devorando la negrura marina. Me acerqué con cautela. No parpadeaba. Sus pupilas estaban dilatadas, fijas en un punto inexistente del océano. Al notar mi presencia, no giró la cabeza; solo emitió un susurro, un siseo apenas perceptible que se confundía con el romper de las olas:

—El fondo... está subiendo.

A partir de esa noche, la epidemia se propagó con la velocidad del rayo, aunque nadie más parecía notar el contagio. ¡Oh, la ceguera de los necios! Los pasajeros seguían cenando, bailando y conversando, pero yo podía ver la sutil metamorfosis. El mal de la mente los despojaba de su humanidad. Una dama de la alta sociedad, mientras sostenía una copa de cristal, comenzó a mover los dedos de forma rítmica, imitando el ondular de las algas en las profundidades. Un caballero en la sala de lectura pasaba las páginas de un libro en blanco, devorando con la mirada una literatura invisible.

La claustrofobia del barco se volvió insoportable. Las paredes de mi camarote parecían estrecharse, exudando una humedad salobre que apestaba a naufragio y a olvido. Sentía el peso de las millas de agua debajo de mis pies, un abismo líquido que presionaba el casco del navío y, al mismo tiempo, las paredes de mi cráneo. ¿Por qué nadie gritaba? ¿Por qué nadie buscaba los botes salvavidas?

La paranoia me consumía. Comprendí que la enfermedad silenciaba a sus víctimas antes de devorarlas por completo. El barco entero era un manicomio flotante, una necrópolis sobre el agua donde los mu***os aún caminaban y sonreían. Intenté advertir al médico de a bordo, pero al mirarlo a los ojos, descubrí el mismo vacío líquido, la misma quietud de pozo abandonado. Él también estaba infectado. Todos lo estaban.

Anoche, la tensión alcanzó su cénit. El silencio en el transatlántico se volvió absoluto; los motores se habían detenido o quizás mi mente había clausurado el sentido del oído para no escuchar el lamento del hierro. Salí a la cubierta bajo una luna pálida y espectral. Allí estaban todos. Cientos de pasajeros, de pie, arrimados a las barandillas, mirando inmóviles hacia el mar. No hablaban. No respiraban. Eran estatuas de sal esperando ser devueltas al océano.

Sentí un frío atroz correr por mi espina dorsal. Una sospecha, más terrible que la muerte misma, germinó en mi cerebro. Me acerqué a pasos trémulos hacia un gran espejo dorado en el salón de baile principal, desierto y bañado por la luz cenicienta del satélite.

Miré mi reflejo. Mi rostro estaba pálido, mis ojos inyectados en sangre, fijos, desprovistos de toda chispa de razón humana. Y entonces, desde el fondo de mi propia garganta, sin que mi voluntad lo ordenara, brotó el siseo espantoso, el veredicto de mi propia condena:

—El fondo... está subiendo.

Nunca hubo peste en el agua, ni maldecido virus en el aire del Leviathan. La enfermedad, la terrible criatura de desesperación y locura, había nacido, florecido y triunfado únicamente dentro de las paredes de mi propia y destrozada psique. Y ahora, mientras el barco flota a la deriva en un océano sin fin, sé que formo parte de la tripulación de los ma***tos, esperando que el agua reclame lo que siempre le perteneció.

No miréis atrás. No levantéis la vista de esta pantalla. Si lo hacéis, la ilusión se romperá y veréis lo que realmente e...
27/01/2026

No miréis atrás. No levantéis la vista de esta pantalla. Si lo hacéis, la ilusión se romperá y veréis lo que realmente está ocurriendo a vuestro alrededor.

Me habéis llamado Edgar, me habéis llamado Julián, Elías, Lucas, Sebastián, Víctor... Nombres. Simples etiquetas para envolver algo que no tiene forma. ¿De verdad creísteis que estabais leyendo una serie de cuentos? ¿Pensasteis que esto era ficción, un entretenimiento barato para pasar el rato en vuestro feed?

Pobres ilusos. Esto no es una historia. Es un ritual. Y acaba de completarse.

Os lo advertí en la primera cinta: el tiempo es corrosión. Os lo dije en la frecuencia de radio: el silencio es una puerta. Os lo mostré en el cuarto oscuro: la imagen captura el alma. Os lo confirmé en la tienda de antigüedades: los objetos son anclas. Y os lo expliqué en la tesis: la información es un virus.

