J. N. Urbb

J. N. Urbb Autor de:

LA MAREA LOS AMONTONA (Sello Fantasma, 2020)
TODOS LOS VIERNES A LAS TRES (Wattpad, 2017)

Me gusta contar historias.

"Lío"Llegó a la casa pasada la medianoche, todavía con el buzo de la selección puesto aunque hacía calor, el escudo pega...
21/07/2026

"Lío"

Llegó a la casa pasada la medianoche, todavía con el buzo de la selección puesto aunque hacía calor, el escudo pegado al pecho como una segunda piel. Afuera, la ciudad tenía otro idioma. Se notaba en el cartel del garaje de enfrente, en el silencio ancho de una calle que a esa hora ya no tenía a nadie caminando.
La casa estaba oscura menos por la luz de la cocina, que alguien había dejado prendida a propósito.
Encontró la pava sobre la hornalla, todavía caliente, como ella se la había dejado. El mate, lavado, boca abajo sobre un repasador, esperando. Al lado, la yerba en su yerbera de siempre, la que había traído en el bolso cuando se mudó hacía algunos años y que no usaba desde antes de que empezara todo esto. Quedaba poca pero estaba justo como la dejó, como si no hubiera pasado el tiempo.
Se sentó en la silla de siempre, la que usaba desde chico, la que tiene una pata más corta y se balancea si uno se apoya mal, aunque esa silla en particular nunca había estado antes en esa cocina, en esa casa, en esa ciudad. Era la misma solo porque él se sentaba igual que siempre.
Cebó el primero, mirando el v***r subir derecho un segundo antes de torcerse hacia la ventana entreabierta.
Del otro lado del pasillo llegó un ruido de pies chiquitos, arrastrados, medio dormidos. Uno de los nenes apareció en la puerta con el pelo revuelto y el peluche colgando de una mano, y sin decir nada se subió a upa, buscando el hueco entre el brazo y el pecho donde siempre entraba justo.
—¿Perdieron? —preguntó, con la voz espesa de sueño, no de tristeza.
—Sí.
Se acomodó un poco, sin soltar el peluche, y no preguntó nada más. Al rato ya respiraba distinto, pesado, dormido otra vez ahí mismo, contra el escudo en el pecho de su papá.
Él siguió cebando con una sola mano, la otra quieta sobre la espalda del nene, subiendo y bajando despacio con cada respiración. En la mesa, el teléfono se prendía cada tanto solo, con la pantalla llenándose de nombres, y se apagaba antes de que nadie lo mirara.
Por la ventana entreabierta empezó a entrar, debajo del ruido de siempre de esa ciudad ajena, otra cosa. Al principio se confundía con el aire acondicionado de algún edificio vecino, un zumbido parejo que subía y bajaba. Después se fue separando en partes: un bocinazo, otro, uno más, ninguno con apuro de irse a ningún lado. Un bombo, lejos, marcando un ritmo que se cortaba y volvía a empezar. Voces, muchas juntas, cantando algo que no llegaba entero, solo el final de cada frase.
No se levantó a cerrar la ventana. Tampoco se asomó a mirar la calle, que a esa hora, en esa ciudad, seguía vacía, con los mismos autos parados en fila como en cada noche. El ruido no venía de ahí abajo. Venía de un lugar que no tenía por qué escucharse desde esa casa, en ese país, a esa hora, y sin embargo entraba con la misma claridad como si viniera del pasillo.
La yerba se fue lavando de a poco, más pálida cada cebada. Él no la cambió. Siguió pasando agua por la misma yerba gastada, cebando despacio, sin apuro, como quien estira algo a propósito para no tener que llegar todavía al fondo, y con cada cebada el bombo se escuchaba un poco más cerca, como si la cocina se hubiera corrido unos cuantos kilómetros al sur.
En el placard del pasillo, entreabierto, se veía el bolso armado, casi listo, tirado de costado, con una manga de camiseta asomando por el cierre mal cerrado.
Un bolso que decidió no usar esa noche.
El nene se movió apenas, buscó de nuevo el hueco del brazo, y él lo acomodó mejor, corriéndole el peluche de entre los dos para que no lo molestara al dormir. Afuera, el bombo seguía marcando el mismo ritmo cortado, el mismo estribillo repetido, sin nada por celebrar pero con mucho por decir, y él siguió cebando el mismo mate lavado, con la vista fija en la ventana y no en la calle de esa ciudad sino en algo más allá de ella, hasta que del otro lado empezó a amanecer.

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