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San Juan Pablo IIPapaCelebrado el 22 de OctubreElogio: Memoria litúrgica de san Juan Pablo II, papa, que en Roma gobernó...
21/10/2025

San Juan Pablo II
Papa
Celebrado el 22 de Octubre

Elogio: Memoria litúrgica de san Juan Pablo II, papa, que en Roma gobernó a la Iglesia por veintisiete años, llevando su presencia misionera a todos los puntos de la tierra, alimentando la doctrina con abundantes y esclarecidos documentos, y convocando a todos los hombres de nuestra época a abrir sus puertas al Redentor. Murió piadosamente en Roma, el 2 de abril del 2005, vigilia del Domingo II de Pascua, o de la Divina Misericordia.
Oración: Oh Dios, rico en misericordia, que has querido que san Juan Pablo II, papa, guiara toda tu Iglesia, te pedimos que, instruidos por sus enseñanzas, nos concedas abrir confiadamente nuestros corazones a la gracia salvadora de Cristo, único redentor del hombre. Él, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo. Amén (oración litúrgica).

Karol Józef Wojtyla, conocido como Juan Pablo II desde su elección al papado en octubre de 1978, nació en Wadowice, una pequeña ciudad a 50 kms. de Cracovia, el 18 de mayo de 1920. Era el más pequeño de los tres hijos de Karol Wojtyla y Emilia Kaczorowska. Su madre falleció en 1929. Su hermano mayor Edmund (médico) murió en 1932 y su padre (suboficial del ejército) en 1941. Su hermana Olga murió antes de que naciera él. Fue bautizado por el sacerdote Franciszek Zak el 20 de junio de 1920 en la Iglesia parroquial de Wadowice; a los 9 años hizo la Primera Comunión, y a los 18 recibió la Confirmación. Terminados los estudios de enseñanza media en la escuela Marcin Wadowita de Wadowice, se matriculó en 1938 en la Universidad Jagellónica de Cracovia y en una escuela de teatro.

Cuando las fuerzas de ocupación n**i cerraron la Universidad, en 1939, el joven Karol tuvo que trabajar en una cantera y luego en una fábrica química (Solvay), para ganarse la vida y evitar la deportación a Alemania. A partir de 1942, al sentir la vocación al sacerdocio, siguió las clases de formación del seminario clandestino de Cracovia, dirigido por el Arzobispo de Cracovia, Cardenal Adam Stefan Sapieha. Al mismo tiempo, fue uno de los promotores del «Teatro Rapsódico», también clandestino. Tras la segunda guerra mundial, continuó sus estudios en el seminario mayor de Cracovia, nuevamente abierto, y en la Facultad de Teología de la Universidad Jagellónica, hasta su ordenación sacerdotal en Cracovia el 1 de noviembre de 1946 de manos del Arzobispo Sapieha.

Seguidamente fue enviado a Roma, donde, bajo la dirección del dominico francés Garrigou-Lagrange, se doctoró en 1948 en teología, con una tesis sobre el tema de la fe en las obras de San Juan de la Cruz (Doctrina de fide apud Sanctum Ioannem a Cruce). En aquel período aprovechó sus vacaciones para ejercer el ministerio pastoral entre los emigrantes polacos de Francia, Bélgica y Holanda. En 1948 volvió a Polonia, y fue vicario en diversas parroquias de Cracovia y capellán de los universitarios hasta 1951, cuando reanudó sus estudios filosóficos y teológicos. En 1953 presentó en la Universidad Católica de Lublin una tesis titulada «Valoración de la posibilidad de fundar una ética católica sobre la base del sistema ético de Max Scheler». Después pasó a ser profesor de Teología Moral y Etica Social en el seminario mayor de Cracovia y en la facultad de Teología de Lublin.

El 4 de julio de 1958 fue nombrado por Pío XII Obispo titular de Olmi y Auxiliar de Cracovia. Recibió la ordenación episcopal el 28 de septiembre de 1958 en la catedral del Wawel (Cracovia), de manos del Arzobispo Eugeniusz Baziak. El 13 de enero de 1964 fue nombrado Arzobispo de Cracovia por Pablo VI, quien le hizo cardenal el 26 de junio de 1967, con el título de San Cesareo en Palatio, Diaconía elevada pro illa vice a título presbiteral. Además de participar en el Concilio Vaticano II (1962-1965), con una contribución importante en la elaboración de la constitución Gaudium et spes, el Cardenal Wojtyla tomó parte en las cinco asambleas del Sínodo de los Obispos anteriores a su pontificado.

