Impresiones extranjeras

Impresiones extranjeras Notas, crónicas, entrevistas, teatro & condimentos. Apuntes de una periodista de ficción sobre cie

Comenzo el verano y nuestra cronista encuentra el hueco para escribir. "Querernos así", primera entrada del 2018. De pil...
01/01/2018

Comenzo el verano y nuestra cronista encuentra el hueco para escribir. "Querernos así", primera entrada del 2018. De piletas, adulteces y recuerdos de yerbas pasadas.

QUERERNOS ASÍ.

1º de enero. Arranca el año y viene a mi memoria una voz rodeada de sombrillas amarillas y blancas gritando a un micrófono de cable más largo que la Perla misma y con muchas erres "¡Arrrancó la temporada!". Mi memoria está llena de esos recuerdos enmarcados en un televisor Philco - rojo, regordete y ya a colores -, de cuando Mateyco o Badía trasmitían el "comienzo de temporada" desde La Feliz. También recuerdo la expresión escrita en los titulares de los diarios, cuando lo que pasó ayer se leía inevitablemente en papel y yo caminaba por la San Martín con mi familia. En ese entonces familia era otra cosa y la niñez un presente continuo que prometía no acabar nunca. La promesa de ser adulto, ese futuro posible, siempre era en futuro. La vida estaba asegurada en el marco estable de la infancia, creía que las cosas estaban dadas y que iban a ser siempre así.

Arranca la temporada pero la vida comenzó hace rato, vuelvo a pensar siendo esa adulta que imaginé ser, pero que nunca supuse alcanzaría. Y en vez de en La Feliz, transcurro mis vacaciones en Buenos Aires. Declarar "vacaciones" a un tiempo intermedio instalados en un barrio al lado del propio tiene un olor a descanso real y vagancia que aplica al título con el que llegamos. Son vacaciones de verdad, llenas de pasto, agua y sol, en una hermosa casa con parrilla. Hoy lucimos nuestras mallas y tenemos a la nueva protagonista de nuestro verano: la pileta.

De repente, ella se torna la reina y tema central de nuestras conversaciones. Ahora hablamos de filtros, cloros, bombas externas y aspiradoras subacuáticas. Estamos atentos a cada soplo de viento, a las amenazas de lluvia, a cada insecto semiahogado al que hay que salvar de una muerte próxima, o - mejor - salvar a la pileta del insecto hijueputa que vino a morir allí. Lo nuestro ya no es el colador común, eso es juego de niños naïve y simpático; nosotros estamos ya en escala Motor Externo, Caños de Succión Fina y Limpiador Profesional Nocturno que deja todo perfecto, preparado para ser volado de allí la mañana siguiente. Este verano la pileta es nuestro organigrama, nuestro envase contenedor, nuestro espacio. Como si fuera un zapato al que sacarle lustre, le pasamos pomada todos los días, la miramos con lupa, con atención, con cuidado, casi con amor. Así de linda está. Así de locos estamos. Así de locos, y no de otra forma. Otra manera estar locos, o de ser adultos, ya no es posible. Lo asumimos, elegimos no combatirlo, nos sentimos satisfechos con los resultados. Así que nos miramos a los ojos, algo resignados aunque también más sabios y expertos - más adultos diría esa niña en la San Martín de Feliz -, le pasamos por millonésima vez el filtro a la pileta, nos tiramos en ella, y chapuceando como dos nenes nos sentimos felices de estar adentro y de querernos así.

+ historias de la historia ☞ https://impresionesextranjeras.blogspot.com.ar

Si uno no quiere traicionar lo que se dijo en un encuentro, bajar dos horas y media de un tête à tête con miles de palab...
12/09/2017

Si uno no quiere traicionar lo que se dijo en un encuentro, bajar dos horas y media de un tête à tête con miles de palabras a 9000 caracteres es un desafío. Eso que llaman "oficio de periodista" debe ser... Acá está online lo impreso en Revista Llegás de Septiembre. Siempre es mucho más lindo leerla en papel en el hall de un teatro esperando que empiece una obra, o ya tirado en la cama después de verla, pero va versión 2.0 para la e-muchachada que no la encontró a tiempo. ¡Salúte!

ENTREVISTA A ALEJANDRO CATALÁN, REFERENTE INELUDIBLE DE LA ESCENA LOCAL.

Escéptico, portador de honestidad brutal, lúcido bicho teatral… Se podrá estar de acuerdo o no con la manera en que Alejandro Catalán mira y vive el teatro. De lo que no caben dudas es de su convicción y honestidad al momento de pensarlo. Y de la coherencia con que lo ejecuta a través del tiempo.

