01/06/2026
Invertí 5 minutos de lectura...
Existe otra forma de hacer TURISMO.
Revolución de los siete jefes.
Primera rebelión “criolla”
1º de junio de 1580
Santa Fe de la Verdadera Cruz fué fundada por
Juan de Garay el 15 de noviembre de 1573.
El mismo repartió las tierras entre sus hombres: solares para viviendas; cuadras para viñedos y sobre las riberas del Paraná tierras para la cría del ganado.
La adjudicacion y división de las mismas fueron la mayoría para los españoles.
Mientras tanto " Los Mancebos de la tierra" quedaron relegados y discriminados, empezando una convivencia muy dificíl.
Entre ellos estaban Diego Alonso, Alonso Fernández Montiel, Rodrigo Álvarez Holguín, Gabriel de Hermosilla y nada menos que Martín del Barco Centenera, autor del poema que dará nombre a nuestro país, quien dirá:
“Los argentinos mozos han privado allí su fuerza brava y generosa”.
El 1er adelantado Ortiz de Zárate murió en enero de 1576 y Garay, cumpliendo con lo establecido por el testamento, dejó Santa Fe y viajó hacia el Perú, donde pese a la oposición del virrey Toledo, logró casar en 1577 a la hija de Ortiz de Zárate, la criolla doña Juana, con el oidor de la Real Audiencia de Chuquisaca, el licenciado Juan de Torres de Vera y Aragón, quien heredó entonces el cargo de Adelantado del Río de la Plata.
El nuevo adelantado designó a Juan de Garay su teniente de Gobernador y le encomendó la refundación de Buenos Aires. Pero Garay tuvo que huir del Perú hacia Asunción para impedir que se cumpliera la orden de prisión dictada por el virrey Toledo.
Mientras tanto el gobernador de Tucumán, Gonzalo de Abreu, conocedor del malestar de los criollos de Santa Fe entró en contacto con ellos para decirles que Garay carecía de títulos para gobernarlos y les prometió su ayuda si lo apresaban y se lo enviaban a Tucumán. Lo que Abreu quería era la despoblación de Santa Fe para anexar ese territorio a la jurisdicción de Tucumán.
El 1º de junio de 1580 se produjo el cambio de cabildantes. Un grupo de criollos propuso alzarse contra el cabildo basándose en las órdenes de detención contra Garay. Pero decidieron esperar a tener señales claras de que el gobernador Abreu apoyaría el alzamiento.
En la casa de Lázaro Venialbo, uno de los que más había fogoneado a los criollos disconformes con el gobierno de la ciudad, se reunieron muchos jóvenes. Cada cual preparaba sus armas para salir a la calle: espadas, ballestas, arcabuces y lanzas. Lanzaban insultos contra Garay, contra los viejos españoles y contra los que llegaron en la expedición de Ortiz de Zárate.
El primer paso sería apresar al Teniente de Gobernador, al alcalde, al Alguacil Mayor y a Alonso de Vera Aragón. Mientras, otros rebeldes se encargarían de desarmar a los españoles seguidores de Garay.
Estas órdenes las dio una junta revolucionaria formada por Lázaro de Venialvo, Pedro Gallego el mozo, Domingo Romero, Rodrigo Mosquera, Diego de Leiva, Diego Ruiz y Pedro Villalta. Con trompetas convocaron a los vecinos, que ayudaron a elegir un nuevo Cabildo, a Cristóbal de Arévalo como Capitán General y Justicia Mayor, y a Lázaro de Venialbo como Maese de Campo.
Antes del amanecer, los sublevados reunidos en lo de Venialvo salieron a cumplir con su plan: capturaron al Teniente de Gobernador Simón Xaque, al Alcalde Pedro de Oliver y al Alguacil Mayor Bernabé de Luxán, se los llevaron a la casa de Venialbo y desarmaron a todos los españoles.
Por su parte, Cristóbal Arévalo, luego de aceptar el cargo que le otorgaron los rebeldes, prohibió la salida de la ciudad a sus habitantes, bajo pena de muerte y confiscación de sus bienes.
Desde ese momento, todos los que no compartían las ideas con los sublevados comenzaron a pensar cómo reivindicar el honor perdido.
Alonso de Vera, con grilletes en los pies, escuchaba desde su celda en la casa de Lázaro de Venialbo los gritos de los criollos sublevados que llegaban a la plaza: “¡Ya todo es nuestro! ¡Gobernaremos la tierra, desterraremos a los españoles y haremos que los indios nos sirvan a nosotros!” 3. Además, le llegaban a Vera los rumores de las posibles acciones a seguir por los rebeldes: que los cabecillas apuñalarían a los presos y partirían aguas abajo por el Paraná, hasta encontrar a Garay y asesinarlo; y que luego llegarían a Asunción para tomarla sin dificultad, si Abreu desde Tucumán los apoyaba.
