19/10/2025
Más historias en el “Día de la Madre”: Graciela Rozas (Crespo), docente jubilada, escritora y misionera de LAPEN
Este domingo se celebra el “Día de la Madre”. Como cada año, en El Observador homenajeamos a las mamás entrerrianas. En esta oportunidad dialogamos con Graciela Rozas, docente jubilada y escritora de Crespo, misionera de LAPEN, Liga Argentina Pro Evangelización del Niño.
“Tengo 66 años, estoy casada con Tommy Florit (65). Nuestros hijos son Jonatán (40), Natanael (37), Celeste (33) y Yazmín (29), quienes han formado sus familias y nos han dado hasta el momento, los siguientes nietos: Elías (11), Simón (9), Emilia (6), Lilén (5) e Ismael (2)… Vivimos en una época en que las mujeres, por fin, tenemos puertas abiertas para desarrollarnos en muchos campos y eso es muy bueno. Pero no dejemos nunca de valorar que lo más trascendente a lo que podemos dedicarnos, es a las vidas de quienes nos continúan. Los logros profesionales o materiales pasarán y se olvidarán; lo sembrado en hijos y nietos perdurará y dará frutos. No permitamos que la ola actual de desvalorización y destrucción de la familia nos pase por encima. Dios nos creó para habitar en familia”.
De sus embarazos recuerda: “Gracias a Dios, los llegados a término, transcurrieron sin problemas. El primer médico que me atendió me dijo: “Señora, recuerde que el embarazo es un estado de salud, no de enfermedad”. Y así los disfruté. Sin embargo, tuve 2, que tristemente, no llegaron a término. Si puedo elegir alguna anécdota, sería la del nacimiento de mi primer hijo. Tenía 25 años, vivíamos y trabajábamos en esos años en una escuela albergue rural, en medio de la cordillera y frente al bello lago Aluminé. Un paraíso patagónico, en ese tiempo, alejado de todo. Nuestros vecinos más próximos eran los pobladores mapuches y encontrar un médico en invierno, cruzando montañas cubiertas de nieve, significaba recorrer 60 km. en camioneta hasta un simple puesto de salud en el pueblo o 220 km. para encontrar un sanatorio en Zapala, la ciudad donde me atendería para el alumbramiento. Planeábamos viajar y esperar allí desde principios de julio, ya que la fecha anunciada era el 5 de ese mes. Pero el 23 de junio, usando nuestra camioneta para llevar paisanos a sus casas, la misma se averió. Quedaba disponible en la escuela sólo un vehículo más, capaz de cruzar los riesgosos caminos, pero el dueño tenía comprometido un viaje para el día siguiente… es decir, nos quedaríamos sin posibilidad de salir del paraje por algunos días. Así que, antes de dormir, hicimos confiados la siguiente oración: “Señor, si tiene que pasar algo, que pase antes de la madrugada”. A las 5 de la mañana desperté sintiendo algo extraño: ¡Había roto bolsa! Suspendido el planeado viaje, improvisaron una camilla en la caja de la camioneta, mi esposo preparó un botiquín de emergencias y partimos. Cuando paramos a cargar combustible en Aluminé (pequeño pueblo en esa época), ¡nos encontramos con la estación de servicio cerrada por paro! Pero se sabe que en un lugar así, siempre hay una mano gaucha para sacarte de apuros… en este caso fue la estación de Vialidad. Y sin más incidentes, llegamos cerca del mediodía a Zapala, habiendo tenido nuestro bebé la gentileza de esperar para asomarse, hasta que yo estuviera instalada en una sala de partos. Esta historia, con más detalles y emociones, la relato en un capítulo de mi libro ‘Mujeres en el telar del tiempo’”.
Sobre lo más importante en la vida para una mamá, reflexionó con otra anécdota: “Cuando teníamos solamente a los dos varones pequeños, iba un día por las calles en Santa Fe, a hacer compras en una panadería. Como suelo hacer, iba cantándoles una canción, no recuerdo cuál, pero sí que les hablaba acerca de Dios. El panadero, parado en la puerta, me dijo cuando llegué: “Señora, esas son las cosas eternas”. Pensé que me hablaba del mensaje de la canción y le contesté algo referente al Evangelio. Pero él me aclaró: “Sí, es cierto que esa es una verdad eterna… pero yo me refería a lo que usted está haciendo con sus hijos: les está cantando. Eso les quedará a ellos como algo eterno”. Creo que en su observación hubo una gran sabiduría. Las huellas más valiosas que podemos dejar en nuestros hijos, no serán marcadas por lo que les hayamos podido comprar o pagar, serán dejadas por tranquilos paseos por un parque, por canciones o juegos compartidos, por los cuentos leídos antes de dormir, por una noche de campamento alrededor de una fogata… y en mi experiencia, por muchas oraciones a su favor derramadas ante el trono de Dios…”.
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