Los cardenales reunidos en Cónclave le eligieron Papa el 16 de octubre de 1978. Tomó el nombre de Juan Pablo II y el 22 de octubre comenzó solemnemente su ministerio petrino como 263 sucesor del Apóstol Pedro. Su pontificado ha sido uno de los más largos de la historia de la Iglesia y ha durado casi 27 años. Juan Pablo II ejerció su ministerio petrino con incansable espíritu misionero, dedicando todas sus energías, movido por la «sollicitudo omnium Ecclesiarum» (solicitud por todas las iglesias) y por la caridad abierta a toda la humanidad. Realizó 104 viajes apostólicos fuera de Italia, y 146 por el interior de este país. Además, como Obispo de Roma, visitó 317 de las 333 parroquias romanas.

Más que todos sus predecesores se encontró con el pueblo de Dios y con los responsables de las naciones: más de 17.600.000 peregrinos participaron en las 1166 Audiencias Generales que se celebran los miércoles. Ese numero no incluye las otras audiencias especiales y las ceremonias religiosas [más de 8 millones de peregrinos durante el Gran Jubileo del año 2000] y los millones de fieles que el Papa encontró durante las visitas pastorales efectuadas en Italia y en el resto del mundo. Hay que recordar también las numerosas personalidades de gobierno con las que se entrevistó durante las 38 visitas oficiales y las 738 audiencias o encuentros con jefes de Estado y 246 audiencias y encuentros con Primeros Ministros.

Su amor a los jóvenes le impulsó a iniciar en 1985 las Jornadas Mundiales de la Juventud. En las 19 ediciones de la JMJ celebradas a lo largo de su pontificado se reunieron millones de jóvenes de todo el mundo. Además, su atención hacia la familia se puso de manifiesto con los encuentros mundiales de las familias, inaugurados por él en 1994. Juan Pablo II promovió el diálogo con los judíos y con los representantes de las demás religiones, convocándolos en varias ocasiones a encuentros de oración por la paz, especialmente en Asís.

Bajo su guía, la Iglesia se acercó al tercer milenio y celebró el Gran Jubileo del año 2000, según las líneas indicadas por él en la carta apostólica Tertio millennio adveniente; y se asomó después a la nueva época, recibiendo sus indicaciones en la carta apostólica Novo millennio ineunte, en la que mostraba a los fieles el camino del tiempo futuro. Con el Año de la Redención, el Año Mariano y el Año de la Eucaristía, promovió la renovación espiritual de la Iglesia. Realizó numerosas canonizaciones y beatificaciones para mostrar innumerables ejemplos de santidad de hoy, que sirvieran de estímulo a los hombres de nuestro tiempo: celebró 147 ceremonias de beatificación -en las que proclamó 1338 beatos- y 51 canonizaciones, con un total de 482 santos. Proclamó a santa Teresa del Niño Jesús Doctora de la Iglesia. Amplió notablemente el Colegio cardenalicio, creando 231 cardenales (más uno "in pectore", cuyo nombre no se hizo público antes de su muerte) en 9 consistorios. Además, convocó 6 reuniones plenarias del colegio cardenalicio. Presidió 15 Asambleas del Sínodo de los obispos: 6 generales ordinarias (1980, 1983, 1987, 1990, 1994 y 2001), 1 general extraordinaria (1985) y 8 especiales (1980, 1991, 1994, 1995, 1997, 1998 (2) y 1999).

Entre sus documentos principales se incluyen: 14 Encíclicas, 15 Exhortaciones apostólicas, 11 Constituciones apostólicas y 45 Cartas apostólicas. Promulgó el Catecismo de la Iglesia Católica, a la luz de la Revelación, autorizadamente interpretada por el Concilio Vaticano II. Reformó el Código de Derecho Canónico y el Código de Cánones de las Iglesias Orientales; y reorganizó la Curia Romana. Publicó también cinco libros como doctor privado: «Cruzando el umbral de la esperanza» (octubre de 1994); «Don y misterio: en el quincuagésimo aniversario de mi ordenación sacerdotal» (noviembre de 1996); «Tríptico romano - Meditaciones»: «libro de poesías» (marzo de 2003); «¡Levantaos! ¡Vamos!» (mayo de 2004) y «Memoria e identidad» (febrero de 2005).

