15/07/2014
LA ÚLTIMA GENERACIÓN… ¿Y AHORA?
Qué difícil es escribir luego de perder una final del mundo. Qué difícil es hacerlo luego de que la gloria haya estado tan cerca, a tan solo una buena definición, a un cierre más, a otra atajada espectacular. Qué difícil es cuando uno queda segundo y se siente, equivocadamente, como “el primero de los perdedores”, como esa frase tan falaz como exitista. Qué difíciles son estas primeras horas luego del Alemania 1-0 Argentina. Muy difícil.
Los teutones lograron su objetivo tras tres Mundiales y tres Eurocopas esquivas en este siglo. Nunca abandonaron sus convicciones, los métodos que comenzaron a utilizar luego de los pasos en falso en Francia 1998 y Holanda-Bélgica 2000. Dos años después de no pasar la fase de grupos en aquella copa de Europa, llegaron a la final mundialista en Corea-Japón. Eso sí, aún conservaban a los futbolistas de la vieja tradición germana, fuertes físicamente y con el oficio de siempre. Hoy, son otra cosa, producto a lo que pensaron, a lo que soñaron ser. Hoy, tienen a Kroos, Ozil o Gotze porque eso quisieron, porque trabajaron para que así sea, porque se laburó y se invirtió en los juveniles. Hoy, ellos, Alemania, nuestra peor pesadilla, son campeones del mundo.
Argentina es tierra fértil de buenos futbolistas, de talentos que, salvo en Brasil, no se consiguen en ninguna otra parte. Pero, a diferencia de la ordenada Alemania, está pecando de no tener un trabajo de fondo que busque conseguir los resultados gracias a los recursos y no a individualidades o planteos específicos de un entrenador.
Esta Selección de Brasil es la última generación que tuvieron a José Pekerman y Hugo Tocalli en las juveniles (también estuvo Francisco Ferraro, dentro del mismo proyecto). Romero, Zabaleta, Garay, Mascherano, Biglia, Gago, Di María, Maxi Rodríguez, Agüero y Messi formaron parte de los diversos planteles que fueron campeones en los Sub 20. Además, Lavezzi estuvo en el Sudamericano de 2005 y luego no fue al campeonato del mundo de Holanda, en donde Messi comenzó a dar las primeras sonrisas con la celeste y blanca y en donde comenzamos a decir que en él, en ese diminuto pero explosivo cuerpo, se encontraba el nuevo Maradona.
Desde la ida de José Pekerman y Hugo Tocalli, las categorías menores dejaron de ser las mismas. Hasta nos hemos acostumbrados que algunas veces no clasifiquen a los Mundiales. Hoy, quien conduce el Sub 20 es Humberto Grondona, hijo de Don Julio, que pocos méritos hizo para ocupar tremendo cargo. Ya no se ven los pequeños pichones de cracks que salían de los clubes. Ahora se van rápido para ganar sus primeros dólares y muchas veces regresan sin pena ni gloria. Ya no se ven esos grandes formadores, esos cazadores de talentos y, sobre todo, los que pulen a los juveniles para llegar con buenas armas a Primera. Allí, Alemania, el campeón, nuestra peor pesadilla, nos saca años luz de diferencia.
Alejandro Sabella ha tenido un ciclo, como mínimo, muy bueno. Pudo afianzar a jugadores que habían sido cuestionados por la gente, formó un grupo sólido con cero discordias e hizo que en la Selección sólo se hablara de fútbol. Atrás ya quedaron las conferencias escandalosas de Maradona y el paso en falso de la era Batista. Además, Sabella logró demostrar que el desequilibrio defensivo era producto de la falta de colaboración de los atacantes y, cuando se dio exactamente lo contrario, fue debido a que los de arriba no estaban en su plenitud física y mental.
No tengo dudas que el planteo que realizó desde octavos en adelante hubiera sido mucho más efectivo y vistoso si Messi, Di María, Higuaín y Agüero estaban al 100%. Pero los Mundiales son así. Son un mes, un momento, una decisión. Y Argentina, a pesar de los inconvenientes, estuvo a una buena definición de traerse la copa a su casa. Ahora bien, pensando a futuro… ¿Estamos a sólo una buena definición de ser los mejores del mundo o nuestras estructuras de campeonatos profesionales y, sobre todo, de formación de juveniles están mucho más lejos que un simple gol errado? Deberíamos pensar más allá. Deberíamos pensar en un proyecto mucho más allá de nombres. Deberíamos comenzar a forjar una identidad. Deberíamos decirle basta al nefasto de Grondona.