22/08/2026
Durante más de tres décadas, Armenia y Turquía comerciaron sin reconocerse oficialmente como socios comerciales. La decisión de Ankara de autorizar el comercio directo no ha reabierto todavía una frontera cerrada desde 1993, pero sí ha comenzado a desmontar la arquitectura administrativa sobre la que ese intercambio logró sostenerse durante más de treinta años. La pregunta ya no es únicamente qué cambia para las empresas, sino si una reforma burocrática puede convertirse en el primer paso hacia una normalización política largamente postergada.
Desde la estación de Kars, el tren avanza lentamente hacia el este, atravesando la extensa meseta de Anatolia hasta detenerse en Akyaka, la última localidad turca antes de Armenia. Allí terminan también, al menos por ahora, las posibilidades de continuar el viaje. A apenas veinte kilómetros de distancia se encuentra Gyumri, la segunda ciudad más importante de Armenia. Las vías ferroviarias conectan ambos puntos desde hace décadas, pero permanecen inactivas desde que Turquía decidió cerrar su frontera terrestre a principios de los años 90.
La escena resume una de las paradojas más persistentes del Cáucaso Sur. La distancia física entre ambos países es mínima; la distancia política ha resultado inmensamente mayor.
Sin embargo, esa frontera nunca consiguió aislar completamente a las dos economías. Mientras la diplomacia permanecía congelada y los pasos fronterizos seguían cerrados, el comercio encontraba caminos alternativos. Los productos turcos continuaban llegando a Armenia. Las empresas seguían comprando y vendiendo. Los transportistas seguían recorriendo las mismas carreteras. Lo único que cambiaba era la documentación que acompañaba esas operaciones.
Por años, el intercambio bilateral sobrevivió gracias a una compleja red de intermediarios, principalmente en Georgia, que permitía ocultar administrativamente una relación comercial que, en la práctica, nunca desapareció. Una empresa armenia podía adquirir maquinaria, textiles o materiales de construcción fabricados en Turquía, pero el exportador turco no podía declarar oficialmente a Armenia como destino final de la mercancía. En muchos casos, la documentación identificaba a una empresa georgiana como destinataria inicial y, solo después de cruzar ese país, la carga continuaba hacia Armenia.
Esta estructura comercial construida alrededor de una ficción jurídica comenzó a desmoronarse el 11 de mayo de 2026. Ese día, el Ministerio de Asuntos Exteriores de Turquía anunció que habían concluido los preparativos burocráticos necesarios para permitir el comercio directo con Armenia. A partir de entonces, las declaraciones aduaneras podrían indicar oficialmente a ambos países como origen y destino final de las mercancías, aun mientras la frontera terrestre permanezca cerrada.
La medida modifica la lógica sobre la cual funcionó durante décadas una relación económica marcada por la informalidad administrativa y no surge de manera aislada. Forma parte de un proceso de acercamiento iniciado a finales de 2021, cuando ambos países nombraron enviados especiales para explorar una normalización sin condiciones previas. Desde entonces, Armenia y Turquía han acumulado una sucesión de pequeños acuerdos que, considerados individualmente, podrían parecer modestos: reuniones periódicas entre sus representantes especiales, el ingreso de Turkish Airlines como facilitador de la conexión aérea, el compromiso de abrir la frontera para ciudadanos de terceros países, proyectos conjuntos de restauración del puente histórico de Ani, estudios técnicos para rehabilitar el ferrocarril Gyumri-Kars y, más recientemente, la autorización del comercio directo.
Ninguna de esas medidas ha transformado por sí sola la relación bilateral. Pero, en conjunto, describen un patrón.
Esa secuencia ayuda a comprender por qué economistas, diplomáticos y analistas consultados para este artículo coinciden en un punto esencial: el verdadero impacto del anuncio no debe medirse únicamente por el volumen de mercancías que puedan intercambiarse bajo el nuevo esquema.
