Crónicas de Avenidas

Crónicas de Avenidas Manuel Albarracin CASI...un programa de radio.-

«Nunca supe bien si se llamaban nísperos o mísperos; lo que sí sabía con certeza era que, si uno se tragaba una semilla,...
26/09/2026

«Nunca supe bien si se llamaban nísperos o mísperos; lo que sí sabía con certeza era que, si uno se tragaba una semilla, le crecía un árbol en la panza. Era una verdad incuestionable, tan cierta, según mi abuela, como que comer sandía y tomar vino resultaba mortal. Según ella, los demonios chapoteaban a la siesta en el arroyo, el viejo de la bolsa venía por los niños desobedientes y, después de las tres de la mañana, las almas en pena silbaban tangos desde la oscuridad. Mi abuela aseguraba también que, si uno no rezaba por las noches, una mano peluda salía de abajo de la cama para tirarle de los pies. Dormir sin pedir la bendición era boleto seguro al in****no, el cual estaba diseñado en nueve círculos concéntricos, uno peor que el otro; pero que tranquilo, pues el ángel de la guarda velaba invisible a los pies de mi cama: era parte de la religión.
Pero como le digo, doctor: yo no sé por qué de niño le tenía miedo a la oscuridad, pero le juro que, cuando escuchaba un silbido por las noches, cagaba nísperos del miedo». Manuel Albarracin

16/09/2026

Dos de Copas

Nunca estuvo en mis planes comprarme un tractor; sin embargo, cada primavera, el colegio insistía con llevarnos a la “Ex...
16/09/2026

Nunca estuvo en mis planes comprarme un tractor; sin embargo, cada primavera, el colegio insistía con llevarnos a la “Expo”, que por entonces era de verdad una exposición agroindustrial. Sin ninguna justificación aparente, alumnos secundarios sin poder adquisitivo y ebrios de jugo Cootam deambulaban entre maquinarias agrícolas. Aquellas excursiones, de muchas maneras, eran casi una metáfora de la vida misma: uno, por ejemplo, se preguntaba a menudo por el sentido de tal paseo, y el viaje en sí era más importante que el destino inevitable (igualito que la vida). Lo importante eran las personas con las que compartíamos el viaje y, más aún, con quién elegíamos sentarnos (igualito que la vida).Yo quería sentarme con ella, claro. Chantajeé al chofer, al coordinador y a dos compañeras de apellido Hortelano, creo (como el perro de Lope de Vega, que ni come ni deja comer) que no solo no eran felices, sino que impedían deliberadamente que yo lo fuera. Ya de ida, y frente al reloj floral del Parque 9 de Julio, le confesé mis sentimientos; esa tarde nos besamos a escondidas, adentro de un tanque de guerra de verdad que, por el olor, alguien había confundido con un baño. En la "Expo" le compré un perro de felpa y entre los dos compramos algunas “chucherías”.De regreso nos sentamos juntos: ella con su cabeza en mi hombro; yo, con mi corazón en sus manos, y “Coco”, nuestro peluche, en el medio. Y así fuimos felices durante varios kilómetros, hasta que de repente me dijo “quiero ventanilla” (le había tocado pasillo) y yo, por una cuestión de igualdad de derechos, le dije que no. Después vino la abogada, la doctora Hortelano, me puso una orden de restricción, luchamos por la tenencia de Coco y la división de las “chucherías” (igualito que la vida)… nos separamos antes de llegar a Famaillá. Pero qué lindo viaje.
Manuel Albarracin

Los Aguilar ( lucifugos)La luz eléctrica llegó al pueblo justo antes del invierno de 1914. La generaba una pequeña usina...
13/09/2026

Los Aguilar ( lucifugos)