“¿Cuál es el sentido de una entrevista?” es la primera flecha que dispara -invirtiendo por un momento los roles- entrevistado a entrevistadora. Y ya la pregunta marca el pulso del encuentro. Es que hablar con Catalán tiene algo de modo continuo, como si no necesitara introducción para contextualizar, sino que su tema -en permanente procesar- fuera el teatro.

Además de haber dirigido y actuado en muchas y muy prestigiosas obras, por su escuela pasaron generaciones de actores que van a “atravesar la experiencia Catalán”, suerte de síntesis personal que él mismo va elaborando y actualizando en tiempo presente, producto de su propio proceso y devenir. “Porque uno no sabe bien a quién le está hablando –continúa en relación al sentido de la entrevista-. Es como Facebook, pareciera que uno se habla a uno mismo, una auto-confirmación, acumular identidad ante los otros, pero en realidad todos estamos mucho más de acuerdo en lo que decimos que en lo que después hacemos. Estamos llenos de malos entendidos.”

- ¿Cómo pseudo-consensos?

Claro, y a la hora de ir a ver (teatro) aparecen diferencias reales. Como que lo que se dice sobre lo que se hace suele estar muy ligado a lo que está bueno decir. Pero que haya una verdadera inter-compenetración del hacer y el pensar ya es otra cosa.

- ¿Cuál es el entorno en el que trabajas? Sos docente, ensayás algo tuyo...

Me parece que es ir encontrando gente con la que uno resuene, que mira la vida y el arte de una manera compatible. Ahí esta el diálogo real, los descubrimientos. En este momento el ensayo (como actor) es el lugar donde recibo patadas más fuertes porque soy el objeto de cuestionamiento, pero eso refluye mucho en las clases y en mi manera de dirigir. Y me siento bien rodeado, con gente que sabe lo que es el desinterés.

- Definamos desinterés.

Sería crear una condición de actuación que posibilite desprenderse de un montón de condiciones que parece imposible no pretender; la experiencia de generar algo que va a ser creado por esos cuerpos. Es la imaginación en acto. Como ver una buena banda de rock. Si uno quiere que sea el teatro el que cree e imagine, primero tiene que estimar a los actores como potencias creadoras a la altura de cualquier arte, y luego darse cuenta qué conviene que acompañe a eso. En mi caso, un texto es decirle a alguien que te pre-imagine qué vas a contar, quién vas a ser. Si confío en la capacidad creadora de la actuación, ¿para qué discutir o combatirle la imaginación a otro? Mejor prescindir de todo lo que le ponga presión, apuro, expectativa, sentidos, referencias…

- Vaciar el espacio.

Que crear sea un proceso que se integre a la vida. Una obra es algo que te acompaña, es una novia. En la medida que uno lo decide, puede dejar que su relación con la actuación mantenga vivo el refugio del amor por la experiencia que la actuación te pueda dar. Preservar un espacio por fuera de las presiones laborales y mediáticas es importante porque uno no le pide al laburo mas de lo que puede dar, sabe que hay un lugar en que la actuación se puede convertir en el fenómeno central de su cuerpo y su vida, ése es el beneficio principal. Porque vivir de actuar… hay experiencias que son tan quemantes como cualquier oficina. Seguir preservando un lugar en que pueden vivir las ´vacaciones´ de la actuación, no el ´trabajo´ de la actuación, ese juego mas desinteresado y desenfrenado que es la actuación…

- ¿Qué condiciones pensás que determinan la manera de actuar y producir hoy?

Puede sonar new-age, pero me parece que hay un nivel de ansiedad y apuro sobre el escenario que es el rasgo más notable; está aceptado que a un actor se le note lo memorizado, lo sabido. Pero, asumiendo la dureza que genera indefectiblemente la interpretación en la relación con un texto –por su lógica sintáctica externa a la manera en que un cuerpo la genera- es llamativo el grado de velocidad con que se dice lo que se dice. Pocas obras paran la pelota, se callan, se miran. Un texto genera interpretación, y es casi trágicamente imposible para el cuerpo hacer ver como propias palabras ajenas que provienen de una lógica de encadenamiento externo.

- Aunque ésa sea una de las premisas con las que podría definirse “ser actor”.

La decisión de darse más importancia que las palabras que están justificando su presencia ahí, eso es algo que logran muy pocos actores. Es lo que enseñó (Eduardo) Pavlovsky siendo actor, paradójicamente: al momento de actuar, él tenía más autoridad como actor que como autor, en él prevalecía el contacto.

- Es de una intimidad muy grande, puede suceder como no.

