26/12/2025
Transporte urbano y Uber: cuando el problema no es la aplicación
Las recientes declaraciones del empresario del transporte Marcelo Zbikoski, quien sostuvo que Uber le quitó alrededor del 40% de los pasajeros al sistema de colectivos y volvió a plantear la necesidad de un nuevo aumento del boleto para enero, reabren un debate que en Posadas ya no es teórico, sino cotidiano.
La discusión suele centrarse en la irrupción de las aplicaciones de transporte. Sin embargo, el desplazamiento de usuarios del colectivo hacia Uber no ocurre por moda ni por ideología, sino como respuesta a una experiencia diaria que se volvió cada vez más deficiente para una parte importante de la población.
En la capital misionera, especialmente en horarios pico, esperar el colectivo se ha convertido en una incertidumbre. En barrios como Itaembé Miní, Itaembé Guazú o zonas alejadas del centro, no es extraño que los usuarios deban dejar pasar varias unidades porque llegan colmadas. A esto se suman frecuencias irregulares, recorridos extensos y trasbordos obligados, que alargan significativamente el tiempo de viaje.
El boleto sigue siendo, en términos formales, más económico que un viaje en Uber. Pero el costo real del transporte no se mide solo en pesos. Se mide en tiempo perdido, en llegadas tarde al trabajo, en esperas prolongadas bajo el calor o la lluvia, y en la falta de previsibilidad.
Frente a este escenario, las aplicaciones ofrecen algo simple pero decisivo: viajes directos, tiempos estimados claros y una sensación de control. Para muchos vecinos, especialmente en trayectos nocturnos, salidas laborales tardías o urgencias médicas, la diferencia es concreta. No se trata de comodidad superflua, sino de funcionalidad.
Plantear aumentos de tarifa sin una mejora visible del servicio corre el riesgo de profundizar el problema. Cada suba del boleto, si no viene acompañada de mayor frecuencia, mejores unidades y recorridos más eficientes, empuja a más usuarios a buscar alternativas.
La pérdida de pasajeros no puede explicarse únicamente por la presencia de Uber. También refleja una crisis estructural del transporte urbano, que no logró adaptarse a los cambios en la dinámica de la ciudad ni a las nuevas exigencias de los usuarios.
El debate de fondo no debería limitarse a cómo frenar a las aplicaciones, sino a cómo recuperar la confianza del pasajero. Porque cuando el ciudadano tiene opciones, no elige por simpatía empresarial ni por confrontación política: elige lo que le permite llegar a destino de manera más rápida, previsible y segura.
Y hoy, en Posadas, una parte creciente de la población siente que el colectivo dejó de cumplir ese rol.