27/05/2026
Cuando explico mi proceso de evaluación a las familias, muchas veces utilizo la metáfora de un embudo.
Al principio aparecen muchas “bolitas”.
Cada bolita representa algo que observamos:
dificultades en el lenguaje,
berrinches,
problemas de atención,
conductas repetitivas,
dificultades en el juego,
regulación emocional,
comprensión, entre otras.
Cuando una familia llega a consulta, todas esas bolitas parecen tener el mismo peso.
Pero la realidad es que no todas cuentan la misma historia.
Algunas conductas pueden estar presentes en distintos diagnósticos.
Otras son consecuencia de una dificultad más profunda.
Y otras aparecen simplemente porque el niño aún no cuenta con las herramientas necesarias para afrontar determinadas situaciones.
Por eso no me apresuro a sacar conclusiones.
A medida que observo, evalúo y acompaño al niño, esas bolitas comienzan a moverse.
Algunas se hacen más pequeñas.
Otras desaparecen.
Algunas dejan de ser relevantes.
Y otras empiezan a mostrarnos información muy importante sobre cómo se organiza su desarrollo.
El objetivo no es solamente llegar a un diagnóstico.
También es comprender el perfil único de ese niño.
Porque dos niños pueden compartir un mismo diagnóstico y, sin embargo, tener necesidades completamente diferentes.
Al final del recorrido, las bolitas que permanecen nos ayudan a comprender con mayor claridad su trayectoria del desarrollo, sus fortalezas, sus desafíos y los apoyos que realmente necesita.
Por eso suelo decir que no evalúo únicamente diagnósticos.
Intento comprender trayectorias del desarrollo.
Desarrollé este concepto en un material donde explico en profundidad cómo entiendo las trayectorias del desarrollo, el perfil individual de cada niño y el rol de la intervención en este proceso.
Si te interesa recibir información cuando esté disponible, escribí EMBUDO en los comentarios.