Juan Pablo II falleció el 2 de abril de 2005, a las 21.37, mientras concluía el sábado, y ya habíamos entrado en la octava de Pascua y domingo de la Misericordia Divina. Desde aquella noche hasta el 8 de abril, día en que se celebraron las exequias del difunto pontífice, más de tres millones de peregrinos rindieron homenaje a Juan Pablo II, haciendo incluso 24 horas de cola para poder acceder a la basílica de San Pedro. El 28 de abril, el Santo Padre Benedicto XVI dispensó del tiempo de cinco años de espera tras la muerte para iniciar la causa de beatificación y canonización de Juan Pablo II. La causa la abrió oficialmente el cardenal Camillo Ruini, vicario general para la diócesis de Roma, el 28 de junio de 2005, fue beatificado el 1 de mayo de 2011, y canonizado por el papa Francisco el 27 de abril de 2014, en una ceremonia conjunta con la canonización de san Juan XXIII.

Apuntes biográficos tomados del sitio del Vaticano, donde hay además dos detalladas cronologías: una de antes del pontificado y otra del propio pontificado. Puede leerse aquí la homilía de SS Benedicto XVI en la misa de beatificación. Se puede acceder desde la Biblioteca a los documentos de Juan Pablo II.

fuente: Vaticano

San Marcos de JerusalénObispoCelebrado el 22 de OctubreElogio: Conmemoración de san Marcos, obispo de Jerusalén, que fue...
21/10/2025

San Marcos de Jerusalén
Obispo
Celebrado el 22 de Octubre

Elogio: Conmemoración de san Marcos, obispo de Jerusalén, que fue el primer obispo procedente de los gentiles que ocupó la sede de la Iglesia de la Ciudad Santa, y trabajó con fe y celo por reunir a sus fieles dispersados por la guerra.
refieren a este santo: San Narciso de Jerusalén

Todo lo que se puede afirmar sobre este santo está contenido en el elogio del Martirologio Romano, que prácticamente reproduce la línea que le dedica Eusebio en su Historia Eclesiástica IV,6,4. El contexto histórico es la guerra judía en tiempos de Adriano, hacia el 130 de nuestra era, que lleva al emperador a expulsar por completo a los judíos de Jerusalén, y, vaciada la ciudad, repoblarla con gentiles, y con el nuevo nombre de Elia (se discute si Elia es la misma ciudad de Jerusalén o una nueva fundación, pero en todo caso reemplaza a Jerusalén), nombre que conservó por siglos.

Los cristianos, que hasta ese momento habían mantenido la sucesión apostólica por línea de judeocristianos (los «parientes del Señor» habían tenido prioridad en esa sucesión, según las listas que maneja Eusebio), debieron también elegir por primera vez un gentil, quizás por obligación, quizás simplemente porque las nuevas circunstancias lo aconsejaban. Según esos mismos listados que Eusebio conoció, Marcos fue el decimosexto obispo de Jerusalén.



Abel Della Costa

San Abercio de HierópolisObispoCelebrado el 22 de OctubreElogio: En Hierópolis, ciudad de Frigia, san Abercio, obispo, d...
21/10/2025

San Abercio de Hierópolis
Obispo
Celebrado el 22 de Octubre

Elogio: En Hierópolis, ciudad de Frigia, san Abercio, obispo, discípulo de Cristo, buen Pastor, del cual se cuenta que peregrinó por diversas regiones anunciando la fe, siendo alimentado con un místico manjar.

En el siglo II, vivía en la Frigia Salutaris cierto Abercio Marcelo, que era obispo de Hierópolis. A los setenta y dos años de edad, hizo una peregrinación a Roma y al regreso, pasó por Siria, por Mesopotamia y visitó Nísibis. En todas partes encontró cristianos fervorosos, que habían sido purificados por el bautismo y se nutrían del Cuerpo y la Sangre de Cristo. Cuando volvió a Frigia, se construyó un sepulcro en el que mandó colocar una inscripción en la que se relataba con términos simbólicos e ininteligibles para los no cristianos, el viaje que había hecho a Roma para «contemplar la majestad» del Pastor universal y omnividente (es decir, de Cristo).

