15/03/2026
EL “QUÉ DIRÁN” COMO FORMA DE CONTROL SOCIAL
El filósofo social Jon Elster suele recurrir a la obra Antología de Spoon River de Edgar Lee Masters para explicar cómo funcionan las normas sociales en comunidades pequeñas.
En esos pueblos, no hace falta policía ni leyes estrictas:
🔴 todos observan
🔵 todos comentan
⚫ nadie es realmente anónimo.
El poema “Man of Our Street” retrata a un hombre cuya vida entera es narrada por sus vecinos: su ropa, sus hábitos, su dinero, su enfermedad… incluso su muerte. Su identidad pública no la define él, sino el murmullo colectivo.
Para Elster, este es un ejemplo clásico de control social informal:
el miedo a la vergüenza y a la mala reputación disciplina la conducta más que cualquier castigo legal.
Paradójicamente, este mecanismo no pertenece solo al pasado rural. Hoy revive —y se amplifica— en las redes sociales.
“MAN OF OUR STREET”
> This Man’s life had four stages as I hear.
The first stage took him through the days of school
And fastened on his name a prophecy
That he would win success. The second stage
Took him to thirty years while he was fumbling
The strings to find the key and play in key.
The third stage marked discouragement, departure
To speculations and to reconcilement
That he was born no lawyer. And the fourth
Was one of quietude and trivial days.
I knew him in this fourth stage as a man
Emerging from a house across the street
On Sunday mornings in silk hat, long coat
And bamboo cane. When summer came he donned
A flannel suit of gray, a panama
And gloves of tan. When winter came he wore
A double-breasted coat with lamb’s fur collar.
He had no friends, so far as one could see,
No membership in clubs, was never seen
Where men meet, or society is gathered.
Sometimes he stopped to tell a passer-by
The day is fine, it’s very fine, you’re right,
In voice complaisant. The neighbors knew
He lived upon a little purse he made
In compromise of some preposterous wrong.
And people wondered how the purse was lasting,
And wondered how much longer he could loaf,
How many seasons more he could appear
So seasonably attired and walk the streets
In such velleity, with such vacuous light
Grown steady in his eyes.
I love to watch
The chickens in a barn-yard. Nothing else
Is quite so near the human brood. You’ll see
Invariably a rooster stalk about
In aimless fashion, moving here and there,
Picking at times with dull inappetence
At grains or grit, or standing for a time
In listless revery. I never saw
A man with such resemblance to this rooster
As this man was.
At last we had not seen
Our man upon the street for several days.
And some one said he had been very ill.
His wife had fears and wept and said ’twas hard
Just on the eve of great success to die.
He had thought out a plan, she said, to win
Great trade in South America for us.
Our State Department thought it excellent.
And then one day four doctors passed his door
For consultation, and the word went round
Our man rebelled most piteously and said
He could not die until he had worked out
His dream of South America. He knew
His danger, had the doctors called to check
The inroads of the peril, though the purse
Was growing slim, as we discovered later.
One noon-time as I came along the street
Where twenty children laughed and followed me,
Half playing at their game, half following
My banterings and idle talk, and asking
About the bundle underneath my arm.
“It’s nothing but a chicken, go away,”
I said to them.
And there across the street
Was crape upon the door — our man was dead,
And I was carrying chicken home to boil.
📜 “El hombre de nuestra calle”
La vida de este hombre tuvo cuatro etapas, según oigo.
La primera lo llevó por los días de escuela
y fijó sobre su nombre una profecía:
que alcanzaría el éxito. La segunda
lo condujo hasta los treinta años, mientras tanteaba
las cuerdas para hallar la clave y tocar afinado.
La tercera marcó el desaliento, el abandono
de especulaciones y la resignación
de que no había nacido para abogado. Y la cuarta
fue de quietud y días triviales.
Lo conocí en esa cuarta etapa como un hombre
que salía de una casa frente a la mía
los domingos por la mañana, con sombrero de copa,
abrigo largo y bastón de bambú. Cuando llegaba el verano
se vestía con un traje de franela gris, un panamá
y guantes color canela. Cuando llegaba el invierno
llevaba un abrigo cruzado con cuello de piel de cordero.
No tenía amigos, por lo que se podía ver,
no pertenecía a ningún club, nunca se lo veía
donde los hombres se reúnen o la sociedad se congrega.
A veces se detenía para decir a un transeúnte:
«Hace buen día, muy buen día, tiene usted razón»,
con voz complaciente. Los vecinos sabían
que vivía de una pequeña renta obtenida
como arreglo por algún agravio absurdo.
Y la gente se preguntaba cuánto duraría ese dinero,
cuánto tiempo más podría holgazanear,
cuántas estaciones más podría aparecer
tan adecuadamente vestido y caminar por las calles
con tal indecisión, con esa vacía claridad
ya fija en sus ojos.
Me gusta observar
las gallinas en un corral. Nada se parece tanto
a la especie humana. Verán invariablemente
a un gallo pasearse
sin rumbo, de aquí para allá,
picoteando a veces con torpe desgano
granos o piedritas, o quedándose un rato
en una ensoñación apática. Nunca vi
a un hombre que se pareciera tanto a ese gallo
como este hombre.
Al final dejamos de ver
a nuestro hombre por la calle durante varios días.
Y alguien dijo que estaba muy enfermo.
Su esposa temía lo peor y lloraba, diciendo que era duro
morir justo en vísperas de un gran éxito.
Había ideado —decía ella— un plan para conseguir
un gran comercio con Sudamérica para nosotros.
Nuestro Departamento de Estado lo consideraba excelente.
Y un día pasaron cuatro médicos por su puerta
para consultarse, y corrió la voz
de que nuestro hombre protestaba lastimosamente
y decía que no podía morir hasta haber realizado
su sueño sudamericano. Sabía su peligro,
había llamado a los médicos para contenerlo,
aunque el dinero se iba agotando, como supimos después.
Un mediodía, al avanzar por la calle
donde veinte niños reían y me seguían,
medio jugando a su juego, medio siguiendo
mis bromas y charla ociosa, y preguntando
por el paquete que llevaba bajo el brazo,
«No es más que un pollo, váyanse»,
les dije.
Y allí, al otro lado de la calle,
había crespón negro en la puerta: nuestro hombre había mu**to,
y yo llevaba un pollo a casa para hervir.
📚 Gracias al profesor Raúl Rodríguez por habernos permitido conocer esta obra en su materia Teoría e Historia de la Ciencia.