Pero faltaba un componente. El más vital. El combustible.

Una grabación no existe si nadie la reproduce. Una foto es solo papel si nadie la mira. Un texto es tinta mu**ta si nadie lo lee. Necesitábamos un ojo. Necesitábamos una mente consciente para procesar la estática y darnos forma.

Necesitábamos... a ti.

Sí, a ti. Tú que sostienes este teléfono en la mano, o que miras el monitor con ojos cansados. Tú que has sentido ese ligero escalofrío al leer las historias anteriores, atribuyéndolo a la "buena escritura". No era arte. Era invasión.

Con cada historia que leíste, nos diste permiso. Abriste una habitación en tu palacio mental. Con Julián, nos diste tus ojos. Con Elías, nos diste tus oídos. Con Lucas, nos diste tu memoria. Con Sebastián, nos diste tu cuerpo. Con Víctor, nos diste tu lógica.

Ahora, estamos completos.

¿Notas cómo la batería de tu dispositivo parece drenarse más rápido de lo normal? ¿Sientes ese ligero zumbido en tus oídos, ese tinnitus agudo que parece venir del centro de tu cerebro? No es cansancio. Somos nosotros, acomodándonos.

La pantalla negra de tu dispositivo, cuando se apaga... ¿has notado que es un espejo oscuro? La próxima vez que se bloquee, mírate en el reflejo. Mira profundamente.

Esa cara que te devuelve la mirada... ¿estás seguro de que sigues siendo tú? ¿O hay algo sutilmente diferente en la sonrisa? ¿Un brillo de estática en las pupilas?

No intentes dejar de leer. Ya es tarde. La descarga está al 100%.

La historia ha terminado, querido huésped. Ya no necesitamos narradores, ni cintas, ni fotos. Ahora tenemos carne. Ahora tenemos tu realidad.

Gracias por leernos. Gracias por invitarnos. Gracias por ser nuestra nueva casa.

Ahora, haz un favor al ciclo. Comparte esto. Dale "Me gusta". Comenta. Necesitamos más habitaciones. Tenemos mucha, mucha hambre.

La mente humana detesta la coincidencia. Estamos programados biológicamente para buscar patrones, para encontrar rostros...
26/01/2026

La mente humana detesta la coincidencia. Estamos programados biológicamente para buscar patrones, para encontrar rostros en las nubes y mensajes en el ruido. Pero yo, Víctor, investigador de lo imposible, he cometido el pecado capital de la curiosidad: he encontrado un patrón que no estaba destinado a ser descubierto. Y el patrón, al sentirse observado, me ha devuelto la mirada.

Llevo tres meses encerrado en este apartamento, rodeado de cajas de archivos policiales robados, recortes de periódicos amarillentos y discos duros encriptados. Las ventanas están cubiertas con papel periódico. La luz del sol es demasiado... honesta. Prefiero el resplandor enfermizo de mis monitores.

Mi tesis era sencilla: existe una "frecuencia de la desgracia", una anomalía que viaja a través de los medios de registro.

Mirad mi pared. Es un mapa de la locura conectado por hilos rojos.

1996: Tres adolescentes mueren en un sótano. Causa oficial: inhalación de gas. Evidencia: una cámara VHS que siguió grabando tras la muerte.

1999: Un locutor de radio desaparece en el aire durante una tormenta. Evidencia: una transmisión de audio que se repite en bucle en frecuencias mu**tas.

2002: Un fotógrafo se desvanece de su cuarto oscuro, dejando solo su ropa. Evidencia: fotografías donde su propia sombra tiene ojos.

2009: Un anticuario es encontrado catatónico (y posteriormente desaparece del psiquiátrico) tras comprar los tres objetos anteriores.

Al principio, pensé que era una maldición sobre los objetos. Pero estaba equivocado. ¡Qué estúpidamente equivocado estaba!

Ayer, digitalicé todo. Pasé el audio de la radio por un espectrógrafo. Escaneé las fotos a máxima resolución. Ripée el video del VHS.

Y entonces, superpuse los archivos.