Un hagiógrafo griego, interpretando esa inscripción a su modo, escribió una «biografía» de san Abercio. Según esa ingeniosa narración, el santo obispo convirtió con su predicación y milagros a tantas personas, que se le dio el título de «equiapostolico» (igual de los Apóstoles). Su fama llegó a oídos del emperador Marco Aurelio, quien le mandó llamar a Roma, pues su hija Lucila estaba endemoniada (de esa forma, la simbólica «reina vestida de oro», mencionada en el epitafio se convierte en la hija del emperador). San Abercio exorcizó con éxito a la joven y ordenó al demonio que trasportase desde el hipódromo romano hasta su ciudad episcopal la piedra de un altar, para emplearla en la construcción de su sepulcro. El autor de la biografía tomó algunos episodios de la vida de otros santos y presentó en el apéndice de su obra el original de la inscripción de Abercio.

Con el tiempo la inscripción en piedra cayó en el olvido, y los historiadores consideraban el contenido de la inscripción -sólo conocido por la «biografía», con la misma desconfianza que a la biografía de la que formaba parte, hasta que en 1822, el arqueólogo inglés W. M. Ramsey descubrió en Kelendres, cerca de Simula, una inscripción fechada el año 216. Era el epitafio de un tal Alejandro, Hijo de Antonio; pero los primeros y los últimos versos eran prácticamente una transcripción de los de la inscripción de Abercio. El año siguiente, Ramsey descubrió en los muros de las termas de Hierópolis otros fragmentos que completaban casi en su totalidad la parte del epitafio de Abercio que faltaba en la primera piedra, y que se podía cotejar gracias a la transcripción del biógrafo. Con esas dos inscripciones y al texto de la biografía de san Abercio, se consiguió completar una inscripción de gran valor, ya que refleja el lenguaje y las creencias cristianas de tan temprana época. Sin embargo, no todos los historiadores admitían que Abercio fuese cristiano, ya que el lenguaje que utiliza, como se verá, es muy simbólico y oscuro; interpretando los símbolos de la inscripción en forma muy subjetiva, algunos llegaban a decir que había sido un sacerdote de Cibeles o de otro culto sincretista. Finalmente, al cabo de innumerables investigaciones, se llegó a la conclusión de que el Abercio de la inscripción había sido realmente un obispo cristiano. El nombre de Abercio figura en la liturgia griega desde el siglo X; también se halla en el Martirologio Romano actual, aunque por mucho tiempo se lo tuvo por obispo de Hierápolis (sede de san Papías) en vez de Hierópolis, que es la correcta. Este último error procede de la biografía griega arriba mencionada.

Éste es el texto del epitafio, y no es menor memoria del santo leerlo precisamente en su día. Téngase presente que dos símbolos cristianos que ahora son importantes pero accesorios al símbolo central de la cruz, eran, sin embargo, dos elementos muchísimo más difundidos en los primeros siglos: la imagen de Jesús como Buen Pastor, y la palabra «pez» para referirse a Cristo o a nuestra fe, que en griego es un anagrama del anuncio cristiano; efectivamente en griego pez, ichthys, contiene el anagrama de Iesoús CHristós THeoú Yiós Soter (Jesús, el Cristo, el Hijo de Dios, el Salvador):

Yo, ciudadano de una ciudad distinguida, hice este monumento
en vida, para tener aquí a tiempo un lugar para mi cuerpo.
Me llamo Abercio, soy discípulo del pastor casto
que apacienta sus rebaños de ovejas por montes y campos,
que tiene los ojos grandes que miran a todas partes.
Este es, pues, el que me enseñó... escrituras fieles.
El que me envió a Roma a contemplar la majestad soberana
y a ver a una reina de áurea veste y sandalias de oro.
Allí vi a un pueblo que tenía un sello resplandeciente.
Y vi la llanura de Siria y todas las ciudades, y Nísibe
después de atravesar el Eufrates; en todas partes hallé colegas,
teniendo por compañero a Pablo, en todas partes me guiaba la fe
y en todas partes me servía en comida el pez del manantial,
muy grande, puro, que cogía una virgen casta
y lo daba siempre a comer a los amigos,
teniendo un vino delicioso y dando mezcla de vino y agua con pan.
Yo, Abercio, estando presente, dicté estas cosas para que aquí se escribiesen,
a los setenta y dos años de edad.
Quien entienda estas cosas y sienta de la misma manera, ruegue por Abercio.
Nadie ponga otro túmulo sobre el mío.
De lo contrario pagará dos mil monedas de oro al tesoro romano
y mil a mi querida patria Hierópolis.