La “rutinización” de la actuación en los actores, de los espectadores en la expectación, de los críticos en la crítica, hace que no podamos mantener vivo el contacto con lo enormemente excepcional del fenómeno loco que se está generando. Lo mejor es que el amor por la actuación traspase los vínculos, que la obra sea esa expresión. Es lo que nos propone como horizonte más hermoso el arte. Eso esta híper cascoteado. Cualquiera me puede escuchar como un idealista, pero hay que estar dispuesto a que la vida se organice para que eso sea factible. Si sucede, mejor. Si no, acercar el bochín, no engañarse.

- Es difícil encontrar los contextos para que eso pase realmente.

Partimos de ser una subjetividad mercantil, estamos interpelados a tener que resolverla en este contexto. El tema es que eso no haga que tu vida cumpla exhaustivamente con la desesperación que eso genera. Para que el mercado no te coma la actuación -o la vida misma- ésta tiene que asumirse como un auto exorcismo permanente, sacar del cuerpo eso que se impone como una dinámica que no te pertenece, o lo que pensás que tenés que hacer para que te quieran. Para que el espectador pueda ablandarse a sí mismo, encontrarse con algo que le permita bajar defensas, es necesario un actor que no se engañe ni un poquito, que tenga una relación honesta con eso. Y a la vez necesita ciertas condiciones que lo hagan posible: nadie se sobrepone a los contextos en los que su actuación se inscribe, está condicionada por el dispositivo en el que se presenta.

- No puede existir sino.

Pero hay prácticas que son mas habilitantes del florecimiento de la capacidad de ficcionar, y hay otras que ni les importa.

- Pero sí hay gente que propicia los contextos para que eso suceda.

Estamos hablado de directores que se ofrecen con una mirada que interviene en el proceso de factibilidad de esa libertad, lógicas en las que ingresan los cuerpos. El director es la mirada que también se va transformando junto con esos cuerpos. Es difícil actuar bien en un contexto en donde el diálogo con la dirección no termina de tener fluidez. La actuación es una actividad muy solitaria, se la tiene que resolver solo.

- ¿Y eso de lo que la actuación es a partir del vínculo con el otro?

Son ideales, cosas que está bueno que pasen, pero la actuación tiene el promedio de honestidad que tiene el mundo, no se salva de nada. Que un grupo de gente se junte para generar su territorio de libertad es tan excepcional como un hecho político. Es claro que una actuación de fiesta es una procurada por los actores entre ellos. Nadie te va a armar la fiesta.

- ¿Qué pensás de los grandes textos que trascendieron a través del tiempo?

Que son buena literatura. Los textos que trascendieron no necesariamente producen obras buenas. Cuando uno investiga y ve el contexto en el que Strindberg y Shakespeare hacían sus obras, el espacio donde se ensayaban y mostraban... Shakespeare era carnaval, y ahora es cultura, es evento, es la llegada; y me parece que él se tomó mucho menos en serio que todos los demás. Ves los planos del teatro del Globo y te das cuenta que era el Parakultural, no había manera de estar lejos porque era redondo, varias tribunas, quilombo. La idea que nosotros tenemos de texto es la menos interesante que hubo en la historia del teatro.

- ¿Eso no está en relación con la propia época?

El texto en este momento es lo que hace posible el mercado del teatro, es un facilitador práctico, un contrato: cuánto vas a actuar vos, cuánto yo. Y es un ansiolítico muy potente porque ya sabés lo que vas a hacer, quiénes lo van a hacer, qué va a suceder. Entonces nos salvamos de la incertidumbre que genera un encuentro. A mí me parece que el darse cuenta que el mundo es una demencia, que no conviene hacer las cosas como se hacen en el mundo, no demanda muchas luces.

- A veces las demanda, sí.

Pero parece bastante evidente que en lo más mediático y obsceno, y en lo más culturalmente legitimado, hay una euforia o una solemnidad que reúne ambos mundos. Es tan difícil encontrarse con otros para crear, generar encuentros de gente más des-condicionada a embocarla de los tres metros. Y para un actor, tener una mirada capaz de aceptar que algo no le gusta y argumentar qué le gusta o no de las cosas, le cierra el mercado de trabajo. No hay que tener posiciones muy claras porque sino no te llama nadie. Mejor que te guste todo, el mercado nos pone boludos.

- Requiere un des-exitismo al que no es fácil renunciar.

Si no te encontrás, la única alternativa del existir es convertirte en producto, venderse. A veces la búsqueda del éxito profesional lo que hace es llevarse puesta la propia vida.

Vera Czemerinski

Ahora dicen que nuestra cronista no sólo actúa sino que se sigue haciendo la periodista, en una pequeña inversión de rol...
08/08/2017

Ahora dicen que nuestra cronista no sólo actúa sino que se sigue haciendo la periodista, en una pequeña inversión de roles; sabrán comprender ;-). Así que, entre dos orillas, se paró en una y echó un vistazo al gran Principe de las Pampas.
Como siempre, a la nota la encuentran en papel de la clásica & moderna Revista Llegás.