La luz eléctrica llegó al pueblo justo antes del invierno de 1914. La generaba una pequeña usina diésel que teñía de negro hasta a los pájaros. El suministro se habilitaba cada día a las seis de la mañana y se interrumpía, puntualmente, a la medianoche. Entonces, todo quedaba a oscuras. Como antes. Como nunca. Como siempre. En las esquinas, las sombras se alargaban y aprovechaban para besarse; las almas en pena se iban de parranda. Don Pedro Aguilar, las noches sin luna, se paseaba desnudo por la calle principal, amparado por la impunidad de la penumbra. Los insomnes salían a buscar novias; los amantes furtivos soplaban velas ajenas; los vampiros de la cuadra se mordían las uñas de la ansiedad. Los morochos sin abasto se volvían invisibles y salían a espantar. Los ciegos, en su salsa. Con el alba volvía la luz, pero a esa hora ya todos se iban a dormir.

Los enamorados son, por naturaleza, «lucífugos»: seres que huyen de la luz. Y es que la oscuridad invita a besarse. Supo haber en el pueblo una plazoleta oscura destinada, no oficialmente, a estos fines. Era de una oscuridad tan espesa que uno no podía estar seguro de a quién estaba besando... sino hasta que empezaba a amanecer. Entre tanta cerrazón, por ahí, algún amante preguntaba: «¿Verónica, sos vos?». Había veces que la Verónica contestaba desde la oscuridad de otro banco. Y había veces que no. Después llegó el progreso y, con él, la corriente eléctrica. Un día, y por decoro, cierto intendente mandó a poner un foco. Lo colocaban todas las mañanas, pero cada tarde alguien lo rompía en cuanto empezaba a oscurecer. Se creó entonces una comisión investigadora. El mismo día de su creación, descubrió in fraganti a Don Pedro Aguilar rompiendo el foco a pedradas. Fue apresado y llevado ante la justicia vecinal. Cuando pudo defenderse —y todavía con los labios bien pintados—, Don Pedro alegó que rompía los focos en nombre del amor. Fue absuelto de culpa y cargo.

En su corcel, cuando sale la luna, aparece Don Pedro Aguilar con el sombrero de lado, las medias puestas y nada más. Pero en la oscuridad los cuerpos se confunden fácilmente. Él se dice nudista. Sin embargo, la comisión barrial determinó que un nudista con medias no es un nudista: le exigen vestir al menos dos prendas más para cumplir con las normas de decoro, o bien, que lo haga descalzo y en alguna playa. «La delgada línea entre el mero exhibicionismo y la libertad se traza con soquetes en este pueblo», dice el desnudo. «¡Que alguien piense en el caballo y su dignidad!», reclama la recién fundada sociedad protectora de matungos. La oscuridad disimula la desnudez, pero su sombra lo delata y escandaliza a las señoras de la cuadra, que se desmayan del susto (o la excitación) a su paso. Y es que por la noche las emociones se confunden fácilmente. El caballo bayo sabe volver solo a la estancia, pero en las penumbras uno también se confunde de caballo. Así fue que a Don Pedro, tras una noche de borrachera, dicen que lo vieron pasar al galope con su humanidad al aire y sin espuelas, sobre un alazán ajeno, cruzando el país. Tiempo después, volvió en silencio. Y desnudo. Una noche. Desde entonces, cada vez que cabalga en cueros lo hace cuando sale la luna, llevando un antifaz y una capa negra; cumpliendo así, finalmente, con las normas de decoro y convivencia del pueblo..
Manuel Albarracin

10/09/2026

En Dos de Copas, canta: Maldita Soprana.