Existe una literatura muy abundante acerca de las inscripciones descubiertas por Ramsey en Hierópolis, que dicho arqueólogo regaló al Museo de Letrán. Pero las discusiones han añadido muy poco a la interpretación del obispo anglicano Linghfoot, quien analizó la inscripción con seguro instinto de arqueólogo en Ignatius and Polycarp, vol. I (1885). En la Catholic Encyclopedia, Vol 1, s.v. «Abercius, inscription of», H. Lecrercq publicó un análisis del texto, presentando el griego original, y separando lo que proviene de las lápidas de lo que fue reconstruido con ayuda de la biografía mencionada, así como una traducción al inglés. Por lo que se refiere a la vida de Abercio, T. Nissen hizo una edición crítica de las dos biografías griegas más antiguas, en S. Abercii Vita (1912); aunque los textos carecen de valor histórico, contienen ciertos datos geográficos de importancia, así como algunas citas muy curiosas de Bardesanes. Puede leerse un estudio académico (en italiano) de los elementos cristianos de la inscripción en un pdf reproducido por la Universidad Complutense de Madrid. La traducción y algunos aspectos bien explicados del texto en el blog El testamento del Pescador. La imagen que acompaña al texto es de la copia del epitafio que se exhibe en el Museo della civiltà romana a Roma, sala 15; el original se conserva en la actualidad en el Museo Lateranense de Roma; una reproducción en mayor resolución de esta misma foto puede verse en Wikimedia Commons. El presente artículo incorpora en su totalidad, con escasos cambios, el artículo del Butler-Guinea y parte de su bibliografía; el texto del epitafio así como la webgrafía se han añadido.

fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI

Santos Felipe de Heraclea y HermetesMártiresCelebrados el 22 de OctubreElogio: En Adrianópolis, en Tracia, santos mártir...
21/10/2025

Santos Felipe de Heraclea y Hermetes
Mártires
Celebrados el 22 de Octubre

Elogio: En Adrianópolis, en Tracia, santos mártires Felipe, obispo de Heraclea, y Hermetes, diácono. El primero de ellos, Felipe, al pedirle el prefecto Justino, durante la persecución bajo el emperador Diocleciano, que cerrase la iglesia, entregase los vasos sagrados y mostrase los libros litúrgicos, le respondió que no podía dar estas cosas ni él recibirlas, por lo que, después de ser encarcelados y azotados, fueron quemados vivos.

Felipe, obispo de Heraclea, capital de Tracia, fue martirizado durante la persecución de Diocleciano. Como desempeñó con gran fidelidad sus obligaciones de diácono y de sacerdote, fue elegido obispo de Heraclea. Gobernó su diócesis con gran virtud y prudencia durante la persecución. A fin de extender y perpetuar la obra de Dios, formó a muchos discípulos en las ciencias sagradas y en la piedad sólida. Dos de ellos, el sacerdote Severo y el diácono Hermes, tuvieron la dicha de acompañar a san Felipe en el martirio. Hermes, antiguo magistrado de la ciudad, empezó a practicar el trabajo manual desde el momento en que recibió el diaconado y convenció a su hijo para que hiciese lo propio. Cuando Diocleciano publicó sus primeros edictos persecutorios, muchas personas aconsejaron a san Felipe que huyese de la ciudad; pero el santo se negó a hacerlo y continuó con sus exhortaciones a su grey para mantener la constancia y la paciencia. El gobernador envió a un tal Aristómaco a clausurar las puertas de la iglesia. Felipe le dijo: «¿Crees acaso que Dios vive entre cuatro paredes más bien que en el corazón de los hombres?» En seguida, el obispo reunió a los cristianos fuera de la iglesia. Al día siguiente, los esbirros del emperador sellaron los vasos y los libros sagrados. Los fieles entristecidos, se reunieron frente a la iglesia cerrada; Felipe se puso de espaldas contra la puerta y, para alentarlos, comenzó a hablar con palabras de fuego y se negó a retirarse.