PRÍNCIPE DE LAS PAMPAS, de Facundo Zilberberg.

La desgracia anda paseando entre los departamentos de un recoleto consorcio. No es para menos, los habitantes de dos unidades tienen sus problemas: sumido en la hipocondría, uno de ellos se refugia en la pseudocalma que le proporciona contar con un impertérrito mayordomo que lo sostiene; y -amparándose en el desprecio hacia unos peruanitos que trabajan cerca del edificio- una pareja de pobres ricachones busca salir de su ruina planeando engatusar a su enrulado vecino. Todo muy bián, muy entre gente como uno. Pero hay un colado, un elemento extraño en el decorado: el figurín del beato Ceferino Namuncurá que, a fuerza de pura fe, logrará torcer el rumbo hasta de las más avinagradas clases sociales.

El príncipe de las pampas es un juego bien construido sobre la tensión que producen las diferencias entre clases y -sin ponerse profundos en el análisis, lejos pareciera ser ése el eje de sus hilarantes intenciones- podría decirse que es esa tensión la que mueve a la acción, a la risa y al desparpajo con que se la interpreta. La puesta pone la lupa sobre personajes muy caricaturizables y en ningún momento se pasa de la raya ni roza el chiste barato de las burlas usuales hacia los ricos que también lloran. Se hace cargo del lenguaje que produce -simple y directo- y con una anécdota sencilla da pie para que las actuaciones den la pincelada final al código que plantea. Brillan especialmente el Máximo de Jerónimo Vélez Funes, con sus caprichos de niño rico atolondrado, y el Arturo de Fernando De Rosa, que juntos forman un contrapunto descocado y muy efectivo: uno pasado de rosca, el otro un sólido bloque expresivo que con el mínimo gesto dice bastante.

En cierto punto, casi podría establecerse un pequeño paralelo entre la fe hacia Ceferino Namuncurá que jamás unos ricachones podrían tener sino en el teatro, y el hecho mismo de hacer teatro: siempre hay una cuota de fe que pone la espalda en todo, no hay raciocinio en el impulso y -contra todo pronóstico- a veces las cosas salen bien. El príncipe de las pampas es uno de esos buenos casos.

Vera Czemerinski

Dramaturgia y dirección: Facundo Zilberberg. Con: Fernando De Rosa, Sabrina Lara, Felipe Llach, Jerónimo Vélez Funes. Sábados 20:30 hs en El Estepario Teatro, dir: Medrano 484.

Nuestra cronista no sabe qué le gusta más: si ir al teatro a probar suerte, o desmenuzarlo con palabras en el after-part...
05/07/2017

Nuestra cronista no sabe qué le gusta más: si ir al teatro a probar suerte, o desmenuzarlo con palabras en el after-party.
Este mes, algunos desmenuces sobre El Cruce, farsa sindical. Anda diciendo por ahí que le encantó y que vayan a verla... y agrega -para los que dicen que las publicaciones online no los llaman tanto- que siempre podrán leerla en el viejo papel, ese de verdad, en cualquier teatro o bar en la ilustre Revista Llegás de Julio; que esto es sólo una facillitonga lectura net vía oral. ¡Salute!

EL CRUCE. FARSA SINDICAL, de Fabricio Rotella.

En la inesperada esquina en la que se cruzan Lisístrata y el Peronismo, el pequeño mundo de cuero sindical de Carlos “Pocho” Palumbo comienza a derrumbarse. Algo anda mal dentro de los contornos de su territorio y frente a la inminente visita del capo Genaro de Simone conviene tener la casa en orden, o que al menos lo parezca. El “Pocho” no parece ser un tipo que se deja amedrentar por cualquier cosa, pero el caos no es menor y el carbón no estaría prendiendo del todo bien para el asado porvenir.

El cruce está servida en bandeja para reconocer (y reconocerse en) los vicios y virtudes de esta patria enquilombada que supimos construir. Sainetón criollo entrelazado al dedo con la comedia de Aristófanes, la puesta enmarca entre cánticos de un coro (a disposición del relato para lo que guste mandar) la tragedia personal del delegado en cuestión hasta llegar a un inevitable desenlace, tan trágico como el destino de cualquier patria que haya atravesado un fenómeno como el peronismo. Su Nora pudo llamarse Eva ayer o Cristina hoy; y, en su pequeña escala, todos los personajes encuentran un paralelo histórico o actual. Con una estética inspirada en (o tal vez homenaje a) la obra del Marcos López, esta mini-sociedad sindical está cantada en justísimo solfa, con el humor y la ternura de quién se ríe de sus patriadas de colores saturados.