De estudiante, participé de la que se conocería luego, como  “La batalla del Cristo rey”. Yo iba al Nacional, y el enemi...
09/09/2026

De estudiante, participé de la que se conocería luego, como “La batalla del Cristo rey”. Yo iba al Nacional, y el enemigo natural del bachiller común desorientado, era el alumno técnico- carpintero-electricista. Cada primavera, nos volvíamos Espartanos y Troyanos, rumbo a la guerra del Peloponeso, con la certeza de cenar esa noche en “Valhala” o con Zeus o con dios, dependiendo su afiliación religiosa. El “ejercito” de la ENET Nº1, apareció lentamente como un espejismo en el horizonte, cruzando las vías. Nosotros, aguardábamos una señal de los dioses. La señal divina, no era otra cosa que la llegada de las alumnas del colegio “Cristo Rey” (que eran todas “rubias” creo). El colegio religioso, entonces exclusivo para mujeres, era un gran motivo para ir a la guerra "Santa" por un rato; entrar en ése recinto, era adentrarse en territorio de Amazonas, esas temibles “guerreras” de los relatos griegos, que de pronto, llegaron. Los primeros disparos de naranjas no tardaron en caer (si algo sobraban, eran naranja). Después de varias horas de batalla, era evidente que la guerra estaba perdida por ése día; yo, como un buen Ulises en delantal, inicié el regreso a Ítaca, donde no me esperaba ni Penélope. Al alejarme, regresé la vista atrás, y vi a Fahuer (el fornido alemán de los sarmientos, que era algo así como nuestro Aquiles, descendiente indirecto de la diosa Tetis, ninfa del mar y de Franz Beckenbauer, campeón del mundo) recibir un certero Naranjazo en la frente, y ahí, no hubo tendón que aguante, vi desplomarse al gigante sobre la platabanda. Emprendimos la retirada esa tarde. El día siguiente, no hubo enfrentamientos…nos fuimos a la expo.
Manuel Albarracin

Desde este mismo banco de la plaza 25 en el que posaron mis abuelo en el año 1937, dicen, dio sus primeros saltos en tir...
30/08/2026

Desde este mismo banco de la plaza 25 en el que posaron mis abuelo en el año 1937, dicen, dio sus primeros saltos en tirabuzón Don Héctor Saraspe, antes de cambiar la primera S de su apellido por una Z (como el zorro) y mucho antes de convertirse en el aguilarense más famoso del mundo, aunque aquí, no lo recuerda casi nadie. En ese mismo banco, que estuvo ahí, incluso antes que el edificio municipal, descansó el busto de Eva Perón, que en una época se erguía en la plaza, y que un paisano de a caballo enlazó y "derrocó" de su pedestal en septiembre del 55, tras la revolución libertadora, o fusiladora (dependiendo de quién cuente la historia). En el mismo banco, durmió una siesta José Tale, que en verdad se llamaba José Ernesto Díaz (lo supe por mi padre, que era su amigo). Y fue también en ese banco, que tal vez ya era otro banco, pero de alguna manera era el mismo, y lo sigue siendo, ocupando ese mismo pequeño espacio del universo a lo largo del tiempo, donde un domingo encontré a la que entonces era mi novia, besándose con un joven músico que tocaba la trompeta en la banda. Que, también debo decirlo, mas que besarla, parecía soplarla, como si intentara inflarla o sacarle un Do de pecho o un Fa sostenido a la pobre, con esos labios vibrantes de trompetista. Todo en el mismo banco, que aunque hoy le parezca que es otro, es en verdad el mismo.- Manuel Albarracin

27/08/2026

"Dos de copas"

