10/11/2025
Mira, querido diario hoy aprendi … que si te mandan a la chingada… tú vete, pero vete sin tanto drama.
No andes llorando con el rimel hasta las rodillas ni haciendo maletas de dignidad, no.
Agarra tus ganas, tus canas y tus demonios, y lárgate con todo el glamour que una mujer libre puede cargar en un solo suspiro.
Y sí, allá, en la chingada, no hay necesidad de andar peinada ni con tacones.
Vas con tu cara lavada, el cabello revuelto y un suéter medio roto,
porque allá nadie te va a juzgar, todos andan igual: despeinados y curándose el alma.
Llegando, te sirves un mezcal (o dos, por si acaso),
te sientas con tus demonios —que a estas alturas ya son casi tus compadres—
y les dices: “Pues ni modo, muchachos, aquí nos tocó sanar”.
Luego te sirves un chocolate con pan, porque el azúcar cura mejor que el despecho.
Y mírame bien: no hay que tenerle miedo a la chingada.
Es el mejor spa emocional que existe.
Allá te limpias las lágrimas, te planchas el corazón y te pintas una sonrisa nueva sin filtro.
Y cuando te veas al espejo, vas a decir:
“¡Ah caray, si hasta la piel se me ve más luminosa desde que me mandaron por aquí!”
Porque allá una se vuelve más honesta, más libre, más canija.
Te da por reírte sola, por bailar en bata, por poner la música que te gusta y no la que le gustaba al otro.
Te da por dormir sin brasier, por comer pan en la noche y por mandar al carajo los “qué dirán”.
Así que sí, si te mandan a la chingada, vete…
pero vete bonita, riéndote, con el alma encuerada y el corazón sin culpa.
Porque allá no se sufre, se florece.
Y cuando regreses —porque una siempre regresa distinta—,
vas a venir más sabia, más libre y con un brillo que ni el mejor filtro de Instagram te da.
Porque,aunque suene feo…
a veces, la chingada es el mejor destino turístico para el amor propio.