Pero, hay que decirlo, la historia no comienza en el ´45 sino antes, en el S.V a.C cuando unos habitantes del Ática tomaron -en la encrucijada- el camino de la comedia y supieron vivir un entretenimiento popular que invitaba a cualquier ciudadano a pasar un gran momento, sin dejar a nadie afuera. Lo mismo hace El cruce. Corran a verla, antes que –de una vez y para siempre- la tragedia argentina no vuelva a repetirse. Mientras tanto encuentran la estampa aquí, en pleno Villa Crespo.

Vera Czemerinski


Texto y dirección: Fabricio Rotella. Con: Lucas Avigliano, Nacho Bozzolo, Marcos De Las Carreras, Fernando De Rosa, Mariela Finkelstein, Gonzalo Gutierrez, Emiliano Lopez, Natalia Mena, Leandro Morcillo, Malena Salicrú, Luciana Vieyra.
Domingos 19 h en Sociedad de Fomento y Biblioteca Popular Gral. Benito Nazar, dir: Antezana 340.

Nuestra cronista sigue yendo al teatro, insiste con su sospecha que algún sentido debe tener. Acá lo que pensó sobre Onc...
09/06/2017

Nuestra cronista sigue yendo al teatro, insiste con su sospecha que algún sentido debe tener. Acá lo que pensó sobre Once Hijos (publicado en Revista Llegás junio). Todos invitados: pasen y lean ✓✓

ONCE HIJOS, de Federico Ponce,
Basada en un cuento de Frankz Kafka.

Hay obras que buscan capturar el espíritu de época, decir o hacer algo con él, una suerte de retrato de la contemporaneidad que de forma creativa -o no, dependerá- exprese inquietudes actuales. Pero hay corrientes que no se dedican tanto a perseguir el hoy, sino que se ocupan de problemas más atemporales y eventualmente algo más universales.

En esa segunda línea se ubica Once hijos, la propuesta de Federico Ponce basada en el cuento homónimo de Kafka. Nada indica que la obra esté adaptada al paladar de estos tiempos, sino que -a su modo- la puesta marca su propio pulso y camino. Arrancar desde lo formal para pensar en cómo vincularse con un texto de Kafka es el primer acierto de este engranaje de doce hombres que, en la medida que la obra avanza, va desplegando más hijos y más capas, ya no de sentido, sino de sinsentido, tan ligado a los textos del autor. Hay algo que parece arbitrario, pero en el fondo no lo es: la inquietud de los movimientos (trabajo de precisión milimétrica a cargo de Verónica Litvak), el claro decir del padre (impecable Pablo Caramelo), un cierto aire de cabaret que se parece más a un recuerdo borroso que a un cabaret, la frialdad del espacio vacío –casi un ring de box- enmarcado en simples lucecitas… Aún cuando nada de lo visual establezca relación directa con lo que se dice, forma y contenido están invisiblemente ligados, y el arco de tensión que se genera entre lo que se ve y lo que se dice es la obra en sí.

Dice el padre que uno de sus hijos “no se siente cómodo en nuestra época; como si perteneciera a nuestra familia, pero además, formara parte de otra, perdida para siempre”. Que en tiempos de performance existan propuestas que mezclen lenguajes de danza, musicales, plásticos y teatrales con una línea de trabajo rigurosa que no se desdibuje en la ambigüedad, ya es en sí una disonancia que marca un contrapunto necesario. La coherencia del trabajo está dada en la relación directa –ni obvia ni evidente- entre la atemporalidad de los textos literarios y la pieza teatral. Con cierta ironía kafkiana podría decirse que la puesta de Once hijos corre por fuera de su propio contexto. En esa desobediencia a su tiempo radica todo lo que tiene de genuino, que no es poco.

Vera Czemerinski

Autor: Franz Kafka. Dirección: Fd Ponce. Con Pablo Caramelo, Manuel Aime, Juan Pablo Antonelli, Camilo Balestra, Daniel Barbarito, Patricio Bertoli, Francisco Oliveto, Manuco Firmani, Juan Pablo Maicas, Rodrigo Martínez Frau, Marcos Elías Paterlini, Rodrigo Pedrosa, Lautaro Sosa Ruiz, Matías Tagliani. $ 220 & $ 150. Domingos 21 hs en Elkafka Espacio Teatral.

Versión Llegás online:
https://issuu.com/revista_llegas/docs/revista_lleg__s._edici__n_216.

