13/09/2026
Los Aguilar ( lucifugos)
La luz eléctrica llegó al pueblo justo antes del invierno de 1914. La generaba una pequeña usina diésel que teñía de negro hasta a los pájaros. El suministro se habilitaba cada día a las seis de la mañana y se interrumpía, puntualmente, a la medianoche. Entonces, todo quedaba a oscuras. Como antes. Como nunca. Como siempre. En las esquinas, las sombras se alargaban y aprovechaban para besarse; las almas en pena se iban de parranda. Don Pedro Aguilar, las noches sin luna, se paseaba desnudo por la calle principal, amparado por la impunidad de la penumbra. Los insomnes salían a buscar novias; los amantes furtivos soplaban velas ajenas; los vampiros de la cuadra se mordían las uñas de la ansiedad. Los morochos sin abasto se volvían invisibles y salían a espantar. Los ciegos, en su salsa. Con el alba volvía la luz, pero a esa hora ya todos se iban a dormir.
Los enamorados son, por naturaleza, «lucífugos»: seres que huyen de la luz. Y es que la oscuridad invita a besarse. Supo haber en el pueblo una plazoleta oscura destinada, no oficialmente, a estos fines. Era de una oscuridad tan espesa que uno no podía estar seguro de a quién estaba besando... sino hasta que empezaba a amanecer. Entre tanta cerrazón, por ahí, algún amante preguntaba: «¿Verónica, sos vos?». Había veces que la Verónica contestaba desde la oscuridad de otro banco. Y había veces que no. Después llegó el progreso y, con él, la corriente eléctrica. Un día, y por decoro, cierto intendente mandó a poner un foco. Lo colocaban todas las mañanas, pero cada tarde alguien lo rompía en cuanto empezaba a oscurecer. Se creó entonces una comisión investigadora. El mismo día de su creación, descubrió in fraganti a Don Pedro Aguilar rompiendo el foco a pedradas. Fue apresado y llevado ante la justicia vecinal. Cuando pudo defenderse —y todavía con los labios bien pintados—, Don Pedro alegó que rompía los focos en nombre del amor. Fue absuelto de culpa y cargo.
En su corcel, cuando sale la luna, aparece Don Pedro Aguilar con el sombrero de lado, las medias puestas y nada más. Pero en la oscuridad los cuerpos se confunden fácilmente. Él se dice nudista. Sin embargo, la comisión barrial determinó que un nudista con medias no es un nudista: le exigen vestir al menos dos prendas más para cumplir con las normas de decoro, o bien, que lo haga descalzo y en alguna playa. «La delgada línea entre el mero exhibicionismo y la libertad se traza con soquetes en este pueblo», dice el desnudo. «¡Que alguien piense en el caballo y su dignidad!», reclama la recién fundada sociedad protectora de matungos. La oscuridad disimula la desnudez, pero su sombra lo delata y escandaliza a las señoras de la cuadra, que se desmayan del susto (o la excitación) a su paso. Y es que por la noche las emociones se confunden fácilmente. El caballo bayo sabe volver solo a la estancia, pero en las penumbras uno también se confunde de caballo. Así fue que a Don Pedro, tras una noche de borrachera, dicen que lo vieron pasar al galope con su humanidad al aire y sin espuelas, sobre un alazán ajeno, cruzando el país. Tiempo después, volvió en silencio. Y desnudo. Una noche. Desde entonces, cada vez que cabalga en cueros lo hace cuando sale la luna, llevando un antifaz y una capa negra; cumpliendo así, finalmente, con las normas de decoro y convivencia del pueblo..
Manuel Albarracin