20/09/2025
La impunidad se volvió rutina: roban sin esconderse, y la justicia nunca llega.
Hay algo más cruel que el robo mismo: el gesto de quien lo comete sin temor, con la seguridad de que nada le va a pasar. Esa es la marca de esta época: la delincuencia sin miedo.
Lo vemos en el que entra a un kiosco a cara descubierta, sabiendo que hay cámaras que lo filman y que esas imágenes no lo condenarán. Lo vemos en el que se mete en una casa o en un local a plena luz del día, como si la legalidad fuera un detalle irrelevante. Lo vemos en el grupo de motos que arrasa una avenida: el ruido ensordecedor, la velocidad, la masa que los protege. La multitud como escudo, la provocación como bandera.
Y mientras tanto, del otro lado, estamos nosotros. Ciudadanos que sienten la impotencia como un n**o en el estómago. La certeza de que denunciar será un trámite sin consecuencia. La frustración de ver a la policía llegar tarde o mirar de reojo. La amargura de saber que la justicia archiva, demora, relativiza.
Cada hecho no es solo un delito: es una lección invertida. La pedagogía de la impunidad enseña que violar la ley no tiene costo. Que el Estado es un espectador impotente. Que la sociedad se acostumbra a vivir con miedo y bronca, bajando la voz, cuidando cada movimiento, resignando espacios.
La sensación que queda no es solo inseguridad: es desamparo. No se trata de pedir castigos ejemplares como un grito de venganza, sino de exigir lo mínimo: que la ley valga para todos. Porque cuando la impunidad es norma, la justicia se convierte en farsa y la convivencia en campo de disputa.
La delincuencia sin miedo es el reflejo de un Estado que no supo sostener la autoridad de la ley. Y los ciudadanos, sin justicia, somos los que pagamos el precio.
El Ojo en Tandil