Nuestra corresponsal insiste con ir al teatro. Esta vez, a falta de afinidad con la obra, prefirió hablar del programa. ...
21/05/2017

Nuestra corresponsal insiste con ir al teatro.
Esta vez, a falta de afinidad con la obra, prefirió hablar del programa. Nos informa que peligra su salud si entromete en las deliciosas minucias de lenguaje teatral.
http://impresionesextranjeras.blogspot.com.ar/2017/05/un-rato-con-el-programa-de-mano-de-un.html

Publicado por Vera Czemerinski marzo 25, 2016 Probar para llegar a algún lado Obtener enlace Facebook Twitter Pinterest Google+ Correo electrónico Publicar un comentario

Recomendamos esta película... ejem. Dicen que tiene algo que ver con nuestro nombre, Impresiones extranjeras, y que quié...
09/10/2016

Recomendamos esta película... ejem. Dicen que tiene algo que ver con nuestro nombre, Impresiones extranjeras, y que quién nos edita es la responsable... Vaya a competir y felicite al resto, ¿quiere?
¡Ea! -diría W.Sh.-... a los cortes!

: Te presentamos a CARTA 12, PRAGA.
🎥 ¿Cuándo y dónde lo vas a poder ver? Miércoles 19 de Octubre a partir de las 21 hs. en el Centro Cultural Córdoba.

Consultá nuestra grilla de programación y formá parte de este festival.
📢

Nuevo post en el blog. Lectura de domingo.Quién no haya pasado aún por S.Ortiz no tiene título oficial de actor.(Edición...
22/05/2016

Nuevo post en el blog. Lectura de domingo.
Quién no haya pasado aún por S.Ortiz no tiene título oficial de actor.

(Edición especial para y y el pensamiento recurrente "oh me quiero matar")

http://impresionesextranjeras.blogspot.com.ar/

Nuestra cronista estuvo yendo al teatro:"... son los mismos personajes los que se encuentran confundidos, es la misma Co...
25/03/2016

Nuestra cronista estuvo yendo al teatro:
"... son los mismos personajes los que se encuentran confundidos, es la misma Compañia Un Hueco la que tiene dudas y las comparte. Como si latiera en ellos la pregunta de cómo ocupar el espacio, como iluminarlo, cómo ser padre o madre, qué es ser artista, o qué hacer en este Buenos Aires superpoblado de obras en el que es muy difícil pero todavía parece tener sentido seguir haciendo teatro".

Reflexiones sobre Prueba y error.
Nota competa ☞ http://impresionesextranjeras.blogspot.com.ar/2016/03/probar-para-llegar-algun-lado.html

Relfexiones sobre TERRENAL.de Mauricio Kartun. En Teatro del PuebloSe ha escrito muchísimo sobre Terrenal. En lo persona...
28/02/2015

Relfexiones sobre TERRENAL.
de Mauricio Kartun. En Teatro del Pueblo

Se ha escrito muchísimo sobre Terrenal. En lo personal, la vi algo tarde respecto a su estreno, y apenas salí del Teatro del pueblo, excitada con la experiencia de haber estado ahí nomás del Tigris durante esos 90 minutos, empecé a recordar, a repensar la obra. Salir a Diagonal Norte y ya tenía ganas de hablar de ella, masticarla, desmenuzarla para ir recorriendo de a poco esa inmensa cantidad de material que Kartún compiló y amontonó tan magistralmente.

Como, entre otras actividades, trabajo de escribir reseñas y críticas, propuse a las tres revistas para las cuales colaboro hacer una nota (“aunque ya se haya dicho mucho, vale la pena seguir hablando, tiene miles de capas”). Pero en todas, sin excepción y con algo de sentido común, me dijeron que ya se había escrito bastante, y que con tanta obra dando vueltas mejor cubrir otras cosas. En un punto, es cierto… pero yo seguí ronroneando Terrenal. Así que sí, escribo, no importa si no la publican, si no la leen, si no etc... Después de salir de allí, una de las sensaciones que tuve (que me habitó casi como un recuerdo, como algo vivido hace muchos años) fue que volvía a valer la pena lo terrenal, no el terrenito al cual lo venda. Así que, casi como un acto íntimo (aunque escribir siempre lo sea) me puse a hacerla. Porque además de ser divertidísima, la obra te deja con ganas de volver a ella, de reflexionar sobre lo que trata, y -sobre todo- de la manera en que lo trata. Y justamente ésa es una de las novedades que tiene: querer seguir, tener ganas de más. No sucede tan a menudo. Es como una oportunidad, hay que aprovecharla.