La contrarrevolución
Mientras la ciudad vivía un clima de revuelo y algarabía ante la designación de los líderes de la revuelta como nuevos miembros del gobierno, Cristóbal de Arévalo –que fue designado Capitán General– organizó clandestinamente la contrarrevolución, agrupando a más personas con tal propósito. Quería devolverle la honra al Rey, así que se dirigió a liberar a los que permanecían encerrados en lo de Lázara de Venialvo. En el enfrentamiento murieron apuñalados Pedro Gallegos, Diego de Leiva y Domingo Romero, cuyos cuerpos fueron llevados a la plaza y decapitados al grito de “¡Viva el Rey!” Ante todo el tumulto, Arévalo le entregó al Teniente de Gobernador Simón Xaques la bandera, reotorgándole el poder sobre el gobierno de la ciudad.
Mosquera y Villalta lograron escapar a Córdoba y luego a Santiago del Estero, adonde fueron en busca de Abreu, convencidos de que éste les daría su protección. Pero entretanto Abreu había sido reemplazado en el gobierno de Tucumán por Lerma quien, no sólo mandó a ejecutar a su antecesor, sino también a los dos fugitivos recién llegados. En un comunicado al Rey el gobernador tucumano afirmó que “Abreu había mu**to de su muerte al parecer natural; aunque no sin vehemente sospecha y muestras de evidente probanza de haber tomado ayuda para ello”.
Al día siguiente de la revolución, se le inició una causa a Abreu, donde se lo condenó después de mu**to.
A pesar de haber sido reprimidos con dureza, “los siete jefes” fueron los primeros criollos que intentaron implantar un gobierno propio, que respetase la autonomía comunal.
Nada tan descriptivo como lo cuenta
Rafael López Rosas...
El sol de Corpus Christi, con vivos resplandores fulmina el paseo de “nuevos Regidores”. Hay vivas a Venialbo del pueblo congregado. ¡Ya es de criollos el mando! ¡No serán despojados!
Va preso Simón Jacques, el ex gobernador. El Alcalde Olivera, maldice con furor. En reemplazo de Jacques, en Cabildo reunido, A Cristóbal de Arévalo, todos han elegido; y por que todo salga como rogando están.
Mosquera con Villalta marchan a Tucumán. (Don Gonzalo de Abreu, gobernador amigo, les ha ofrecido ayuda contra todo enemigo).
La iglesia se endominga proclamando el festejo. Al solemne Tedéum van jóvenes y viejos. Pero, mientras revuela del triunfo la paloma. Cazador de saeta tras la puerta asoma.
Y cuando pueblo y río son tan sólo Canción, en cien ojos de bruma se esconde la traición. Y es Cristóbal de Arévalo el servil fementido quien traiciona a los suyos que ayer lo han elegido. Al caer de esa noche, con otros más, conspira. (un Judas Iscarlote desde un cuadro lo mira). Y reunidos soldados y gente de la villa marchan arteramente. Ya ni la luna brilla.
Van a lo de Venialbo. Resuena el aldabón. Apenas asomado, parte su corazón ardiente puñalada. Herido se desploma. Una rosa de sangre sobre su pecho asoma; y mientras a lanzazos le abandonan inerte, encapuchada y loca se lo lleva la Muerte. Pero el Ángel le roba la carga ensangrentada.
-¡ Quién pudiera, mancebo, regalarte una espada para luchar de frente contra el vil enemigo!
-¡ Cómo te llora el río, tu madre, y el amigo; …y la novia prolija que bordó tu jubón. Blanco jubón rasgado sobre tu corazón.
Y así fueron muriendo, uno a uno, los criollos. Siete cuerpos al aire ostentó el Palo Rollo. Diego Leiva, el más bravo, mató a seis con su espada (hasta el voraz carancho despreció sus carnadas). Y para el escarmiento de todos los vecinos fueron puestos al cruce de todos los caminos.
Siete cuerpos al viento. Banderas de la hidalguía enastadas al mástil de una melancolía.
Siete rosas de sangre, muriendo sin alarde. Siete rosas de fuego perfumando la tarde.
Siete semillas nuevas en labradoras manos cayendo sobre el surco del suelo americano.
Siete esperanzas frescas cantando en los caminos la canción de los Criollos hacia el nuevo Destino.
Siete, si, sólo siete silencios prolongados, cual las Siete palabras del Dios Crucificado.
¡Siete vidas muriendo por nuestra Libertad!
(Siete negras campanas, llorando en la Ciudad)
Plataforma de Radio
Marcelo Vergara
Anfitrión Turístico de Santa Fe
Referencias:
Agustín Zapata Gollán, Los Siete Jefes, Santa Fe, Editorial Comegna, 1980.
Acta del Cabildo del 28 de marzo de 1590.
El historiador
Rafael Lopez Rosas