La cuestión de fondo es otra. ¿Puede una reforma administrativa contribuir a crear los incentivos económicos necesarios para que la política termine haciendo lo que durante más de treinta años evitó hacer? La respuesta comienza, paradójicamente, por entender que la frontera nunca consiguió impedir el comercio.
Aunque el tránsito físico de mercancías seguirá realizándose por territorio georgiano, la autorización del comercio directo podría reducir progresivamente parte del valor agregado que hasta ahora generaban los servicios de intermediación administrativa.
Para Hrant Akopian, economista y director ejecutivo de Converse Bank, ese aspecto constituye el verdadero significado de la medida. “Hasta el momento, se trata de un cambio de naturaleza administrativa, aunque con potenciales consecuencias económicas positivas.”
Akopian considera que la posibilidad de establecer relaciones comerciales directas puede reducir costos de intermediación, simplificar contratos y agilizar procedimientos aduaneros. Sin embargo, introduce una advertencia importante: el beneficio económico inmediato no debe sobreestimarse. Mientras los camiones continúen recorriendo cientos de kilómetros adicionales a través de Georgia, la mayor parte de los costos logísticos seguirá existiendo. En otras palabras, la medida mejora las condiciones para hacer negocios, pero todavía no modifica la geografía del comercio.
El economista armenio sostiene que el verdadero valor de la medida reside en que comienza a preparar la infraestructura administrativa para un escenario que todavía no existe: una frontera abierta. En su opinión, esa preparación resulta casi tan importante como la propia apertura física, porque permitirá que, si llega el momento de una decisión política, buena parte del trabajo administrativo ya esté realizado.
Según Akopian, entre los sectores más beneficiados podrían encontrarse las empresas que dependen de maquinaria industrial, repuestos, equipamiento técnico o materias primas procedentes de Turquía, ya que podrían reducir tiempos administrativos, mejorar la previsibilidad de sus operaciones y acceder con mayor facilidad a servicios posventa. En una economía pequeña y altamente dependiente de las importaciones, la cercanía geográfica constituye una ventaja difícil de reemplazar. Un repuesto que, en la actualidad, tarda semanas en llegar desde Asia podría estar disponible en cuestión de días si las cadenas comerciales con Turquía terminan consolidándose.
“Actualmente, Turquía compite con China en distintos segmentos de maquinaria industrial y equipamiento productivo. Para las empresas armenias, la proximidad geográfica con Turquía podría representar una ventaja importante, no solamente en términos de precio, sino también de logística y servicio posventa”, agrega el CEO de Converse Bank.
Sin embargo, esa misma cercanía plantea desafíos para aquellos sectores cuya capacidad de competir con la economía turca resulta mucho más limitada.
Akopian menciona particularmente a la agricultura. Turquía posee una producción agrícola altamente mecanizada, con economías de escala que difícilmente pueden igualar muchos productores armenios. “Una entrada más amplia de productos agrícolas turcos podría ejercer una fuerte presión sobre determinados productores armenios, especialmente aquellos que operan con costos elevados o con una productividad relativamente baja”, admite el ejecutivo financiero.
En este contexto, el politólogo turco Cengiz Aktar advierte sobre el fuerte impacto que la competitividad de los productos turcos podría tener sobre los pequeños y medianos productores y empresarios armenios. Para ilustrarlo, compara el escenario con la experiencia de numerosos productores locales en Siria y de distintos sectores en Irak, donde Turquía se ha consolidado como uno de los principales proveedores de bienes de consumo.
En un escenario como ese, Hrant Akopian insiste en que, sin políticas orientadas a mejorar la productividad, facilitar el acceso al financiamiento y promover la modernización tecnológica, algunos sectores podrían enfrentar una presión competitiva considerablemente mayor que la actual.