La anécdota es bien conocida, el mito de Abel y Caín que en esta versión es el resultado de las mezclas alla Kartún en las que el maestro entrecruza mundos aparentemente irreconciliables, y los deja en insólito estado de convivencia y armonía. Y acá la cosa: Abel es un haragán triste y sin tiempo, Caín un trabajador corto, marcado por los días de la semana, y Tatita una suerte de “Papa-Dios” que como todo padre anda por el mundo que ha creado con sus virtudes y defectos a cuestas. Pero además de la anécdota bíblica cocinada con salsa criolla, muchas otras cosas caben en Terrenal. Referencias a la actualidad, a la política, al capitalismo, al siglo de Oro español, y hasta a la cansadoramente citada inseguridad, se van filtrando primero como detalles que parecen guiños de color, pero a medida que avanzan en la obra van conformando un cuerpo con varios niveles de lectura, generando una polisemia que –si no se estuviera ante un tipo con verdadero deseo de ser claro y coherente respecto a lo que quiere trasmitir- no sería posible plasmar sin entrar en una narración desordenada y caótica, que seguramente pretendería más que lo que agarra.

Y sin embargo, Terrenal es todo lo contrario.

Kartún se hace cargo del arduo trabajo que significa ponerle cuerpo y espacio al texto que él mismo concibió. Con un proceso de búsqueda y ensayos seguramente sin demasiado margen para la improvisación (por lo menos en lo que respecta a la palabra y el texto), su trabajo como director -en conjunto evidente con su tremendo equipo artístico- consistió en encontrar de manera minuciosa la dimensión escénica que latía en cada espacio de su texto.

Ese proceso no está dado ni es sencillo. Desde La Madonnita, estrenada en 2004, el dramaturgo ha tomado la posta respecto a montar él mismo en escena sus propias obras. Su escritura, madura desde hace rato –si no desde siempre- está plagada de metáforas y asociaciones de tan alto vuelo como accesibles al oído. Kartún imagina en direcciones identificables, personales y poéticas, que además en general tocan el nervio social, como dialogando con una inquietud colectiva que nadie como él sabe capturar y trasmitir de manera graciosa y honda a la vez: lo popular, la identidad, los mitos. Su poética pareciera tener además –no habría que temer en decirlo- mensaje, una posición tomada. Tanto en términos de contenido como respecto a la forma (su forma) de hacer teatro. Sí, sí, casi a la vieja usanza.

En cambio, su historia como director ha sido más tardía y un poco más irregular. Entre otros motivos porque sus textos son mundos construidos con una gran cuota de lirismo (criollo, canchero y local, a veces hasta completamente en verso) y, más allá de ser intrínsecamente teatrales, no son en sí fáciles de naturalizar (no en el sentido de naturalismo, claro está) o devenirlos en verosímiles, independientemente del género en que se inscriban. Muchas veces, tanto palabrerío puede resultar pesado: le habrá pasado a más de uno con más de una puesta (no sólo de Kartún, obviamente). Y ni hablar de que su sistema de trabajo es a todas luces “clásico”: el autor sentado escribiendo un texto, que luego será montado por un director de escena. Hoy, en contexto Buenos Aires, ese sistema no es más que uno de tantos, y en algunos rincones hasta está puesta en cuestión su vigencia como método válido de búsqueda teatral.

Con Terrenal, Kartún viene a reconfirmar que no es necesario figurar en el top-five de las vanguardias: el suyo es un trabajo de una llegada y actualidad enormes. Lo que hay es espíritu de trasmisión, y allí no hay negocio posible (con algo de saña podría decirse que no hay festival en puerta, ni curadores de alta gama con los que coquetear); hay expresión y comunicación. Ése parece ser el deseo central. Enormemente virtuosa como es, no se pavonea en ningún momento de sí. Partiendo de la Biblia, trayéndola al más acá, poniendo morrones e isoca (larvas) en vez de frutos de la tierra y ovejas, Terrenal tiene curiosidad, y la intención de establecer un diálogo y no un monólogo autorreferencial. Y para hacer eso no necesita bajar ni un centímetro de la altura poética que alcanza.

En la puesta puede apreciarse el crecimiento de Kartún director. Por un lado, en el trabajo con los actores. Daría la impresión que Claudio Da Passano, Claudio Martinez Bel y Claudio Rissi fueran los mismos inspiradores de las palabras que el autor les hace decir. Como un vaivén que no se sabe dónde empieza y dónde termina, texto y cuerpo caminan entrelazados, como intrínsecos el uno al otro. Kartún no crea sólo un pequeño mundo, crea algo más grande: un lenguaje, y al comenzar la obra y escuchar los primeros textos, como espectador uno supone que el proceso de adaptación a ese universo va a ser, por lo menos, arduo. Sin embargo, instantes después, la platea entra en código sin ninguna resistencia, degustando las metáforas tanto como quienes las dicen (“donde hay humo hay asado, dijo el chango corriendo el tren” dicen ésa y tantas más), entrando en su sentido, y participando del juego escénico construido -entre otros elementos- con la memoria de los viejos payasos del circo criollo, de los capocómicos de cachetada vuelta y vuelta. Los actores se ajustan a la doble necesidad de ser efectivos, y a la vez de estar disponibles emocionalmente para hacer cuerpo las incontables imágenes del texto. Y, como suma de esas partes, resultar creíbles. Un trabajo complejísimo, acrobático, que cada uno de los extraordinarios Claudios articula con singularidad propia sin traicionar nunca el idioma común.