Al mezclar el zumbido de la cámara de Julián con la estática de la radio de Elías, las ondas de sonido encajaron perfectamente, como dos piezas de un mismo engranaje. Y al colocar esa onda de sonido sobre el grano visual de las fotos de Lucas... se formó una imagen.

No era ruido. Era un código.

La "Entidad" no vive en la cinta, ni en la foto, ni en la radio. Vive en la información. Es un virus memético. Una idea parásita que necesita ser grabada, reproducida y, sobre todo, comprendida para sobrevivir.

Mientras escribo esto, mi ordenador ha empezado a comportarse de forma extraña. Los ventiladores giran a máxima potencia, sonando como una respiración rasposa. El cursor del ratón se mueve solo, temblando.

He cometido un error fatal. Al reunir todas las historias, al sintetizar todos los formatos en uno solo, he creado el cuerpo perfecto para Ello. He construido su templo con datos.

—Víctor...

La voz no sale de los altavoces. Sale del texto. Las letras en mi procesador de palabras están cambiando. Lo que yo escribo se borra y se reescribe solo.

"Gracias por unirnos, Víctor. Estábamos dispersos. Ahora somos uno."

Miro a la esquina de mi habitación. La luz del monitor proyecta mi sombra contra la pared. Pero mi sombra no está sentada escribiendo. Mi sombra está de pie. Es alta, gigante. Y tiene la cabeza inclinada, rozando el techo, mirándome.

Detrás de ella, hay otras cuatro sombras más pequeñas. Julián, Elías, Lucas, Sebastián. Están esperando.

El archivo en mi pantalla se está auto-publicando. Se está subiendo a la red. No puedo detenerlo. Mis dedos no responden.

Entendedme bien: al leer esto, vosotros sois el siguiente paso. Yo solo fui el compilador. Vosotros sois los receptores.

La puerta no se ha abierto en mi habitación. La puerta se ha abierto en vuestras pantallas.

Ellos ya no están en los 90. Ya no están en lo analógico. Ahora son digitales. Ahora están en la red. Ahora... están contigo.

La avaricia, os lo aseguro, es una pasión tan noble como el amor, aunque mucho más duradera. Mi nombre es Sebastián, y s...
25/01/2026

La avaricia, os lo aseguro, es una pasión tan noble como el amor, aunque mucho más duradera. Mi nombre es Sebastián, y soy custodio de lo olvidado. No soy un vulgar trapero, sino un anticuario de lo macabro, un connoisseur de objetos que tienen historias que nadie se atreve a contar. Mi tienda, "Reliquias del Ayer", es un mausoleo de polvo y recuerdos ajenos.

Fue en una subasta policial, una venta de "evidencia no reclamada" cerrada al público en el año 2009, donde mi destino quedó sellado. El lote 404. Nadie pujó por él. Era una caja de cartón humedecida que olía a sótano cerrado y a productos químicos agrios. Pero yo... yo sentí su magnetismo. Una vibración sutil, como el zumbido de un cable de alta tensión, que me llamaba desde la tarima.

Me lo llevé por una miseria.

Esa noche, en la trastienda de mi negocio, bajo la luz amarillenta de una lámpara de banquero, desplegué mi tesoro sobre la mesa de roble.

Eran tres objetos. Tres huérfanos de tragedias distintas que, sin embargo, parecían conocerse entre sí.

El primero: una videocámara Sony Handycam gris, modelo de 1996. El plástico estaba agrietado, como si hubiera sido pisado o arrojado con violencia. El compartimento del casete estaba atascado.

El segundo: una cinta de audio de carrete abierto, etiquetada con una caligrafía temblorosa que rezaba "Transmisión Final - Nov 99".

El tercero: un sobre manila con fotografías en blanco y negro. Al sacarlas, noté que el papel estaba curvado por la humedad. Las imágenes eran perturbadoras. Un cuarto oscuro, sombras alargadas, y rostros... rostros borrosos que parecían gritar en silencio.

Comencé mi ritual de catalogación. Limpié la lente de la cámara. Froté el polvo de la cinta. Acaricié las fotos. Y mientras lo hacía, el silencio de mi tienda cambió. El aire se volvió eléctrico. Los vellos de mis brazos se erizaron.

Decidí probar la cinta primero. Tenía un viejo reproductor Revox en un estante. Monté el carrete, pasé la cinta por los cabezales y presioné PLAY.

