30/10/2025
Bernabé Saldaña, el Penado N° 144
Gaucho montaraz y jordanista
Nació en 1852, en Gualeguay (Provincia de Entre Ríos), hijo de padres pudientes dedicados a la vida de campo. Desde niño fue iniciado por su padre —buen gaucho— en los secretos de las faenas rurales. Apenas pudo afirmarse sobre un caballo, ya corría los campos, paraba el rodeo, repuntaba majadas, montaba potrillos en pelo y, más tarde, se afirmaba con espuelas nazarenas sobre un bagual montaraz que no había visto gente en su vida, dominándolo en menos de lo que se reza un credo.
Pero un amor contrariado torció su destino. La autoridad no descansaba en su empeño por atraparlo. Bernabé pasó a Victoria, donde trabajó en una estancia, aunque pronto debió huir cuando la policía descubrió su paradero, refugiándose en los montes de Diamante. Malherido, buscó auxilio en una estancia de la zona, donde fue atendido con generosidad por su dueña, esposa del general Juan Pablo López —nombre histórico de las guerras civiles, partidario jordanista y hermano de Estanislao López—. La época: 1864.
Tiempo después, el paisano decidió regresar a Victoria, creyendo que la autoridad lo había olvidado. Pero en 1870 fue descubierto, y el jefe político, coronel Pedro Caminos, lo condujo al Departamento de Policía. El destino, sin embargo, volvió a cruzarse en su camino: la intervención de Entre Ríos provocó el alzamiento en defensa de la soberanía provincial. El coronel Carmelo Campos se presentó con una fuerte división a las órdenes del general López Jordán. Campos ordenó liberar a Bernabé Saldaña y lo incorporó al ejército jordanista con el grado de oficial.
En la batalla del Sauce, Saldaña cargó tres veces con su división sobre la infantería nacional sin lograr quebrarla; en la última de esas cargas cayó prisionero. Se le puso bajo las órdenes del coronel Benavides, pero su lealtad política lo llevó a desertar y reincorporarse al ejército de López Jordán, esta vez como simple soldado bajo el mando del coronel Eustaquio Leiva.
Un desacuerdo con su pariente Pedro González lo empujó a abandonar el ejército y refugiarse en los montes de Gualeguay, dedicándose al cuatrerismo. El comisario Félix Ibarra ordenó capturarlo vivo o mu**to. Bernabé fue a buscarlo directamente: lo increpó y, tras un breve intercambio, le dio muerte de una puñalada.
Finalizada la guerra, se retiró al Montiel y trabajó como capataz en un establecimiento rural de Nogoyá, gracias a sus dotes campestres. Fue acusado injustamente de varios crímenes —la fama lo precedía— y volvió a huir hacia Gualeguaychú, donde ingresó en la estancia del señor Clemente Birué. Seis meses después, fue nombrado mayordomo por su competencia y dedicación.
Una vez más debió escapar, esta vez rumbo a la Rinconada del Ibicuy. Luego volvió a Victoria, después a las costas del Queguay, y finalmente a su pago natal de Gualeguay, decidido a no marcharse más.
Apenas un mes convivió con sus padres antes de ser nuevamente perseguido. Capturado por el comisario Avendaño, fue remitido a Gualeguay. Se lo acusó de veintidós muertes, pero él negó todo, salvo la de Félix Ibarra, de la cual se confesó autor.
Los crímenes que se le atribuían nacían más de su fama de valiente y pendenciero que de la verdad. En casi todos los lances fue provocado, y la persecución se inspiró en el rencor de quienes no pudieron vencerlo.
Hoy, el valiente gaucho entrerriano cumple condena en la Penitenciaría Nacional, donde trabaja en el taller de panadería y es considerado uno de los penados más ejemplares.
Fuente: Tomás Oliver, Monografías Criminales, Taller Tipográfico de la Penitenciaría, 1892.