03/06/2026
Más que nunca, por Patricia Odriozola y Marisa Ardizzone
Los femicidios de Agostina Vega en Córdoba, el de Dulce María Candia Beatriz en Misiones y el de Noelia Carolina Romero en Temperley son una muestra de que la violencia de género es una temática que no reconoce fronteras ni condición social ni edad.
De acuerdo con datos proporcionados por Naciones Unidas, se calcula que, a nivel mundial, cada diez minutos, una mujer o niña muere a manos de su pareja u otro miembro de la familia. El panorama desolador se repite en la Argentina, donde cada 31 horas tiene lugar un femicidio. En esa línea, el Observatorio Lucía Pérez detalló que en 2025 ocurrieron 273 femicidios y travesticidios, mientras que 173 infancias quedaron huérfanas a causa de estas muertes.
No obstante, desde el Gobierno Nacional aseguraron que los casos de muerte por violencia de género cayeron en un 12,3% en 2025 con respecto al año anterior, lo que resultaría en un femicidio cada 44 horas. Estos datos fueron cuestionados por organizaciones feministas, debido a que las estadísticas judiciales responden a un corte metodológico específico y no evidencian una disminución real de la violencia de género.
Desde la llegada de Javier Milei a la presidencia, las políticas de género sufrieron un fuerte embate. Además de la eliminación del Ministerio de las Mujeres, programas como Acompañar y la Línea 144, entre otros, sufrieron una reducción de casi un 90% en las partidas al tiempo que se desfinancian políticas públicas como la ESI y se eliminan instancias educativas destinadas a prevenir la violencia de género. Acciones que van a contramano de lo que ocurre a nivel global donde, según la ONU, en el último decenio el 87 por ciento de los países han promulgado leyes contra la violencia doméstica, y más de 40 países han reforzado la protección constitucional de las mujeres y las niñas.
Sin embargo, advierten desde la organización internacional, “las leyes por sí solas no bastan. Las normas sociales discriminatorias —estigmatización, culpabilización de las víctimas, miedo y presión de la comunidad— siguen silenciando a las supervivientes y obstruyendo la justicia, lo que hace posible que incluso las formas más extremas de violencia, incluido el femicidio, queden impunes”.
“En más de la mitad de los países del mundo —el 54 por ciento— la violación sigue sin definirse sobre la base del consentimiento, lo que significa que una mujer puede ser violada sin que la ley lo reconozca como delito. A día de hoy, en virtud de la legislación nacional, todavía se puede obligar a una niña a casarse en casi tres de cada cuatro países. Además, en el 44 por ciento de los países, la ley no establece la igualdad de remuneración por un trabajo de igual valor”.
Estamos enojadas, tristes, indignadas. Tenemos miedo por nuestras hijas, por nuestras hermanas, por nuestras amigas, por nosotras, por todas. En un contexto atestado de palabras soeces y discursos machistas, en un sistema siniestro que se enorgullece de sus avances tecnológicos mientras desencadena las peores violencias, vemos con espanto que tantas mueren por una única razón: ser mujeres.
Este 3 de junio, frente al Congreso o desde donde cada una esté, gritemos y exijamos un Estado presente y justo, que garantice la igualdad de derechos, de oportunidades, y de una vida digna para todas.