El gobernador Bassus, se enteró de que Felipe y sus cristianos celebraban el día del Señor delante de la iglesia y los mandó traer a su presencia. «¿Quién de vosotros es el maestro?», preguntó. Felipe respondió: «Yo». Bassus le dijo: «Bien sabes que el emperador ha prohibido que os reunáis. Entrégame los vasos de oro y plata y los libros que acostumbráis leer». El obispo replicó: «Estamos dispuestos a entregarte los vasos, porque Dios no se complace en los metales preciosos sino en la caridad. En cuanto a los libros sagrados, ni tú puedes exigírmelos, ni yo puedo entregarlos». El gobernador mandó llamar a los verdugos y ordenó a uno de ellos que atormentase a Felipe. Este soportó el tormento con invencible valor. Hermes dijo al gobernador que, aunque destruyese todos los libros de la verdadera doctrina, no conseguiría destruir la palabra de Dios. Bassus le mandó azotar. En seguida, Publio, ayudante del gobernador, acompañó a Hermes al sitio en que estaban depositados los vasos sagrados. Publio intentó apoderarse de algunos y, cuando Hermes trató de impedirlo, le dio tan tremenda bofetada, que le dejó el rostro bañado en sangre. El gobernador reprobó la conducta de Publio y ordenó que curasen la herida de Hermes. En seguida, envió a los prisioneros a la plaza central y mandó a los guardias que destruyesen el techo de la iglesia. Los soldados aprovecharon la ocasión para quemar los libros sagrados, y las llamas se elevaron tan alto, que los presentes quedaron maravillados. Cuando Felipe, quien se hallaba en la plaza central, se enteró de lo sucedido, habló largamente sobre la venganza de Dios que amenaza a los malvados y recordó al pueblo que los templos de los ídolos se habían incendiado muchas veces.

Entonces, se presentó en la plaza un sacerdote pagano con sus ministros, llevando consigo todo lo necesario para el sacrificio. También llegó Bassus, seguido por la multitud. Algunos de los presentes se compadecían de los cristianos, otros, especialmente los judíos, clamaban contra ellos. Bassus exhortó a san Felipe a ofrecer sacrificios a los dioses, a los emperadores y a la fortuna de la ciudad; después, le señaló una estatua de Hércules y le dijo que se contentaría con que la tocase. El obispo replicó que las imágenes eran muy útiles a los escultores, pero que no podían hacer bien alguno a quienes las adoraban. Entonces Bassus, volviéndose hacía Hermes, le preguntó sí él estaba dispuesto a ofrecer sacrificios. Hermes respondió: «No. Yo también soy cristiano». Bassus le preguntó: «Si Felipe ofrece sacrificios, ¿seguirás tú su ejemplo?» Hermes replicó que no y que tampoco conseguirían que Felipe sacrificase a los dioses. Después de emplear toda clase de amenazas y promesas para que ofreciesen el sacrificio, el gobernador mandó que los mártires fuesen conducidos a la prisión. En el camino unos malvados derribaron por tierra a Felipe, quien se levantó sonriente, con gran admiración de la turba. Los mártires entraron en la prisión cantando gozosamente un salmo de agradecimiento a Dios. Pocos días después el gobernador permitió que se trasladasen a la casa de un tal Paneras, a donde muchos cristianos y neófitos acudieron a oír las instrucciones de los mártires. Más tarde, los prisioneros fueron conducidos a una prisión contigua al teatro que tenía un pasadizo secreto hacia éste, por donde los cristianos pudieron ir a visitarlos durante la noche, en gran número.

En el ínterin, el gobernador Bassus fue sustituido por Justino. El cambio alarmó mucho a los cristianos, ya que Bassus era un hombre razonable y su esposa había sido cristiana durante algún tiempo; en cambio, Justino era un hombre muy cruel. Zoilo, el magistrado de la ciudad, condujo a Felipe a presencia de Justino, quien le repitió la orden del emperador y le exhortó a ofrecer sacrificios. Felipe respondió: «Soy cristiano y no puedo obedecer tus órdenes. Si quieres, puedes castigarnos, pero no conseguirás que obedezcamos». Justino le amenzó con la tortura, y el obispo respondió: «Dame tormento, pero no lograrás vencerme; no hay poder alguno capaz de obligarme a ofrecer sacrificios». Justino le dijo que los guardias iban a llevarle a rastras hasta la prisión. Felipe replicó: «¡Dios lo quiera!» Entonces Justino ordenó que le atasen los pies y le arrastrasen a la prisión. Los guardias le arrastraron sobre las piedras con tal violencia, que Felipe llegó a la prisión cubierto de sangre. Los cristianos le recibieron y le llevaron en brazos a la mazmorra.

