24/03/2022
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LA DESAPARICIÓN DE VILLA 30 – COLEGIALES
por Raúl Guevara, villero
24 de Marzo de 2022
Aullidos de perros flacos asustados en la madrugada del 25 de mayo de 1977.
Llegaron como siempre pateando los ranchos. No era otra razzia nocturna.
Salimos al pasillo a las buenas. A las malas. Caminando. A empujones. De los pelos. Descalzos. En chancletas. Los corazones desbocados.
Policía montada sable en mano. Brigada de perros. Soldaditos, tan sorprendidos como nosotros, apretando fusiles contra el pecho. Tanquetas, camiones hidrantes, patrulleros. Azul y verde oliva hasta donde se podía ver entre Freire y Zapiola. Fue el principio del fin. Venían a arrancarnos de raíz, a erradicarnos. Les resultaba insoportable esa barbarie en Colegiales y faltaba un año para el mundial de futbol.
Un coronel daba órdenes y los suboficiales nos empujaban a los gritos: “Hoy se van, junten sus cosas”. Nunca habían transitado estos pasillos. Nos veíamos las caras y sabíamos que éramos iguales. ¿A qué le temerían?
Cuando pudieron tranquilizarse vino otro ejército que combatía de su lado: Asistentes Sociales que nos censaban apresuradamente, peones del municipio, conmovidos sacaban esos muebles ordinarios que ya eran viejos cuando los compramos.
Una vez que determinaban donde “queríamos ir” arrimaban los camiones volcadores que se utilizaban para la recolección de la basura y subíamos lo que podíamos. La cama desarmada en el apuro, la mesa, las banquetas, el roperito, algunos bolsos con la ropa, la heladera y el televisor comprados en interminables cuotas.
Recuperábamos la puerta, la ventanita, algunas tablas, tirantes y chapas; tratando de salvar cada clavo oxidado. Nos repartían dejándonos a la intemperie en los terrenitos que algunos comprábamos en cuotas a 30 o 40 kilómetros en verdaderos barriales sin agua, ni luz, ni baño; o al fondo de la casita de algún pariente también pobrísimo, o en alguna otra villa. Poco les importaba. Hubo vecinos indocumentados deportados a Bolivia y Paraguay, según su origen.
En unos pocos meses terminaron su obra. Lo último en caer, en 1978 antes del Mundial, fue la capilla Jesús Liberador, que habíamos levantado con nuestras manos, en el sector Dorrego. El catequista Oscar Saavedra, que había sido torturado por portar La Biblia Latinoamericana, fue el último en ser desalojado y se instaló en el Bajo Flores hasta su muerte, hace unos días.
La sola identidad villera, como cualquier otra identidad marginada, es sinónimo de “lo otro”. Los villeros somos lo que no se comprende, lo que se desconoce o se conoce de modo incompleto y, por ello, lo que se teme. En nosotros se resumían todos los prejuicios y todos los males como amenaza para la seguridad de las personas y de la propiedad privada. Siempre en duda nuestro comportamiento social y la moral de nuestras mujeres sin importar su edad. Teníamos una forma de vida que debía desaparecer para integrarnos abandonando nuestras costumbres, y hasta la lengua materna que se hablaba en muchas familias desde antes de la conquista.
El afuera también es “lo otro” para nosotros. Motivo para estar alerta, dispuestos a defendernos para sobrevivir, a resistir.
En nuestro imaginario el ombligo del mundo era Colegiales, aunque sabíamos que éramos la pelusa indeseable. Motivo suficiente para toda hostilidad desde el afuera.
Las fuerzas de seguridad entraban por la fuerza, pateando puertas, golpeando a los hombres, manoseando o empujando mujeres. Desde el principio, en 1927, hubo desaparecidos individuales y presos “porque sí”. Siempre hubo excesos con nosotros, antes, durante y después de la dictadura. Así era el combate urbano contra la pobreza, verdugueando a los pobres.
No abandonamos la lucha, la dimos hasta donde pudimos. Nuestra derrota fue material y cultural, también hay villeros que dicen “a mí no me pasó nada”.
No desaparecieron ni apresaron a nadie de nuestras organizaciones quebradas.
La Villa 30 Colegiales es una desaparecida colectiva. Escondida, traspapelada en la Memoria, su Verdad escondida, sin Justicia.
Seis mil familias, treinta mil almas que también fuimos víctimas.
La historia es recurrente. El camino es el reconocimiento de lo que somos, nuestro camino está empedrado de solidaridades pequeñas.
¿Inclusión a su mundo individualista? No, gracias. Ya sabemos como son. Déjennos ser.