27/08/2026

Siempre me negaba a participar en actos escolares, y no por capricho: padecía de pánico escénico no diagnosticado, pero las maestras insistían. La primera vez, en quinto grado, debuté como Cristóbal Colón, nada menos. Mi línea era corta; levantando un banderín que simulaba clavar en el cemento del patio de la escuela, debía decir: «Reclamo estas tierras en nombre del Rey». Yo alcancé a decir «Reclamo…» y caí desmayado frente a mis marinos, para vergüenza de los Reyes Católicos, Isabel de Castilla y Fernando de Aragón (que eran los hermanitos Carrizo; él era mi compañero y ella iba al B), que aguardaban tras bambalinas. Yo estaba enamorado de Isabel I y odiaba a ese Fernando IV, Rey de España. Mientras convulsionaba en el suelo ante el llanto desconsolado de unos pequeños «indios» rubios, uno de ellos intentaba agarrarme la lengua. Pobres aborígenes que, de haber sabido lo que Colón les iba a hacer si no se desmayaba, no se hubieran preocupado tanto por mí, en fin. Para la siguiente colonización, tomaron la precaución de darme un papel mudo. Alguien sugirió que hiciera de árbol, lo cual me dio una bronca... Isabel no iba a fijarse nunca en un árbol mudo que encima, cada tanto, se desmaya. La señorita Tita se acercó, me enjugó las lágrimas con las mangas del delantal y me dijo: «No hay papeles chicos; a algunos les toca ser reyes, a otros "indios" que no conocen la India, a otros conquistadores y a algunos, les toca ser árbol. No hay por qué avergonzarse». Yo pensé que tenía sentido; no puede andar uno por la vida lamentándose por no haber nacido rey de España o jugador del Barcelona. Es absurdo. Esa tarde, fui el árbol con más dignidad de la escuela y hasta la reina me sonrió de pasada, antes de caer el telón. Cuando volvía a mi casa, aún con el disfraz puesto, se lo juro, dos perros me seguían con cara de necesidad y urgencia… Ahí supe que lo había hecho bien.
Manuel Albarracin

La rivalidad entre pueblos vecinos es un clásico en la historia de la humanidad. Ella era de la “realeza” y vivía en Con...
24/08/2026

La rivalidad entre pueblos vecinos es un clásico en la historia de la humanidad. Ella era de la “realeza” y vivía en Concepción (a unos 11 kilómetros de nuestra aldea), una ciudad con calles como “Stewart Shipton” que te hacen sentir en Londres. Nosotros éramos los “escoceses” que luchaban contra “La Corona” —cuyo castillo se asemejaba a un ingenio azucarero— y contra sus “caballeros”, que venían montados en camionetas a robarnos “nuestras” mujeres cada fin de semana (con bastante éxito, debo admitir). Ella y yo nos gustamos desde que nos vimos. Como el amor no entiende razones, fui a buscarla. Traerla a mi ciudad a escondidas de sus hermanos desencadenó la “guerra de Troya”. Para entonces ella ya era Helena y yo, Paris; razón por la cual intuyo que a su ex le decían “Menelao”. Debo aclarar que, a diferencia del troyano, yo no rapté a nadie: ella vino solita y porque quiso, pero vaya a explicarle eso a Zeus. Mi prima “Casandra” me había advertido las consecuencias, pero no le creí; nadie le creía a la pobre, ni mi tía. Finalmente, sus visiones resultaron ciertas y hubo guerra nomás. Fue así como en la batalla del “Rancho Chapedi” (que esa noche era un lodazal), librada el día de Santa Guadalupe entre cintarazos, una quinceañera que intentaba separar (y no se merecía el disgusto) y Miguelito (que le había roto la camisa no sé a quién y ahora la tenía que pagar), nos besamos por primera vez. Esa noche del año 1994 de Nuestro Señor, patriotas “escoceses” borrachos y superados en número pelearon como poetas guerreros. Ganaron la libertad de amar, aunque ella viviera por la Stewart Shipton al 1200. ¡Freedom! (Al menos me gusta pensar que fue por eso). Después, nos volvimos caminando por la ruta de madrugada, cantando canciones de cancha.
Manuel Albarracin

Dirección

Sarmiento 2026
Aguilares
4152

Página web

Notificaciones

Sé el primero en enterarse y déjanos enviarle un correo electrónico cuando Crónicas de Avenidas publique noticias y promociones. Su dirección de correo electrónico no se utilizará para ningún otro fin, y puede darse de baja en cualquier momento.

Contacto La Empresa

Enviar un mensaje a Crónicas de Avenidas:

Atajos

Compartir

Categoría