Los perseguidores habían buscado durante largo tiempo al sacerdote Severo, quien se había escondido. Finalmente, movido por el Espíritu Santo, Severo se entregó y fue enviado a la prisión. Los tres mártires pasaron siete meses en un horrible calabozo. Después, fueron trasladados a Adrianópolis, a una casa particular, para esperar la llegada del gobernador. Al día siguiente, Justino mandó conducir a Felipe a las termas y dio orden de que le azotasen hasta que la carne se cayese a pedazos. El valor del mártir impresionó no sólo a la turba, sino al propio Justino, quien le envió nuevamente a la prisión. En seguida mandó llamar a Hermes para azotarle. Los miembros de la corte le querían bien, pues había sido un magistrado muy popular en HeracIea. Pero Hermes permaneció firme en la fe y fue nuevamente enviado a la prisión. Los mártires dieron gracias a Dios por esa primera victoria. Tres días después, Justino los convocó de nuevo. Habiendo exhortado en vano a Felipe, se volvió hacia Hermes y le dijo: «Tu compañero es insensible a los horrores de la muerte. Espero que tú comprendas el valor de la vida y ofrezcas sacrificios a los dioses». Hermes respondió con una invectiva contra la idolatría. Justino gritó enfurecido: «Hablas como si quisieses convertirme al cristianismo». En seguida consultó a sus consejeros y pronunció la sentencia: «Ordenamos que Felipe y Hermes, que por su desobediencia a los edictos imperiales se han hecho indignos del nombre y los derechos de los ciudadanos romanos, sean quemados públicamente para que el pueblo aprenda a obedecer».

Los mártires fueron con gran gozo al sitio de la ejecución. Como Felipe tenía los pies destrozados, fue llevado en brazos. Hermes, que caminaba también con gran dificultad, dijo a Felipe: «Maestro, apresurémonos a ir al encuentro del Señor. ¿Qué importan nuestros pies, puesto que ya no nos serviremos de ellos?» Después, se volvió hacia la multitud y dijo: «El Señor me ha revelado el martirio que me espera. Soñé que una paloma blanca como la nieve venía a posarse sobre mi cabeza, descendía sobre mi pecho y me daba a comer un manjar exquisito. Entonces comprendí que el Señor se había complacido en llamarme al honor del martirio». Una vez llegados al sitio de la ejecución, los verdugos, según la costumbre, enterraron a Felipe en la arena hasta la altura de las rodillas y le ataron las manos a la espalda. Lo mismo hicieron con Hermes, el cual, como no pudiese sostenerse sin la ayuda de un bastón, pues tenía los pies muy débiles, exclamó riendo: «Se ve que el diablo no es capaz de sostenerme ni siquiera en estas circunstancias». Antes de que los verdugos prendiesen fuego a la pira, Hermes se dirigió a un cristiano llamado Velogio y 1e dijo: «Os ruego por nuestro Salvador Jesucristo que digáis a mi hijo que pague cuanto se haya gastado en mí para que tenga yo la conciencia tranquila, pues aun las leyes de este mundo mandan que se paguen las deudas. Decidle también que, aunque es joven, debe ganarse la vida con el trabajo de sus manos, como yo. Y que sea bueno con todos». En seguida, los guardias le ataron las manos y encendieron la hoguera. Los mártires alabaron a Dios y le dieron gracias mientras pudieron hablar. Sus cuerpos no se desintegraron. El cuerpo de Felipe, que era ya un hombre anciano, parecía haber rejuvenecido y tenía las manos extendidas como si se hallase en oración. El cadáver de Hermes conservaba su color natural, sólo las orejas estaban un poco amoratadas. Justino ordenó que los cuerpos de los mártires fuesen arrojados al río, de donde algunos cristianos de Adrianópolis consiguieron rescatarlos con redes. El sacerdote Severo, que estaba aún en la prisión, se alegró al enterarse del triunfo y la gloria de sus compañeros y pidió ardientemente a Dios que le concediese compartirlos, como había compartido su defensa de la fe. Dios escuchó sus oraciones, y Severo fue martirizado al día siguiente. El edicto que mandaba quemar los escritos sagrados y destruir las iglesias, indica que el martirio tuvo lugar después de la publicación de los edictos persecutorios de Diocleciano.

