07/11/2025
𝑪𝒓ó𝒏𝒊𝒄𝒂 𝒅𝒆 𝒖𝒏 𝒑𝒊𝒄𝒉𝒊𝒍𝒐𝒏 | 𝑩𝒊𝒍𝒍𝒚 𝑯𝒂𝒏𝒌 ©
Era domingo, el cielo tarmeño todavía azul, y el candidato —polo celeste del ADT en el pecho, barriga entusiasta, sonrisa de campaña— había prometido que el vendaval celeste arrasaría con Universitario y haría respetar la casa.
—Hoy ganamos dos a cero —le dijo a Eddy Amaro, dueño de Radio 𝘔𝘦 𝘰𝘳𝘪𝘯𝘰 𝘥𝘦 𝘳𝘪𝘴𝘢 (una emisora más cómica que seria), que lo acompañaba como su “piquichon”.
—¡Entremos a preferencial, para ver mejor el partido! —sugirió el candidato, soltando un ligero eructo.
—¡No! —replicó Eddy—. Tienes que mezclarte con el pueblo.
Ambos se abrieron paso hasta colocarse en medio de la barra. Sabiendo que las cámaras y los flashes lo enfocarían, el candidato comenzó a saltar en las tribunas del Unión Tarma, junto a la mascota y al hincha que golpeaba, con furor, el tambor. Con la camiseta celeste pegada al sudor y una bandera que decía “Si mi perro ladra, es señal de que avanzamos”, vitoreaba, exaltado por las cervezas que Eddy Amaro le alcanzaba cada tanto.
Bastaron tres cervezas, dos tragos de pisco y una derrota por dos goles para que su corazón —ese órgano traidor— le recordara de qué color latía realmente. Dejando atrás a los hinchas celestes, desolados y llorosos, salieron presurosos, siempre sonrientes.
—¡Esto hay que festejarlo! —le dijo a su piquichon, y se enrumbaron hacia el parque, mimetizados entre los hinchas cremas, bebiendo un sorbo de cerveza a cada paso.
Dicen que alguien lo grabó cuando cambió de camiseta en medio del parque, como si se cambiara de piel. Que gritó “¡Y dale U!” con la misma pasión con la que horas antes juraba “¡Tarma campeón!”. Y que después, tambaleándose, buscó una esquina, un árbol que nunca llegó, y orinó el tronco invisible de la patria, justo frente a la catedral, debajo de una añosa palmera, salpicando gotas amarillentas sobre una rosa roja en cuyos pétalos dormía, plácidamente, un viejo abejorro.
Al día siguiente, los tarmeños despertaron ansiosos por oír en las radios los pormenores del escandalete: las críticas ácidas del imitador del Gallo Hurtado, los comentarios afilados de El Triturador, los latigazos certeros de El Castigador o la llamada de atención del delicado locutor Marcos Peñaverde. Pero nada. Todos ellos hicieron mutis. A esos acostumbrados a lanzar diatribas, parecía que la lengua se les había trabado.
El silencio los había invadido. ¿Silencio o conveniencia?, nos preguntamos muchos.
Solo uno apareció, como aguja en un pajar, y levantó la voz: un comunicador flacucho, con cara de pajarito, que incluso invitó al candidato a brindar sus descargos.
—Te invito a la radio a brindar tus descargos —le ofreció públicamente, con un atisbo de cachita, pero el candidato aún dormía la mona, con la bragueta abajo, soñando que le colocaban la banda municipal y se sentaba en el sillón dorado como si fuera un rey.
Cuando despertó, con la boca seca y la conciencia mojada, tenía la cabeza como tambor de barra brava, y el celular vibraba sin parar con notificaciones que olían a desastre. La mirada inquisidora de su esposa lo alarmó.
—Mira las redes —le dijo, molesta—. ¡La cagaste!
Las redes sociales no hablaban de promesas ni de planes de gobierno. Solo de un charco tibio que, frente a la catedral, evaporaba lentamente su olor a fracaso.
| “¿Quieren conocer al candidato pichilón?”
| “¿Puede un candidato borracho y pichilón del parque gobernar Tarma?”
| “Candidato al sillón municipal o***a la historia tarmeña.”
| “De Tarma a la U: metamorfosis en estado etílico.”
| “Prometió limpiar la ciudad… y se orinó en ella.”
—¡Tienes que ayudarme! —le pidió a Eddy Amaro.
—¡Esto te va a costar! —respondió Eddy al otro lado de la línea, frotándose las manos con una sonrisa malévola.
—¿Qué quieres? —preguntó el candidato, bebiendo un sorbo de agua con limón.
—Tengo que pagar la pensión de mi hijo —respondió Eddy.
—¡Está bien, está bien! —repitió el candidato, con voz de difunto en campaña y las manos en la cabeza—. Di que son montajes, que quieren manchar mi imagen.
Pero su imagen ya estaba manchada desde antes, desde que dejara de ser funcionario de un gobierno regional; solo que ahora brillaba bajo el sol de los memes.
En Facebook circulaban videos e imágenes imposibles de refutar: uno lo mostraba ebrio, con la camiseta alterna de la “U” encima de la del ADT; otro lo retrataba con una camiseta mitad celeste, mitad crema, como un santo bicéfalo del oportunismo. En los comentarios lo llamaban “San Pichilón”, patrón de las promesas líquidas.
Y, sin embargo, algo curioso ocurrió: la mitad del pueblo empezó a defenderlo y la otra mitad lo crucificaba.
—Al menos es humano, como nosotros —decían algunos—. Peor son los que roban y ni se emborrachan.
—Yo soy peor que él —decía otro—, pero no soy tan huevón de dejarme grabar.
—Y, encima, es mecha corta —soltó una chica pícara.
—¡Urgente, baños públicos en el parque! —reclamaba otro.
—¡Que tire la primera piedra quien no hizo lo mismo! —intentaba excusar un partidario.
—¿Ahora qué dirá su CPP? —preguntaba alguien, en alusión a Eddy Amaro.
—¡Que renuncie a su candidatura! —pedía una señora, escandalizada.
Pero él no renunció. Por el contrario, decidió hacer una gira por los distritos, esta vez más sobrio que nunca y con una botella de agua mineral siempre a la mano: símbolo de redención, de purificación.
—La gente olvida rápido —lo alentó Eddy Amaro—. Tienes la radio a tu disposición.
Aún resaqueado, comenzó a escribir su discurso para salir a dar la cara a través de las ondas de Radio 𝘔𝘦 𝘰𝘳𝘪𝘯𝘰 𝘥𝘦 𝘳𝘪𝘴𝘢, la de su gran amigo Eddy Amaro, que todavía carburaba si pagar o no la pensión de su hijo o comprar un par de chelas para aliviar la resaca.
—Sí, me equivoqué. Pero ¿quién no ha tenido una noche difícil? Hasta Cristo dudó en el huerto —dijo el candidato, intentando contener un eructo.
Y la gente aplaudió. No porque creyera en él, sino porque ya no creía en nadie.
Esa noche, mientras los parlantes repetían su eslogan —“¡Hechos y no palabras!”—, un anciano barrendero pasó su escoba alrededor de la pileta, el mismo lugar donde todo comenzó. Sonrió, barrió el charco seco y murmuró:
—Por fin, alguien que de verdad marcó territorio.
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Lima, 05/11/2025