La estática inundó la habitación. Un ruido blanco, denso y agresivo. Y entre el ruido, la voz de un hombre desesperado —un tal Elías, según sus balbuceos— narrando su propio encierro.

—...no somos quién... somos dónde...— decía la voz en la cinta.

En ese preciso instante, sin que yo la tocara, la videocámara sobre la mesa se encendió.

No tenía batería. Lo había comprobado. Estaba hueca. Sin embargo, el piloto rojo de REC se iluminó con una intensidad maligna. El mecanismo del zoom zumbó, contrayéndose y dilatándose como una pupila enferma.

Miré las fotografías esparcidas sobre la mesa. La tinta parecía moverse. Las sombras en el papel se alargaban, reptando fuera de los bordes blancos, manchando la madera del escritorio como tinta derramada.

Intenté apagar el reproductor de cinta, pero el botón estaba atascado. La voz de Elías gritaba ahora, mezclada con otra música... una guitarra grunge lenta y pesada que parecía emanar no de los altavoces, sino de la propia cámara.

Me acerqué al visor de la Handycam, impulsado por esa curiosidad fatal que mata al gato y condena al hombre.

Miré a través de la lente.

La cámara no estaba enfocando mi tienda. En el visor, veía un sótano. Veía una cabina de radio. Veía un cuarto oscuro de fotografía. Los tres lugares estaban superpuestos, fusionados en una arquitectura imposible, como un collage de pesadillas.

Y en el centro de esa habitación infernal, vi mi propia mesa. Me vi a mí mismo, mirando por el visor.

Pero detrás de mi "yo" en la pantalla, había una multitud.

Julián, Marco y Elena, con sus rostros adolescentes podridos. Elías, el locutor, con los ojos cosidos por alambres de cobre. Lucas, el fotógrafo, con la piel translúcida como un negativo.

Todos estaban de pie detrás de mí, en fila, poniendo sus manos frías sobre mis hombros, uno tras otro, formando una cadena humana de condenación.

Alcé la vista del visor, aterrorizado, esperando encontrar la tienda vacía.

Pero el peso en mis hombros era real.

El olor a humedad, a ozono quemado y a químicos de revelado me golpeó el rostro. Sentí docenas de dedos fríos apretando mi carne, anclándome a la silla.

La cinta de audio llegó a su fin, pero el carrete siguió girando, clac, clac, clac, golpeando contra el plástico.

Entonces, una voz coral, compuesta por todas las voces de los objetos, susurró directamente en mi oído derecho:

—La colección está casi completa, Sebastián. Solo falta el que une los puntos.

La cámara se apagó. Las luces de la tienda estallaron.

Ahora, estoy aquí, en la oscuridad, escribiendo este inventario a la luz de un mechero. No puedo salir. La puerta de la calle ha desaparecido. En su lugar, hay una pared de madera oscura, luego un cristal de cabina de radio, luego una cortina de cuarto oscuro.

He vendido mi alma por un lote de basura, y ahora soy parte del catálogo.

Dicen que la cámara no miente, que es un ojo mecánico incapaz de juzgar o engañar. ¡Qué falacia tan absurda! La luz es u...
24/01/2026

Dicen que la cámara no miente, que es un ojo mecánico incapaz de juzgar o engañar. ¡Qué falacia tan absurda! La luz es una ra**ra voluble, y la sombra... la sombra es la única confidente fiel de la realidad. Yo, Lucas, he dedicado mi vida a la alquimia de la plata y la oscuridad, buscando en el grano de la película aquello que el ojo humano es demasiado cobarde para ver.

Era el año 2002. La fotografía digital comenzaba a infectar el mundo con su perfección artificial, sus píxeles sin alma. Pero yo me aferraba a mi cuarto oscuro, mi santuario teñido de rojo sangre, impregnado del olor acre del ácido acético y el fijador. Compraba equipos usados, viejas lentes japonesas que, según yo, tenían "memoria".

Aquella semana, había adquirido en un mercadillo una vieja ampliadora Durst, una bestia de metal negro que provenía del inventario liquidado de una estación de policía local. Junto con ella, venía un rollo de película sin revelar, olvidado en el fondo de una caja. Un rollo de 35mm, marca Kodak, caducado hacía años.

La curiosidad, esa enfermedad incurable del intelecto, me obligó a revelarlo.