Akopian también destaca el potencial del sector energético. “Armenia cuenta con capacidad de generación y posee una experiencia particular en energía nuclear dentro de la región”, indica, y sostiene que, si se desarrolla la infraestructura de interconexión necesaria, Armenia podría eventualmente evaluar oportunidades para exportar electricidad hacia las regiones orientales de Turquía.
“Turquía puede convertirse en un socio importante, pero Armenia debe continuar diversificando tanto sus mercados de exportación como sus fuentes de importación”, afirma el economista, de modo que, sin políticas capaces de fortalecer la producción nacional, la apertura podría traducirse simplemente en un incremento de las importaciones sin generar un crecimiento equivalente de las exportaciones.
Las cifras actuales ayudan a comprender ese riesgo, ya que la relación comercial continúa siendo profundamente asimétrica. De acuerdo con Trade Map, elaborado a partir de datos de UN Comtrade e instituciones estadísticas nacionales, durante 2025 Armenia importó desde Turquía bienes por 366,8 millones de dólares, mientras que sus exportaciones hacia ese país alcanzaron apenas 6 millones de dólares. En otras palabras, las importaciones armenias fueron aproximadamente 61 veces superiores a sus exportaciones hacia el mercado turco, una diferencia que ilustra el marcado desequilibrio comercial entre ambos países.
Por su parte, el politólogo turco Cengiz Aktar, quien se desempeña actualmente como profesor de Ciencias Políticas en la Universidad de Atenas, asegura que la autorización del comercio directo constituye un paso positivo, especialmente para las regiones fronterizas, pero advierte: “La competitividad de los productos turcos podría perjudicar gravemente a las pequeñas y medianas empresas armenias”. Además, hace referencia al ritmo pausado del proceso y plantea la necesidad de alcanzar un acuerdo de libre comercio entre ambas partes, “algo que todavía no se vislumbra en el horizonte”.
La observación de Aktar consiste en que el éxito de una frontera abierta no dependerá exclusivamente de que los gobiernos levanten las barreras físicas, sino de que las empresas y las instituciones de ambos países estén preparadas para operar en un escenario completamente diferente al que conocieron durante las últimas tres décadas.
Esa visión lleva al catedrático a ampliar el foco y situar el debate más allá de lo comercial. “El comercio ciertamente ayuda a suavizar las posturas radicales, pero no puede resolver disputas, recriminaciones e injusticias ancestrales, particularmente desde el punto de vista armenio. Las posiciones excesivamente conciliadoras del primer ministro Pashinyan encajan a la perfección con el negacionismo turco centenario respecto al Genocidio”, expresa, al tiempo que advierte sobre el riesgo a una reconciliación falsa, “adornada con divisas”.
Con una visión crítica hacia la política exterior regional aplicada por el gobierno armenio, el politólogo turco sostiene que la “normalización mediante concesiones” goza de una amplia aceptación en vastos sectores de Turquía y favorece la continuidad del negacionismo turco.
Sin embargo, más allá de las diferencias sobre la forma en que debería avanzar la normalización, prácticamente todos los especialistas consultados coinciden en un aspecto: existe un tercer actor cuya influencia continúa condicionando cada uno de estos pasos.
La normalización bajo la sombra de Bakú
Aunque el comercio directo haya sido presentado como una decisión bilateral entre Armenia y Turquía, los analistas incluyen inevitablemente a un tercer actor: Azerbaiyán. Lo ocurrido durante los últimos meses obliga a revisar la idea de que la normalización avanzaría únicamente cuando existiera una solución política definitiva entre ambos países caucásicos.
Hasta el momento, prácticamente ninguno de los avances concretos entre Ankara y Ereván, resolvió las cuestiones centrales que aún separan a Armenia y Azerbaiyán. La normalización no se detuvo; simplemente avanzó a una velocidad mucho menor de la que muchos esperaban.
