23/10/2018
(Hace unos días recibimos la noticia de la muerte de Javier Arguindegui, escritor y periodista que durante muchos años ejerció estos oficios terrestres en Misiones. Sólo una vez Arguindegui escribió un texto especial para nuestra revista. Pero ese artículo, como toda su obra, tuvo una impronta única. En este caso, se trata de una crítica lúcida y original a Horacio Quiroga, que en su momento despertó cierta polémica. Elegimos entonces, a modo de humilde homenaje, reproducir aquella nota).
QUIROGA, CIEGO Y SORDO
Por Javier Arguindegui (*)
Horacio Quiroga, el gran cuentista misionero, no reflejó en su obra las trágicas vicisitudes de los trabajadores de la selva, y aunque ello no implique adhesión implícita al cruel sistema de contratación —que contaba con la anuencia de gobernantes, policías y jueces— resulta, cuanto menos, una carencia que a su vez permite advertir dónde estaba el foco de su mirada, algo alejada de la realidad social. En medio de los escalofriantes misterios del monte y sus habitantes, inigualablemente captados por el uruguayo, dos ausencias en sus cuentos resultan llamativas, la de los mensú y la de los aborígenes mbya de San Ignacio.
Como en los bananales ecuatorianos, por citar un ejemplo americano, o en las lejanas estancias patagónicas, los treinta mil kilómetros cuadrados que ocupa Misiones fueron también a principios del siglo pasado “campo orégano” para la explotación del hombre por el hombre.
Aquí, las incipientes cosechas de yerba mate y la extracción de maderas —como las zafras cañeras salteñas o los algodonales chaqueños— requirieron intensiva mano de obra de obrajeros y mensú cuyos derechos fueron mancillados sistemáticamente durante décadas ante la mirada impasible del mundo literario argentino, y Quiroga, aún siendo testigo privilegiado, no fue la excepción. En este ámbito —al que la soledad, el silencio, el río y la espesura cobijaron como cómplices necesarios para la injusticia— llegó Quiroga en 1906 (no cuenta en este análisis su paso fugaz como fotógrafo integrando la comitiva de Leopoldo Lugones —por quien profesara veneración de discípulo—, que visitó las ruinas jesuíticas en 1903).
Llegaba sí a Misiones tras la fallida experiencia de 1904 en el Chaco: allí intentó explotar un algodonal, sin suerte —tratando de acrecentar la herencia recibida por la muerte de su padre— después de realizar un excéntrico viaje a París.
Era el turno de intentar amasar fortuna con los yerbales.
Quien aspire a encontrar menciones que revelen un ideal político–social en sus cuentos misioneros saldrá desilusionado: a diferencia de Bialet Massé, Rafael Barret y León Naboulet, encendidos escritores denunciantes de la explotación de los mensúes —de la que tomaron cuenta en Buenos Aires los socialistas Mario Bravo y Juan B. Justo— recién en 1920 Quiroga, ya en Buenos Aires, dio señales de la situación, cuando publica en Fray Mocho, “Los mensú”. Relata una fatigosa fuga del yerbal, aunque de final previsible:
“Cayé y Podeley bajaron tambaleantes de orgía pregustada y rodeados de tres o cuatro amigas se hallaron en un momento ante la cantidad suficiente de caña para colmar el hambre de eso en un mensú. Un instante después estaban borrachos y con nueva contrata firmada. ¿En qué trabajo? ¿En dónde? No lo sabían ni les importaba tampoco. Sabían sí que tenían cuarenta pesos en el bolsillo y facultad para llegar a mucho más en gastos.”
Y casi una década después, en 1929, volvería a abordar el tema, pero otra vez como fondo escenográfico. Fue el turno de “Los precursores”, publicado en La Nación. Es la crónica de una lejana manifestación obrera, durante un 1º de mayo, cuando se cantó La internacional:
“Sólo unos cuantos la sabíamos y eso a los tirones. Taruch y el herrero Mallaría la habían copiado en la libreta de los mensualeros y los que sabíamos leer íbamos de a tres y de a cuatro apretados contra otro que llevaba la libreta levantada. Los otros, los más cerreros gritaban no sé qué.”
Apenas esto (y alguna breve mención a Marcos Kanner) en sus más de 250 colaboraciones publicadas en revistas y periódicos que después seleccionó para armar sus libros.
Y si no aparecen en adelante en su obra otras menciones a aquella situación, que permitiría comprender sus ideales políticos (nada dijo, por ejemplo, estando de nuevo en Misiones, de la Masacre de Oberá de 1936), tampoco abundan relatos en los que mencione a las comunidades aborígenes locales.
Cuentan sus biógrafos que Quiroga escribió para sobrevivir, y que lo hizo en Misiones aislado en medio de tragedias familiares, tratando de explotar alternativamente yerbales, plantaciones de ananá y de cítricos. Así lo revelan las cartas (poco difundidas) que periódicamente enviaba desde San Isidro a su capataz en San Ignacio, Isidro Escalera, dándole estrictas instrucciones de patrón, o intimándolo a remitir minuciosos informes sobre la marcha de los negocios.
Eran los tiempos preliminares de la Primera Guerra, de la llegada al poder de Yrigoyen, y aunque muchos escritores (martinfierristas, Boedo, Florida) mostraban su perfil demócrata expresando sus apoyos, no hay registros de que Quiroga haya incursionado activamente en política. Se recuerda su nefasta participación, junto al Lugones maduro, (ya en su etapa militarista, que desembocó en la Década Infame) en la fundación de la Sociedad Argentina de Escritores, institución denunciada entonces por sus pares de exaltar la aristocracia literaria.
(*)Javier Arguindegui , escritor y periodista. Estudioso de la literatura misionera, trabajó durante años en la sección Cultura del diario El Territorio. Colaboración especial para Revista Superficie.