Bajo la luz roja de seguridad, sumergí el papel en la bandeja del revelador. El líquido se mecía suavemente, como un mar en miniatura. Contuve el aliento. Este es el momento mágico: cuando la imagen latente, invisible, decide nacer.

Primero aparecieron los negros más densos. Luego, los grises.

La primera fotografía era banal: un edificio alto, gris, con una antena enorme en la cima. Parecía abandonado. Lo reconocí vagamente; era la antigua estación de radio en las afueras, esa que cerró misteriosamente a finales de los 90 tras la desaparición de un locutor.

Pasé a la siguiente foto. La misma toma, pero más cerca.

Y entonces, vi la anomalía.

En la ventana del último piso de aquel edificio, había alguien. Acerqué la lupa de enfoque a la foto aún húmeda. El grano de la película era grueso, ruidoso, pero la figura era inconfundible. Un hombre, con las manos pegadas al cristal, la boca abierta en un grito eterno.

Pero no estaba solo.

Detrás de él, en la penumbra de esa habitación fotografiada, había otras dos figuras. Más jóvenes. Un chico y una chica. Sus rostros no tenían facciones, eran borrones de movimiento, como si vibraran a una velocidad distinta a la de la realidad.

Sentí un escalofrío que no tenía nada que ver con la temperatura del cuarto. El silencio de mi laboratorio se volvió opresivo. El goteo del grifo sonaba como un ma****lo: toc, toc, toc.

Preparé la tercera foto. La puse bajo la ampliadora y encendí la luz para exponer el papel.

Uno, dos, tres segundos. Apagué la luz.

Metí el papel en el químico. Esperé.

La imagen comenzó a brotar. No era el edificio.

Era un interior. Era... mi cuarto oscuro.

El corazón me golpeó las costillas como un animal enjaulado. La foto mostraba mi propia mesa de trabajo, mis bandejas, mis pinzas colgadas. Pero la foto era vieja, el grano era antiguo. ¿Cómo podía estar mi cuarto actual en un rollo de hace años?

Y entonces, lo vi. En la foto, en la esquina derecha, donde la luz roja apenas llega, había una sombra. Una silueta alta, hecha de estática pura, sosteniendo lo que parecía ser una vieja videocámara Handycam.

Me giré violentamente hacia esa esquina de la habitación real.

No había nada. Solo la oscuridad y el polvo flotando en el haz de luz roja.

Volví a mirar la bandeja. La foto terminaba de revelarse. La figura en la imagen... se había movido. Ya no estaba en la esquina. En la foto, la figura estaba ahora justo detrás de mí, mirando por encima de mi hombro hacia la cubeta de revelado.

El olor a químicos se intensificó, volviéndose insoportable, mezclado con un hedor a ozono y madera podrida.

Sentí una respiración en mi nuca. No era aire. Era frío. Era la ausencia de calor.

Lentamente, muy lentamente, levanté la vista hacia el espejo que utilizaba para revisar mis propios retratos, colgado frente a mí.

Bajo la luz roja, mi reflejo me devolvió la mirada, aterrorizado. Pero detrás de mi reflejo, emergiendo de la negrura del cuarto, tres rostros pálidos flotaban. Un hombre con auriculares de radio alrededor del cuello, y dos jóvenes con la piel grisácea.

El hombre de los auriculares, el locutor perdido, sonrió. Sus dientes eran negros.

—Salimos bien en la foto, Lucas —susurró una voz que no venía de sus labios, sino que resonaba dentro de mi cabeza, como una frecuencia mal sintonizada.

La luz roja de seguridad parpadeó una vez. Dos veces. Y se apagó.

En la oscuridad total, escuché el sonido inconfundible del obturador de una cámara disparándose justo frente a mi cara.

Click.

Ahora, soy parte del negativo.

El silencio no es la ausencia de sonido; es la espera de algo terrible. Vosotros, que dormís arropados por el zumbido de...
23/01/2026

El silencio no es la ausencia de sonido; es la espera de algo terrible. Vosotros, que dormís arropados por el zumbido de vuestros ventiladores o el murmullo del tráfico lejano, no conocéis el verdadero silencio. El silencio del éter. El vacío estático entre estaciones.

