26/05/2026
25 DE MAYO DE 1810
El viernes 25 de mayo de 1810 por la mañana, el Cabildo de Buenos Aires volvió a deliberar. El día anterior los operadores del virrey urdieron una trampa para burlar la decisión mayoritaria del Cabildo Abierto del día 22 y garantizar su continuidad: reemplazar a Baltasar Hidalgo de Cisneros por una junta que, insólitamente, sería presidida por el propio Cisneros. Estaba integrada además por dos monárquicos y, para conformar a los levantiscos, por Cornelio Saavedra y Juan José Castelli. Si pasaba, pasaba…
No pasó. Urgía entonces designar una nueva junta, pero esta vez los partidarios de apartar al virrey no tolerarían otra artimaña: habían confeccionado su propia lista y estaban decididos a imponerla por las buenas o por las malas.
El ambiente estaba caldeado como el día anterior. Mientras los del Cabildo deliberaban a puertas cerradas procurando hallar una salida a la encrucijada en que se hallaban, los comandantes de regimientos y principales personajes seguían el curso de los acontecimientos desde la casa de Miguel de Azcuénaga, vecina a la Plaza de la Victoria.
French y Beruti, entretanto, mantenían presta la Legión Infernal y repartían cintas para identificar la “tropa propia”. No está fehacientemente corroborado de qué color eran esas cintas —hay distintas conjeturas al respecto—, si había damas tocadas para la ocasión, ni si esa mañana llovía o no y, en tal caso, si había paraguas —eran un artículo de lujo— tal como se recrea la escena en el célebre óleo pintado por Ceferino Carnacini en 1938.
Las horas pasaban y la situación seguía en ascuas. Agotada la paciencia, para apurar el trámite un grupo de manifestantes ingresó a las galerías del cabildo al grito de: “¡El pueblo quiere saber de qué se trata!”. Cuando estuvieron cara a cara con Leyva, el avispado síndico quiso saber dónde estaba ese pueblo al que aludían, si a esa hora avanzada casi no quedaba gente en la plaza, sólo algunos emponchados. “Toque la campana —replicó Beruti a viva voz— y lo verá usted con sus propios ojos”. No lo hizo: los monárquicos sabían que a esa altura las cartas estaban echadas y las de ellos eran perdedoras.
Los hechos se precipitaron: se apuró la decisión y la nueva junta, encabezada por Cornelio Saavedra, fue proclamada y esta vez no hubo oposición (imagen). La presidencia le correspondió al jefe de los Patricios, que había tenido una gravitación decisiva al volcar su apoyo a la movida. De no ser así, podría haberse planteado un escenario menos pacífico, además, se sabía que el paso dado podría desencadenar una guerra, como efectivamente sucedió. Secretarios, dos abogados de prestigio: Mariano Moreno, a quien se le confió la estratégica Secretaría de Gobierno y Guerra, y Juan José Paso, miembro del núcleo duro de buena cintura política. Seis vocales: Juan José Castelli, Manuel Belgrano, Miguel de Azcuénaga, Domingo Matheu, Juan Larrea y el sacerdote Manuel Alberti. La composición era un tanto transaccional; mayoría de criollos y un par de españoles, civiles y militares, y un clérigo. Todo fue palaciego; al menos ese día no corrió la sangre que no tardaría en correr a raudales en varios puntos del virreinato.
Un detalle a tener en cuenta: todo, incluido los juramentos, se hizo en nombre de Fernando VII, el monarca Borbón impedido de reinar desde que Napoleón Bonaparte había invadido España y colocado a su hermano en el trono. Así lo consigna Saavedra en su Memoria Autógrafa: “Fui recibido de presidente y vocal de la excelentísima junta, prestando con los demás señores ya dichos, juramento de estilo en la sala capitular, lo que se verificó el 25 de mayo de 1810. Por política fue preciso cubrirla con el manto de Fernando VII a cuyo nombre se estableció y bajo de él expedía sus providencias y mandatos”. La expresión “por política” habla a las claras de que, al menos de momento, se mantendrían las formas protocolares de rigor. Estaba claro que el proceso se daría paso a paso, atendiendo al cambiante contexto externo y a la relación de fuerzas en el plano doméstico. Por esas horas se ignoraba cómo reaccionarían las provincias del extenso territorio, aunque se sospechaba de antemano que algunas serían remisas a acatar una junta designada en Buenos Aires.
Manuel Belgrano, por su parte, designado vocal, asentó en su autobiografía: “Era preciso corresponder a la confianza del pueblo y todo me contraje al desempeño de esta obligación”. Muy pronto se establecieron los liderazgos y asomaron las primeras discordancias: Mariano Moreno se convertiría en el miembro más impetuoso y apasionado, una suerte de Robespierre criollo. Saavedra encarnarían el ala más conservadora, en tanto que Belgrano aportaría lucidez y equilibrio.
La revolución se había consumado, aunque fue un acontecimiento netamente porteño; el resto del virreinato poco o nada tuvo que ver con una movida concebida y ejecutada en la metrópoli virreinal. El primer desafío del flamante gobierno era lograr cuanto antes el acatamiento de las provincias y sumarlas a la causa. Nada fácil. El segundo, prepararse para una guerra que prometía ser larga y sangrienta, como lo fue.
Las páginas siguientes recién comenzaban a escribirse…pero esa es otra historia.