09/06/2026
LA ÚLTIMA VISITA DE PAPÁ
Hacía más de un año que no hablaba con mi padre.
Una discusión tonta nos había separado.
De esas peleas que parecen pequeñas al principio, pero que con el tiempo se vuelven un muro imposible de cruzar.
Aquella noche me quedé dormido en el sofá mirando televisión.
De pronto, un golpe me despertó.
El cuadro de mi padre había caído al suelo.
Me levanté sobresaltado para recogerlo.
Y entonces lo vi.
Estaba sentado en el sofá de enfrente.
Tranquilo.
Como si nada hubiera pasado.
—Papá... ¿cómo entraste?
Sonrió.
—Todavía tenía una copia de la llave.
Me reí.
Era una respuesta tan propia de él que ni siquiera la cuestioné.
Pasamos horas hablando.
Recordamos momentos de mi infancia.
Nos reímos de viejas anécdotas.
Y también hablamos de aquello que nos había separado.
Por primera vez en mucho tiempo, ninguno tenía orgullo.
Ninguno tenía ganas de ganar una discusión.
Solo queríamos recuperar el tiempo perdido.
Antes de irse, mi padre me abrazó.
Y aunque algo en aquel abrazo se sentía diferente, no le di importancia.
—Nunca olvides que te quiero, hijo.
—Yo también te quiero, papá.
Él sonrió.
Y se marchó.
Aquella noche me fui a dormir en paz.
Como no me sentía desde hacía años.
Pero a la mañana siguiente sonó el teléfono.
Era mi madre.
Lloraba.
Entre lágrimas me contó que mi padre había sufrido un infarto durante la madrugada.
Me quedé en silencio.
Miré el sofá donde habíamos estado conversando.
Y comprendí la verdad.
Mi padre no había venido porque tuviera una llave.
Había venido porque no quería marcharse sin despedirse.
Y desde entonces, cada vez que veo aquel cuadro colgado en la pared, recuerdo la última noche que pasamos juntos.
La noche en que mi padre volvió una última vez para decirme cuánto me quería.