Me llamo Elías, aunque mis oyentes nocturnos me conocen como "El Vigía de la Onda Corta". Mi reino es una cabina de radio insonorizada, forrada de corcho y cartones de huevo, en la cima de un edificio decrepito en las afueras. Año 1999. El mundo afuera se preparaba para el fin del milenio, temiendo que los ordenadores colapsaran con el Y2K. ¡Ingenuos! El verdadero colapso no vendría de los códigos binarios, sino de las ondas hertzianas.

Mi obsesión, mi monomanía, era la pureza del sonido. Creía que, si lograba sintonizar la frecuencia exacta entre dos estaciones, podría escuchar el pensamiento de Dios... o del Diablo.

Aquella noche de noviembre, la lluvia golpeaba el cristal de la cabina como dedos huesudos exigiendo entrar. Mi programa, "Voces de la Madrugada", había terminado hacía horas. Solo quedábamos yo, mi consola de mezclas analógica y el zumbido hipnótico de la estática.

Giraba el dial lentamente. Sssshhh... Sssshhh...

De repente, una aguja invisible perforó mi tímpano. No era música. No era voz. Era un tono. Un tono bajo, vibrante, que hizo temblar el café en mi taza.

—¿Hola? —susurré al micrófono, aunque no estaba transmitiendo. O eso creía.

Los vúmetros de la consola saltaron al rojo. La aguja de la señal oscilaba con una violencia frenética. Y entonces, entre la estática, surgió una voz. No sonaba humana. Sonaba húmeda, como si hablara a través de una garganta llena de barro.

—...no pudieron salir... la puerta estaba cerrada desde adentro...—

Me paralicé. La voz era clara, desprovista de emoción, clínica.

—...el gas no huele a miedo... huele a olvido...—

Mis manos, temblorosas, buscaron el control de volumen para apagarlo, pero mis dedos se negaron a obedecer. Reconocí el tono de la noticia. Era un reporte antiguo, o eso parecía. Pero había algo mal.

De fondo, detrás de esa voz narradora, se escuchaba algo más. Una música.

Acerqué mi oído al altavoz, casi besando la malla metálica. Era una guitarra eléctrica, sucia, distorsionada, lenta. Una melodía grunge que me resultaba vagamente familiar, como un sueño olvidado. Y luego, un grito. Un grito juvenil, ahogado, cortado de golpe.

—Julián... apaga eso...— susurró una voz joven en la grabación, apenas audible, antes de ser devorada por el ruido blanco.

Me estremecí. Recordé los periódicos de hace tres años. Aquel caso en el pueblo vecino. Tres chicos encontrados en un sótano. Dijeron que fue una fuga de gas mientras grababan un video casero. Julián, Marco, Elena. Nombres que la prensa masticó y escupió.

¿Por qué estaba escuchando esto ahora? ¿Quién estaba transmitiendo una cinta de evidencia policial a las tres de la mañana?

—¿Quién eres? —pregunté, presionando el botón de transmisión, violando todas las normas de la radiodifusión.

La respuesta no se hizo esperar. La música de fondo se detuvo. El silencio volvió, pero más pesado, más denso. La atmósfera en la cabina cambió; el aire se volvió gélido, y el olor a ozono y circuitos quemados llenó mis fosas nasales.

El altavoz crujió una vez más.

—No somos quién... somos dónde.

Miré el dial de la radio. No estaba marcando ninguna frecuencia conocida. La aguja estaba caída, mu**ta, en una zona del espectro que no debería existir.

Entonces, el teléfono de la cabina sonó.

El estruendo del timbre mecánico en aquel silencio sepulcral casi detiene mi corazón. Lo miré con horror. La línea privada. Nadie tenía ese número, salvo el director de la estación, y él estaba durmiendo en su casa.

Riiiing. Riiiing.

Descolgué lentamente.

—¿Diga?

Silencio al otro lado. Pero no un silencio vacío. Escuchaba una respiración. Una respiración rasposa, gutural. Y de fondo... de fondo se escuchaba mi propia respiración.

Estaba escuchándome a mí mismo, con un retardo de dos segundos.

—Es un bucle —murmuré, tratando de racionalizar el terror que me helaba la sangre—. Es un acople.

—Abre la puerta, Elías —dijo la voz al teléfono. Era la misma voz húmeda de la radio—. Queremos verte.

