29/08/2026
Editorial Alma de Barrio – 29/8/26
“Jóvenes y Desigualdad”
La Universidad Católica Argentina, desde su Observatorio de la Deuda Social, publicó hace unos días un informe titulado “JUVENTUDES DESIGUALES: ENTRE LA PROMESA Y LA EXCLUSIÓN” con resultados de un estudio más amplio sobre la situación de los jóvenes según su condición social.
A partir de datos de la Encuesta de la Deuda Social Argentina para el período 2021-2025, se analizaron las condiciones de vida de los jóvenes de 18 a 25 años según la posición socioeconómica de sus hogares.
La evidencia muestra fuertes desigualdades en los logros educativos, la inserción laboral, la formación familiar y el bienestar psicosocial, situaciones que tienden a combinarse y potenciarse.
La pregunta que se plantea este estudio es: ¿hasta qué punto la posición social condiciona las oportunidades de inclusión y de futuro de las juventudes argentinas?
Las conclusiones son alarmantes y preocupantes.
Las oportunidades educativas muestran una profunda brecha social. Siete de cada diez jóvenes de hogares más pudientes inició o completó estudios superiores. Pero en los jóvenes de 18 a 25 años de los hogares de clase media baja o baja, solo uno de cada diez pudo iniciar o completar un estudio terciario o universitario. Uno de cada diez. Y hay otro dato más preocupante todavía sobre nuestros jóvenes pobres, siete de cada diez, siete de cada diez repito, no terminaron la secundaria.
En cuanto al empleo con derechos laborales, es decir un empleo estable en blanco, otra vez, el origen marca a fuego las oportunidades de un buen trabajo. Sólo 2 de cada 10 logran un trabajo como la gente por haber nacido y vivir en la pobreza y la marginalidad.
La misma situación de desigualdad se evidencia en los pocos jóvenes de la pobreza que pueden solo dedicarse a estudiar sin la necesidad de trabajar al mismo tiempo.
Para recortar esta desigualdad de oportunidades está la Educación Pública, la Universidad Pública, pero a la vista se evidencia que no alcanza con solo mantener las puertas abiertas de las escuelas, los institutos y las universidades. Hay que hacer algo más.
También para reducir la brecha y tratar de igualar oportunidades para las y los jóvenes existe el trabajo de organizaciones civiles. Por ejemplo, en Santa Fe, la tarea desarrollada por el Movimiento “Los Sin Techo” en los barrios pobres de la ciudad que tiende una mano a los jóvenes. Pero también es una lucha quijotesca. Hay que hacer algo más.
Y lo que hay que hacer es reducir la desigualdad y la marginalidad. Lo trascendente sería mejorar las condiciones de origen de esas familias donde nacen hoy los jóvenes del mañana.
Porque, sin vivienda digna, sin trabajo con derechos, sin la panza llena con comida preparada en la cocina de su misma casa, sin progreso efectivo para las familias marginadas no habrá mejores oportunidades para la mayoría de los jóvenes.
Se declama que se ha rescatado de la pobreza a millones de personas, pero como contrapartida, la cantidad de planes sociales destinados a paliar la pobreza, como la Asignación Universal por Hijo o la Tarjeta Alimentar, casi se duplicaron en los últimos tres años. Más allá de los números lo vemos en las calles, en los barrios. Hoy hay 6,7 millones de planes sociales, y cada vez crecen más y más, en un contexto de recesión económica, y ahora también de endeudamiento de las familias más pobres.
Mientras tanto, las propuestas de soluciones efectivas brillan por su ausencia.
No existen debates legislativos para atender la situación de la desigualdad. No hay propuestas del oficialismo, o de la oposición, para que los jóvenes de hogares de pocos recursos vean un horizonte de oportunidades reales.
Porque mientras algunos les hablan de libertades y de meritocracia, de esfuerzo y de sacrificios, de ajuste y de una inflación controlada, las y los jóvenes pobres siguen mirándose en el mismo espejo de la desigualdad.
Fernando Pais
29/8/26
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