03/05/2026
Libertad de prensa en tiempos de odio
Vivimos en un mundo dado vuelta. Tan al revés que la palabra libertad -que alguna vez encendió revoluciones-, hoy se usa para justificar exactamente lo contrario de lo que la hizo tan necesaria.
Se la vació. Se la tecnocratizó. Se la convirtió en una herramienta fría, casi quirúrgica, al servicio de una lógica que poco tiene que ver con lo humano (remitirse sino a las concepciones de Thiel, Musk y los pibes del Sillicon Valley, un Donaldo exaltado y alguno suelto con motosierra por estas latitudes). Y en ese proceso, lo que antes era un horizonte colectivo pasó a ser una competencia brutal: la del más apto, la del menos débil, la del que menos siente. Una versión aggiornada de un darwinismo social sin culpa, que se exhibe con orgullo como si fuera evolución y no retroceso.
No es nuevo. Nunca lo fue. Pero la crudeza actual tiene algo distinto: ya no necesita disimularse, no quiere disimularse. Por el contrario, se ha convertido en "una batalla", esa misma que usted está pensando mientras lee este domingo.
En nombre de esa "batalla" y de esa “libertad” proliferan discursos que atacan lo diverso, que simplifican la complejidad, que convierten al otro en enemigo. Y, como todo sistema que busca consolidarse sin fisuras, necesita una condición básica: que no haya demasiadas voces que lo cuestionen.
Ahí es donde entra el periodismo. Y ahí es donde empieza el problema, porque es en realidad donde sobramos, y donde comienza el problema.
Porque informar incomoda. Porque poner en palabras lo que otros prefieren ocultar molesta. Porque narrar la realidad con sus matices rompe la fantasía de los relatos únicos. Y entonces aparece esa frase, repetida con una liviandad que asusta: que no se odia lo suficiente a los periodistas.
No es una expresión aislada ni un exabrupto de un señor que usa motosierra y tiene "hijos" de cuatro patas. Es un síntoma.
No habla de simpatía o antipatía. Habla de otra cosa. Habla del valor de la información en una época que necesita distorsionarla. Habla del lugar incómodo que ocupa quien pregunta, quien investiga, quien insiste. Habla, en definitiva, de una disputa por el sentido.
Porque cuando el periodismo estorba, no es por lo que es, sino por lo que hace.
Y lo que hace —cuando hace bien su trabajo— es exactamente lo contrario de lo que estos tiempos promueven: abre, complejiza, expone, conecta y todo eso que abrazamos en las facultades y en las calles. Frente a la simplificación violenta, propone contexto. Frente al grito, aporta datos. Frente al odio, intenta —con mayor o menor éxito, porque tampoco somos héroes— sostener un mínimo de racionalidad.
Por eso también resulta tan funcional instalar la idea de que el problema somos nosotros. Convertir al mensajero en enemigo es una estrategia vieja, pero eficaz. Deslegitimar la palabra para que el silencio avance sin resistencia.
Y el silencio, en este escenario, no es neutral.
Ese silencio social —difuso, incómodo, difícil de interpretar— oscila entre la apatía, la saturación y, en algunos casos, una complicidad que duele más de lo que sorprende. No siempre es adhesión consciente. A veces es cansancio. A veces es miedo. A veces es simplemente haber dejado de creer que la palabra todavía puede hacer alguna diferencia.
Pero puede. Y por eso molesta.
En este punto de inflexión, hablar de libertad de prensa exige salir del lugar cómodo de la consigna y volver a su raíz. Volver a pensarla como la pensaron aquellos que la convirtieron en una herramienta de transformación.
Voltaire defendía el derecho a decir incluso aquello con lo que no estaba de acuerdo. No por romanticismo ingenuo, sino porque entendía que sin esa posibilidad no hay pensamiento libre.
Jean-Jacques Rousseau, con todas sus contradicciones, puso en el centro la idea de voluntad general, de comunidad, de lo colectivo como construcción política.
Nada de eso era cómodo. Nada de eso era aséptico.
La libertad, en ese sentido, nunca fue un concepto liviano. Siempre implicó conflicto, tensión, disputa. Siempre exigió hacerse cargo del otro, incluso cuando el otro incomoda. Y así se hicieron revoluciones (¿recuerdan?)
Lo que hoy se presenta como una “nueva forma de pensar la libertad” parece ir en dirección contraria. No busca ampliar, sino reducir. No pretende incluir, sino separar. No intenta comprender, sino eliminar lo que molesta.
Y en ese proceso, esta aggiornada libertad termina funcionando como excusa para justificar prácticas que erosionan la democracia. Una paradoja que, si no fuera tan grave, sería casi absurda, pero es real, y está ya entre nosotros.
Porque no hay democracia sin pluralidad. Y no hay pluralidad sin voces que circulen, que se enfrenten, que se contradigan (también lo abrazamos en las facultades y en las calles, ¿se acuerdan?).
Ahí radica la importancia del periodismo. No en una supuesta superioridad moral, ni en una épica exagerada, sino en una función concreta: evitar que el discurso sea único y unívoco. Evitar que la realidad quede reducida a una sola versión, convenientemente alineada con el poder de turno, sea cual sea.
En este contexto, ejercer el periodismo no es un acto heroico. Es, más bien, un acto de insistencia. De persistencia. De negarse a aceptar que la realidad puede resumirse en un slogan.
Y también, aunque a muchos les irrite, es un acto profundamente humano.
Porque en el fondo de todo esto hay algo más básico que cualquier discusión ideológica: la pregunta por qué tipo de sociedad queremos ser. Una donde el otro es un problema a eliminar o una donde el otro, con todas sus diferencias, sigue siendo parte.
Por eso, en este Día de la Libertad de Prensa, la discusión no pasa por defender una profesión como si fuera una corporación cerrada. Pasa por defender la posibilidad de que existan muchas miradas, muchas voces, muchas preguntas.
Pasa por recordar —aunque parezca ridículo tener que hacerlo— que odiar no puede ser el punto de partida de ninguna idea de libertad.
Y pasa, sobre todo, por no olvidar algo bastante elemental: ya hicimos demasiadas cosas mal como para darnos el lujo de no aprender nada.
Lorena López Viglione
Periodista/Comunicadora Social
Mg. en DDHH y Comunicación
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