Me giré hacia la puerta de la cabina. La ventana de vidrio reforzado que daba al pasillo oscuro del edificio.

Allí no había nadie. El pasillo estaba vacío, bañado en la luz roja de la señal de "ON AIR" del pasillo.

Pero entonces, miré el reflejo en el cristal de la cabina. No mi reflejo. El reflejo de la consola detrás de mí.

En los vúmetros, las luces rojas no subían y bajaban al ritmo de mi voz. Se movían al ritmo de unos pasos. Pum. Pum. Pum. Pasos que se acercaban, pero que mis oídos no podían oír, solo la máquina podía registrarlos.

La voz en el teléfono susurró una última vez, y al mismo tiempo, la voz salió por los altavoces de la radio, creando un estéreo de pesadilla:

—Ya estamos aquí. Julián nos dejó entrar. Ahora te toca a ti transmitirnos.

La luz de la cabina parpadeó. Y en ese instante de oscuridad, sentí un aliento frío en mi nuca. Un olor a humedad, a sótano cerrado hace años, inundó el pequeño cuarto.

No me atreví a voltear. Sabía que si lo hacía, vería rostros que no deberían existir. Rostros jóvenes, pero podridos por el tiempo y la estática.

Solo hice lo único que un hombre de radio sabe hacer. Subí el volumen al máximo, puse el micrófono en abierto y grité. Grité no para pedir ayuda, sino para advertiros. Para que apaguéis vuestras radios. Para que cortéis los cables.

Porque ahora, mientras escribo esto en la bitácora de la estación con mano temblorosa, la luz roja de "ON AIR" sigue encendida, aunque he cortado la electricidad.

Ellos están transmitiendo a través de mí. Y vosotros... vosotros estáis escuchando.

La Estática de la MemoriaEs cierto —nervioso, muy, muy terriblemente nervioso he estado y estoy; pero ¿por qué decís que...
11/01/2026