El martirio de Felipe, Severo y Hermes es uno de los episodios mejor probados de la persecución de Diocleciano. El Breviarium sirio del siglo IV conmemora el martirio el 22 de octubre. El texto de las actas latinas de Felipe de Heraclea puede verse en Ruinart y en Acta Sanctorum, oct., vol. IX. H. Leclereq tradujo ese documento al francés, en Les Martyrs, vol. u, pp. 238-257. Cf. P. Franchi de Cavalieri, en Studi e Testi, núm. 27, Note Agiografiche, fase. 5 y 175, 9. N. de ETF: en la edición actual del Martirologio Romano no se ha inscripto a Severo, aunque posiblemente se deba sólo a una omisión involuntaria.

fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI

San Malón de RouenObispoCelebrado el 22 de OctubreElogio: En Rouen, en la Galia Lugdunense, san Malón, obispo, que está ...
21/10/2025

San Malón de Rouen
Obispo
Celebrado el 22 de Octubre

Elogio: En Rouen, en la Galia Lugdunense, san Malón, obispo, que está considerado como primer apóstol de la fe cristiana en esta ciudad e iniciador de la sede episcopal.

Malón pertenece al conjunto de los obispos misioneros de las Galias, que no sólo extendieron la fe por todo el centro de Europa, sino que fundaron las que luego serán las grandes sedes episcopales, en torno a las cuales crecieron grandes ciudades, que no eran, en la época de estos santos, más que pequeños villorrios. Naturalmente, las gestas de estos santos están envueltas en la leyenda, muchas veces la tradición oral ha perpetuado uno o dos datos auténticos en un mar de nombres y situaciones convencionales, que se escribían atendiendo a un género muy peculiar y solicitado en el medioevo: las leyendas de santos, que hacía las veces de las actuales novelas "best seller", y por tanto muy poco podemos aceptar como genuino del personaje del que hablaban. Sin embargo, eso poco es muchas veces lo único que tenemos de la memoria auténtica del santo.

Dicho esto, que vale para una gran cantidad de santos antiguos, veamos el caso de san Malón. La leyenda fue escrita en el siglo IX, posiblemente con ocasión de un traslado de reliquias del santo desde Rouen a Pontoise. Los "traslados de reliquias" eran acontecmientos muy solemnes, incluso podian equivaler a una canonización, y para la ocasión (como ocurre ahora con nuestras canonizaciones) solían publicarse escritos sobre la vida del santo.

Toda la narración es muy convencional, prácticamente copia los milagros de los evangelios atribuyéndoselos al santo de Rouen, ¡en definitiva un santo es otro Cristo! pero hay dos datos que quizás ayuden a situarlo: se dice que era soldado, y se convirtió escuchando en Roma la predicación de Esteban I, por tanto hacia el 255, que tuvo un potificado breve (254-257). Fue tal el celo evangélico que desplegó en su vida, que no sólo fue bautizado como cristiano, sino ordenado sacerdote, y luego obispo con mandato misionero, aunque en este caso no se indica por quién, quizás por Sixto II, sucesor de Esteban.

De camino por las Galias va desplegando su poder taumatúrgico, curando ciegos, cojos, paralíticos, resucitando mu***os, siguiendo a la vez el curso geográfico y el de la narración evangélica. Llegado a Rotomagus (Rouen) sucede a Nicasio como obispo de Rouen, pero parece que este Nicasio no era obispo sino un simple presbítero a cargo de la vida cristiana en la población, que no era aun sede episcopal. Precisamente Malón será el primer obispo.

Bautizaba a la gente en el manantial local, la actual Héricourt-en-Caix, y allí mismo lo encontró la muerte, y fue enterrado en la iglesia del pequeño lugar, y luego trasladado a Rouen, a la iglesia de San Gervasio, hasta que en el 884 sus restos fueron trasladados, como ya he mencionado, a Pontoise. Allí permanecieron hasta que fueron destruidos por la Revolución Francesa.

Su recuerdo perdura en el nombre de la parroquia de San Malón, en la antigua diócesis de St-Malo (¡este san Maló no es el mismo que el santo que estamos estudiando!). También tiene eco en el nombre de la antigua abadía de Coat-Malouen, que en bretón significa «Bosque de Mallon» y que en latín se llama «Silva Mellonis».

Basado libremente en los artículos de Ökumenisches Heiligenlexikon y el santoral del P. Dries van den Akker s.j., los Bolandistas tratan la historia de San Malón en Acta Sanctorum, Oct IX.

Abel Della Costa

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