27/07/2026
Me reconozco...
Reconozco que me volví devota de la paz, de la calma profunda, de la quietud. Quizás también de la soledad; pero no de esa que aísla, sino de la que acoge, la que sostiene, la que limpia el aire y me devuelve la libertad.
Reconozco que me volví devota de habitar mi propia vida, de soltar el peso del qué dirán y la necesidad de dar explicaciones. De disfrutar cada instante —en compañía o en solitario—, integrando que mi bienestar no se negocia.
Reconozco que me volví devota de honrar mi tiempo y entregármelo como un acto sagrado.
De dejar de mendigar afecto o atención, y de soltar la exigencia de reclamar lo que no nace desde el corazón del otro.
Reconozco que me volví devota de cuidar mi energía; de no regalar mis momentos a quien no los valora o a quien ya dejó cicatrices. De abrir las puertas de mi mundo interno únicamente a aquello que expande, nutre y repara el alma.
Reconozco que me volví devota de mi propia autenticidad: de brillar sin la necesidad de apagar a nadie y de reconocer mi suficiencia intrínseca. De soltar la prisa del reloj y las estructuras rígidas, para entregarme al presente. ¡A vivir! A transitar cada latido como un regalo, a sonreír desde el alma y a habitar la gracia de lo simple.
Me volví devota de mí misma. De abrazar mis procesos incluso en los días grises, de compadecer a mi humanidad cuando flaqueo y dejar de castigarme por no ser invulnerable. De honrar mis luces y mis sombras, de amarme y respetarme como el compromiso más alto de mi existencia.
Mantener mi esencia, ser la arquitecta de mi propio camino... y si eso incomoda, es simplemente porque ya no quepo en los moldes de antes. Es lo que hay.
Dulce Lome
🪬