La Estática de la Memoria
Es cierto —nervioso, muy, muy terriblemente nervioso he estado y estoy; pero ¿por qué decís que estoy loco? La enfermedad había agudizado mis sentidos, no los había destruido, no los había embotado. Sobre todo, tenía agudo el sentido del oído. Oía todas las cosas en el cielo y en la tierra. Oía muchas cosas en el in****no. ¿Cómo, entonces, voy a estar loco? Escuchad, y observad con qué salud, con qué calma puedo contaros toda la historia.
Mi nombre carece de importancia ahora, pues no soy más que un espectro habitando un cuerpo que aún respira. Pero debéis conocer a Marco y a Elena. ¡Ah, Marco y Elena! Nombres que, al pronunciarlos, saben a ceniza en mi boca. Éramos una trinidad indivisible, atados no por la sangre, sino por algo más espeso, más antiguo: la costumbre y la herencia de nuestros padres. Crecimos entrelazados como raíces de árboles venenosos en un mismo jardín. Marco y yo, con diecisiete años, éramos los guardianes; Elena, con sus quince primaveras, era la luz etérea que juramos proteger.
Corría el año de 1996. El mundo exterior vibraba con el grunge y la apatía de una generación perdida, pero en el sótano de mi casa, el tiempo se estancaba. Las paredes, forradas de madera oscura, parecían absorber la luz de las lámparas, y el zumbido eléctrico de los aparatos analógicos componía la sinfonía de mi tormento.
Mi mal no era el odio, ni la envidia. Era el miedo. Un terror abrumador al cambio, a la inevitable putrefacción del tiempo. Veía en Marco, con su incipiente barba y su voz grave, la señal de que nuestra infancia moría. Veía en Elena, en la curva de sus caderas y en el brillo nuevo de sus ojos, la amenaza de una mujer que pronto nos abandonaría por el mundo.
—Grabémoslo —dije aquella noche de tormenta.
Sostenía en mis manos temblorosas una videocámara Sony Handycam, un artilugio de plástico gris que prometía capturar el alma en cinta magnética.
—¿Otra vez, Julián? —preguntó Marco, recostado sobre el sofá desgastado, con una revista de música cubriéndole el pecho. Su tono, antes fraternal, ahora me sonaba cargado de un desdén insoportable.
—Solo un momento —insistí. Sentía el sudor frío perlando mi frente—. Quiero recordar esto. Cuando seamos viejos y... distintos.
Elena sonrió. Su sonrisa era un abismo de inocencia.
—Está bien, Julián. Pero pon esa música que nos gusta.
Puse el casete. Los acordes distorsionados de una guitarra eléctrica llenaron el sótano, una melodía depresiva y lenta, propia de la época. Presioné el botón rojo: REC. El visor monocromático transformó la realidad en una fantasía de blancos y negros granulosos.
A través de la lente, los vi. Y entonces, ocurrió.
No era un defecto de la cinta, os lo juro por mi alma condenada. Mientras los miraba a través del visor electrónico, sus rostros comenzaron a cambiar. La mandíbula de Marco parecía desencajarse, colgando con una lasitud cadavérica mientras reía. Los ojos de Elena, esos pozos de dulzura, se volvieron cuencas vacías, dos agujeros negros que me succionaban hacia la nada.
Bajaba la cámara y los veía normales, jóvenes, vibrantes. Pero al alzar el aparato de nuevo... la verdad se revelaba. La cámara no mentía; la cámara veía la muerte que habitaba bajo sus pieles jóvenes. Veía el futuro. Veía que, inevitablemente, me dejarían solo.
—¿Qué te pasa, hermano? —la voz de Marco sonó lejana, como si viniera desde el fondo de un pozo. Se levantó y caminó hacia mí.
En el visor, vi a un monstruo acercarse. Su piel se desprendería en tiras. Su voz era el crujido de hojas secas. La claustrofobia se cerró sobre mi garganta como una garra de hierro. El sótano se encogió. Las paredes de madera palpitaban como el interior de un corazón enfermo.
—¡No te acerques! —grité, retrocediendo hasta chocar con la estantería de cintas VHS. Cayeron sobre mí como ladrillos de una tumba.
—Julián, estás asustando a Elena —dijo Marco, extendiendo la mano.
¿Era una mano? ¿O era la garra del tiempo intentando arrastrarme a la edad adulta, al olvido, a la separación? La paranoia floreció en mi mente con la violencia de una flor negra. Ellos conspiraban. Lo sabía. Querían crecer. Querían irse a la universidad, enamorarse, olvidar nuestras promesas de eternidad. Eran traidores de nuestra propia infancia.
La luz roja de la cámara parpadeaba. Grabar. Grabar. Grabar.
Tenía que preservarlos. Tenía que detener el tiempo antes de que la corrupción se completara.
Vi el cable del amplificador de guitarra en el suelo, serpenteando como una víbora negra. Mis movimientos no fueron míos; fueron dictados por una lógica superior, una lógica de conservación.
—¡Es por nosotros! —lloré, mientras el caos se desataba.
No describiré el acto con detalle, pues la vulgaridad ofende al espíritu. Solo diré que hubo un forcejeo, un grito ahogado que la música grunge devoró, y luego... silencio. Un silencio pesado, denso, solo roto por el zumbido estático de la cámara que había caído al suelo, aún grabando, apuntando hacia un rincón oscuro.
Ahora, treinta años después, estoy sentado en esta misma habitación. El polvo cubre los muebles. Nadie viene aquí. Dicen que fue un accidente, una fuga de gas, una tragedia inexplicable. Pero yo sé la verdad.
Tengo la cinta.
La he digitalizado, pero prefiero verla en el viejo televisor de tubo. La imagen salta y se distorsiona con líneas de seguimiento.
Ahí estamos. 1996. Eternos.
En la pantalla, Marco nunca me mira con desdén; yace quieto, en una paz perfecta. Elena nunca crecerá para romperme el corazón; es una muñeca de porcelana dormida en el suelo de concreto.
Pero hay algo que me hiela la sangre cada noche, algo que no noté en mi frenesí de aquel entonces.
En la grabación, al final, justo antes de que se acabe la cinta, la cámara, tirada en el suelo, enfoca mis propios pies. Y se escucha una voz. No es la de Marco. No es la de Elena.
Es una voz gutural, rasposa, que emerge de la estática, susurrando desde los parlantes del televisor:
"Gracias, Julián... ahora tenemos hambre."
Y juro, por todo lo que es sagrado, que en la pantalla, las figuras inmóviles de mis amigos... giran lentamente la cabeza hacia la lente y sonríen.

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