31/08/2026
Vivimos en una época donde muchos creyentes se fascinan con sueños, visiones y supuestas experiencias sobrenaturales.
Algunos aseguran haber visitado el cielo o el in****no, haber recibido mensajes secretos de Dios o haber visto cosas que nadie más puede conocer.
Pero resulta paradójico que quienes buscan desesperadamente una nueva revelación muchas veces ni siquiera tienen el hábito de estudiar con seriedad la revelación que Dios ya nos entregó.
La Escritura no nos presenta una fe basada en perseguir experiencias extraordinarias, sino en conocer, creer y obedecer la Palabra de Dios. Jesús dijo: «Si me amáis, guardad mis mandamientos» (Jn. 14:15). Y el salmista declaró: «Lámpara es a mis pies tu palabra, y lumbrera a mi camino» (Sal. 119:105). La necesidad del creyente no es escuchar constantemente algo nuevo, sino aprender a vivir fielmente conforme a lo que Dios ya ha dicho.
Pedro incluso nos dirige hacia «la palabra profética más segura» (2 P. 1:19), y Pablo afirma que toda la Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, redargüir, corregir e instruir en justicia (2 Ti. 3:16-17). ¿Para qué obsesionarnos con revelaciones extraordinarias mientras descuidamos la Biblia que tenemos abierta delante de nosotros?
Antes de decir «Dios me mostró», deberíamos preguntarnos: ¿Estoy obedeciendo lo que Dios ya me dijo? Antes de buscar otra experiencia, deberíamos meditar profundamente en su Palabra.
Porque el problema de muchos no es la falta de revelación; es la falta de obediencia. No necesitas una nueva revelación. Necesitas obedecer la que ya tienes.