No obstante, ninguno de los especialistas consultados considera que el proceso esté estancado. Lo describen, más bien, como un delicado ejercicio de equilibrio, en el que cada decisión debe calibrarse cuidadosamente para no alterar un escenario regional extraordinariamente frágil.
Para Benyamin Poghosyan, investigador principal del Applied Policy Research Institute of Armenia (APRI), la influencia de Bakú continúa siendo uno de los factores determinantes del proceso. En su análisis, la región ha entrado en una especie de círculo político del que resulta difícil escapar. Mientras Azerbaiyán condiciona la firma del tratado de paz a reformas constitucionales en Armenia, sostiene también que la normalización entre Ankara y Ereván no debería completarse antes de alcanzarse ese acuerdo. Así, cada negociación termina dependiendo de otra negociación.
Lo que el politólogo Cengiz Aktar percibe como una decisión de dar “pequeños pasos para gestionar las sensibilidades de Azerbaiyán”, Benyamin Poghosyan lo define como un ejercicio de “prudencia”, teniendo en cuenta los profundos vínculos económicos, energéticos y políticos que inevitablemente condicionan el margen de maniobra de Turquía.
“Azerbaiyán ha invertido más de 20.000 millones de dólares en la economía turca y el presidente Aliyev mantiene una estrecha relación personal con el presidente Erdoğan”, afirma el académico armenio, quien propone superar este estancamiento mediante una participación más activa de Estados Unidos con Bakú y Ankara antes de las elecciones legislativas de mitad de mandato estadounidenses de 2026.
Para el exembajador de Turquía en Azerbaiyán, Alper Coşkun, Turquía dispone hoy de un margen político considerablemente mayor para actuar por iniciativa propia y contribuir activamente a consolidar un nuevo equilibrio regional. “Hasta ahora, Ankara ha seguido el rumbo marcado por Bakú”, explica.
Sin embargo, considera que ha llegado el momento de que su país deje de limitarse a acompañar el proceso y empiece a influir sobre él. El diplomático sostiene que la normalización entre Armenia y Turquía y el proceso de paz entre Armenia y Azerbaiyán deberían avanzar en paralelo, reforzándose mutuamente, pero evitando que uno quede permanentemente rehén del otro.
Según Coşkun, hoy comienza a abrirse paso, al menos en algunos sectores académicos y diplomáticos turcos, otra lectura: la de una Turquía cuyos propios intereses estratégicos podrían beneficiarse de una relación más estable con Armenia, independientemente de que el proceso de paz con Bakú permanezca abierto.
“Superar décadas de hostilidad y reconstruir la confianza sin duda llevará tiempo, pero Armenia y Turquía se encuentran más cerca que nunca de establecer relaciones diplomáticas y reabrir su frontera (…) El deseo de Ankara de mantenerse en sintonía con Bakú y calibrar cuidadosamente sus relaciones con Armenia no debería limitar su capacidad para aprovechar la oportunidad y respaldar la idea más amplia de consolidar la paz regional en el Cáucaso Sur”, manifiesta.
Coşkun, quien participó durante años en el diseño de la política exterior turca desde su Ministerio de Asuntos Exteriores, sostiene que los intereses estratégicos de Ankara trascienden la relación bilateral con Armenia. Entre ellos menciona la creciente importancia del Middle Corridor, el corredor comercial que conecta China y Asia Central con Europa a través del Cáucaso Sur y Turquía, cuya relevancia se ha incrementado desde el inicio de la guerra en Ucrania y la búsqueda de rutas alternativas a los corredores tradicionales. A ello se suman el interés por desarrollar nuevas conexiones entre Europa y Asia, la necesidad de diversificar los corredores comerciales y la voluntad de consolidar un Cáucaso Sur más estable.
Desde esa perspectiva, la autorización del comercio directo deja de parecer únicamente una concesión política hacia Armenia, sino que empieza a entenderse también como una decisión coherente con los propios intereses regionales de Turquía.