El crecimiento de Kartún director se nota también en la duración de la obra. No porque Terrenal sea más o menos larga que sus obras anteriores, sino por cómo logró conjugar el vínculo texto/puesta sin los baches o extensiones que -más allá de su calidad- sufrieron sus obras anteriores. Es como si hubiera encontrado el timing para coordinar las distintas dosis de belleza que requiere un montaje construido con una semántica amplia y variada, y a la vez ubicado el punto en donde todo eso confluye: se ve una pieza sin fisuras, no un collage con mensajes por un lado (sobre ideologías, capitalismo, religión, idiosincrasia, identidad, negros en las marchas, etc.) y formas por otro (el proceso de trabajo, la arquitectura aristotélica del drama, la idea de teatro dentro de teatro). Terrenal tiene de todo. A vuelo de pájaro podría decirse que sólo le estaría faltando el calefón que Discépolo puso al lado de la Biblia, a la que Kartún se refiere también –al igual que el poeta- de manera bien argenta. (Con tanta habilidad, cabe suponer que -de haber querido- habría encontrado el rincón para ponerlo y que quede precioso).

En esa semántica general entra como jugador de igual peso el trabajo de Gabriela A. Fernández. Con una idea tan simple como bella, y unos teloncitos tan tristones como el propio Abel, tan raídos como ciertas zonas de la provincia de Buenos Aires (donde la acción tiene lugar), la escenógrafa y vestuarista no sólo interpreta, sino que es parte de la dirección hacia la cual la obra quiere ir. La suya es una invocación directa a la meta-teatralidad del barroco, que aparece en el texto en el momento en que la obra interpela adrede al público que, bueno, sigue ahí sentado (pero esta vez iluminado) en su butaca. Sus telones distorsionan la perspectiva, arman cuadro sobre cuadro, alterando dimensiones y distancias -ayudados por una iluminación que va cuidadosamente en la misma dirección-, y a la vez resultan funcionales a las necesidades de la puesta. Exceptuando un par de detalles de color y algunos morrones, los grises y negros del vestuario evocan a aquellos personajes que el cine mudo dio y que los tres actores –cada uno a su modo- homenajean. Martinez Bel tiene a su cargo arrancar marcando el pulso de la obra, y la misión de instalar el lenguaje como universo a recorrer, y lo hace impecablemente, haciendo a su Caín crecer en idiotez y avaricia a medida que avanza la obra. Da Passano captura como un calco el arquetipo del payaso triste (notable el detalle de maquillaje que hace que sus ojos parezcan siempre cerrados y al borde de las lágrimas), y su presencia simplemente da pena, qué mejor elogio para Abel y su intérprete que producir eso. Y Rissi, Tatita, llega último y como un tractor, cabalgando sobre su propia y enorme locura, despliega actuación en cada gesto. Su caso es el de un actor que hechiza, no hay virtud más grande, el tipo lo logra. Además, esas cejas de malo, de villano… (otra vez, el maquillaje, cuidado a la par, consciente que aporta al todo como cualquier variable).

Atrás, en lo oscuro, ruidos claros para imágenes imprecisas: de allí vienen los sonidos de remate, de clima, de anunciación. Y todavía no me detuve ni en música o el sonido, ni en quién sabe qué otras cosas…

La nota se hizo larga, pienso. Pero basta, vuelvo a Diagonal Norte, al momento en que salí de verla. Se escribió mucho sobre Terrenal, como dijeron mis editores, y es cierto. ¿Será que ya se dijo todo? Tanto fue lo dicho, que puede que en ésta, tanta cháchara, no se me haya caído ni una nueva idea. Lo que en todo caso sí se podría decir (o volver a decir, ya que seguramente se dijo siempre) es que cuando una obra es sustanciosa, lo que da son ganas (de verla, de charlar de eso, de escribir sobre ella, de repensarla, de “trascender la milanesa”, al decir del maestro K). Con eso basta. Así que, bueno, intentaré cerrar esta nota larga con el espíritu que me atravesó por un momento a la salida de la obra: de festejo, de agradecimiento, y de alegría por poder vivir, otra vez –como a veces por suerte pasa- un gran ritual.

(Acá la nota en el blogcito http://impresionesextranjeras.blogspot.com.ar/2015/02/terrenal-pequeno-misterio-acrata-abel.html)

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