06/06/2026
La tragedia de muchas iglesias modernas no es la falta de creatividad, sino la falta de confianza en la suficiencia de la Palabra de Dios. Cuando el entretenimiento ocupa el lugar de la predicación, cuando el espectáculo reemplaza la reverencia y cuando las emociones son exaltadas por encima de la verdad, el centro deja de ser Cristo y pasa a ser el hombre.
La iglesia del Nuevo Testamento no conquistó el mundo con escenarios impresionantes, estrategias de mercadeo o experiencias sensoriales. Conquistó el mundo predicando a Cristo crucificado. Mientras unos buscaban señales y otros sabiduría humana, los apóstoles anunciaban el evangelio, porque entendían que el poder para salvar no estaba en los métodos, sino en el mensaje.
Hoy muchos creen que el evangelio necesita ayuda para ser atractivo. Intentan adornarlo con humo, luces, shows y recursos que entretienen a la carne, pero que no transforman el corazón. Sin embargo, un pecador no nace de nuevo por una atmósfera emocionante; nace de nuevo por la obra soberana del Espíritu Santo mediante la Palabra de Dios.
El problema nunca ha sido que el evangelio sea insuficiente. El problema es que una generación enamorada del entretenimiento ya no soporta la simplicidad de una Biblia abierta y una predicación fiel. Pero lo que entretiene a las cabras jamás alimentará a las ovejas.
“Porque no me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree.”
— Romanos 1:16
Una iglesia puede llenar auditorios con espectáculos y aun así estar vacía de la presencia de Dios. Pero una iglesia que proclama fielmente las Escrituras posee algo infinitamente más poderoso que cualquier producción humana: posee la verdad que salva almas y glorifica a Cristo.