Coşkun, quien se desempeña como profesor adjunto en Georgetown University, considera que las condiciones regionales en la actualidad son muy diferentes. “Azerbaiyán ha restablecido su integridad territorial y Armenia ha emprendido un camino cualitativamente distinto y mucho más constructivo en sus relaciones con Azerbaiyán y Turquía”, expresa.
Con esa premisa, confía en la apertura de un nuevo capítulo para el Cáucaso Sur y asegura: “La reelección de Pashinyan ha mantenido viva la posibilidad de una paz duradera con Azerbaiyán y la normalización con Turquía”.
Esta percepción más conciliadora también aparece del lado de la sociedad civil.
En conversación con Yervant Danzikyan, editor jefe del periódico armenio de Estambul Agos, la impresión era menos la de alguien frustrado que la de alguien acostumbrado a medir este proceso en tiempos mucho más largos que los de la política cotidiana.
“Los armenios de Turquía estamos esperando los avances aduaneros y la apertura de las fronteras, ya que este diálogo contribuirá en gran medida al proceso de normalización de relaciones”, asegura Danzikyan. El editor añade que las autoridades de los asentamientos fronterizos turcos también comparten esa expectativa, conscientes de los beneficios económicos que la reapertura podría generar para ambas comunidades.
Una apertura con deudas pendientes
La autorización del comercio directo no modifica todavía la geografía del intercambio ni reabre una frontera cerrada desde hace décadas, pero sí comienza a desmontar el entramado administrativo que permitió sostener esa paradoja durante años. El cambio no es únicamente económico, también expresa una decisión política sobre la forma en que el gobierno armenio está dispuesto a avanzar en su relación con Turquía.
Y es precisamente allí donde aparecen las preguntas más difíciles. La normalización promovida por Ereván y Ankara fue planteada desde el inicio como un proceso “sin condiciones previas”. Sin embargo, en una relación atravesada por el Genocidio Armenio, más de un siglo de negacionismo estatal turco, una frontera cerrada unilateralmente por Ankara y el respaldo político y militar de Turquía a Azerbaiyán, la ausencia de condiciones previas no equivale necesariamente a la ausencia de asuntos pendientes. Existe el riesgo de que la acumulación de acuerdos económicos y administrativos termine construyendo una normalidad de hecho antes de que esas cuestiones hayan sido abordadas políticamente.
El comercio puede generar intereses comunes, reducir costos y abrir oportunidades para determinados sectores de la economía armenia. Pero no puede convertirse en sustituto de la memoria histórica ni en mecanismo para relegar demandas que forman parte de la relación entre ambos Estados. La experiencia demuestra, además, que una creciente interdependencia económica no conduce automáticamente a una reconciliación política ni obligaría a Turquía a revisar su política de negación.
A ello se suma una cuestión estrictamente estratégica. Armenia ingresa a esta nueva etapa desde una posición económica profundamente asimétrica: importa desde Turquía decenas de veces más de lo que exporta y sus productores deberán competir con una economía mucho mayor, más industrializada y con importantes economías de escala.
Por eso, el debate no debería reducirse a estar a favor o en contra del comercio con Turquía. La cuestión central es bajo qué términos Armenia construye esa relación y qué obtiene, además de mercancías más baratas o procedimientos aduaneros más simples. Una normalización sostenible difícilmente pueda medirse únicamente por el número de camiones que algún día crucen la frontera. También deberá evaluarse por la capacidad de Armenia de preservar sus intereses nacionales, plantear sus demandas históricas y evitar que la apertura económica sea interpretada como una aceptación silenciosa del statu quo.
Betty Arslanian
Periodista, corresponsal de Diario Armenia en Ereván
Durante más de tres décadas, Armenia y Turquía comerciaron sin reconocerse oficialmente como socios comerciales. La decisión de Ankara de autorizar el comercio directo no ha reabierto todavía una frontera cerrada desde 1993, pero sí [...]