30/05/2026
El campo misionero ante una gran transformación
Andresito, un municipio tradicionalmente agrícola en el extremo norte de Misiones, vive una transformación silenciosa y dolorosa. El paisaje de los yerbales, históricamente dominado por hombres, hoy está en manos de mujeres.
Ante la falta de oportunidades locales y la crisis económica, los jefes de hogar cruzaron la frontera a Brasil .
Las mujeres de Andresito le pusieron el hombro a la cosecha. La secretaria general del Sindicato Único de Trabajadores Rurales, Ana Cubilla afirmó que en Andresito “hay cuadrillas enteras de mujeres” que están trabajando en los yerbales. “Las mujeres que se han quedado se han puesto al frente de la cosecha por falta de trabajadores”, resumió.
Un claro ejemplo, de muchos, es el de Patricia de Souza Duarte, quien días pasados visibilizó su situación por redes sociales.
La ecuación matemática de la supervivencia en el yerbal es cruel. Para llevar comida a la mesa de sus tres hijos, Patricia necesita quebrar, juntar y cargar mil kilos de yerba, es decir una tonelada. Con eso, embolsa apenas 60.000 pesos. Para llegar a esa tonelada, según cuenta, necesita juntar unas trece “ponchadas” que representa la gran bolsa donde se acumula la hoja cosechada. Cuenta que si el yerbal está bueno y trabaja sin descanso, lo logra en un día y medio. En sus mejores épocas, recortando tiempos con otra persona que cortaba mientras ella quebraba, lograba meter los mil kilos en una sola jornada de sol a sol. Patricia de Souza Duarte, viaja en moto junto a otras compañeras rumbo a la colonia, a unos ocho kilómetros del centro urbano para ir a trabajar.
Un día en la tarefa
Patricia cuenta que las jornadas son largas. A veces el despertador le suena a las 4 de la mañana para salir a las 5; otras veces, la rutina arranca a las 7 de la mañana pero siempre suele terminar pasadas las 18 horas, cuando el cuerpo ya no responde y las manos curtidas, duelen al cerrarse.
Según cuenta cuando no hay tarefa, limpia capueras o hace desmalezamiento por día, donde le pagan entre 25.000 y 30.000 pesos la jornada. “Acá no hay otro trabajo”, sentencia con crudeza y recuerda que también ella formó parte del éxodo temporal.