Tiempos Tandilenses

Tiempos Tandilenses Revista mensual con temas de historias tandilenses

EL HOMBRE QUE COMPRÓ CIEN CERDOSTandil, 1855.Todavía era un pueblo pequeño y los rumores podían viajar más rápido que lo...
12/09/2026

EL HOMBRE QUE COMPRÓ CIEN CERDOS

Tandil, 1855.

Todavía era un pueblo pequeño y los rumores podían viajar más rápido que los hombres.

Si alguien anunciaba que venía un malón, las familias buscaban refugio en el fuerte. Entraban con animales, provisiones y todo lo que pudiera salvarse.

Fue en esos días cuando apareció Salomón Nowisch.

Era polaco, aventurero y, según Juan Fugl, tenía una habilidad bastante particular: sabía parecer exactamente aquello que los demás necesitaban encontrar.

Vestía parte de un antiguo uniforme de oficial. Hablaba con seguridad. Podía conversar como un profesor universitario. Y decía saber de armas.

En un pueblo donde casi nadie sabía manejar los cañones del fuerte, no era poca cosa.

El juez Carlos Darragueira quedó impresionado.

A pesar de las advertencias de Fugl, Nowisch terminó convertido en comandante del fuerte. Incluso recibió el sable del coronel Otamendi.

Pero aquello recién empezaba.

Un día explicó que necesitaba salir al campo para comprar animales. Para inspirar confianza como comprador, debía demostrar que tenía dinero.

Darragueira le prestó su recado de plata.

Al día siguiente, Nowisch regresó.

Había encontrado una verdadera oportunidad: cien cerdos gordos, a buen precio.

Sólo necesitaba dinero para cerrar el negocio.

El juez volvió a confiar.

Le entregó el efectivo.

Nowisch partió.

Pasó por Azul y desde allí tomó una galera rumbo a Buenos Aires.

Llevaba el dinero, el recado de plata y el sable de Otamendi.

No volvió.

Años después, Fugl volvió a encontrarlo en un hotel porteño.

Nowisch estaba elegantemente vestido y rodeado de hombres distinguidos.

Lo saludó como si nada hubiera ocurrido.

Y le contó que ahora era espía de la Policía.

Podía ser cierto.

O quizás también aquella vez había conseguido parecer exactamente lo que necesitaba ser.

Después Fugl supo que había viajado a Brasil.

Allí terminó fusilado.

Nunca llegó a saber exactamente por qué.

En Tandil había conseguido abrir varias puertas.

Quizás aquella última, finalmente, no pudo abrirla.
Imagen recreada. Una representación de Salomón Nowisch en el Fuerte Independencia de Tandil, hacia 1855.

LOS QUE SIGUEN CONVERSANDOEsta foto no empieza donde parece.No empieza en el museo.Ni en el homenaje.Ni siquiera en el a...
30/08/2026

LOS QUE SIGUEN CONVERSANDO

Esta foto no empieza donde parece.

No empieza en el museo.

Ni en el homenaje.

Ni siquiera en el año en que fue tomada.

Empieza mucho antes.

En un Tandil donde dos jóvenes discutían de arte cuando casi nadie discutía de arte.

Uno era Víctor Grippo.

El otro, Jorge Di Paola.

La amistad los acompañó durante décadas.

Pasó por talleres, libros, cafés, ciudades y conversaciones que nunca terminaron del todo.

Cuando Grippo murió en 2002, esas conversaciones quedaron flotando entre quienes habían compartido el camino.

Por eso esta imagen tiene algo más que un registro documental.

Está Jorge Di Paola.

Está Cristian Segura, que reunió y ordenó buena parte de aquella memoria para un libro homenaje.

Y detrás de la cámara está Nidia Olmos, compañera de vida de Grippo.

Tres personas reunidas alrededor de una ausencia.

O quizás alrededor de una presencia.

Porque hay artistas que siguen apareciendo mucho después de haberse ido.

A veces en un museo.

A veces en un libro.

A veces en una fotografía.

Y a veces en la memoria de los amigos.

📓 Tiempos tandilenses —Apuntes del archivo
Foto: Nidia Olmos.

Hay fotografías que no muestran un instante. Abren una puerta.LA SÉPTIMA DIVISIÓNHace unos días alguien dejó en mis mano...
26/07/2026

Hay fotografías que no muestran un instante. Abren una puerta.

LA SÉPTIMA DIVISIÓN

Hace unos días alguien dejó en mis manos una imagen tomada a fines de los años sesenta. Apenas la miré empecé a reconocer caras. Ahí estaba Pablo Galli, Carlitos Azcue, Martín Belauzarán, Kiko Daglio, Daniel Galli y Pablo Cabana. Eran apenas chicos embarrados hasta las rodillas. La Séptima División de Los Cardos.

Y entonces ocurrió algo extraño: no recordé solamente a esos chicos. Me recordé a mí.

Porque mientras ellos posaban para esa fotografía, yo jugaba en la Séptima de Uncas. Éramos rivales todos los fines de semana. Ellos de un lado. Nosotros del otro. Sin saberlo, estábamos escribiendo las primeras páginas del rugby infantil de Tandil.

Hay un detalle de la foto que me encanta. No fue sacada antes del partido, como era costumbre. Fue después. Con las medias caídas, las rodillas llenas de barro y las caras cansadas. Me gusta imaginar que el fotógrafo había ido para retratar a la Primera División y que, antes de irse, algún dirigente dijo: "Ya que está... sáqueles una también a los chicos". Sin proponérselo, les regaló un recuerdo para toda la vida.

En la foto ya aparecen con su camisetas verdes, pero en aquellos años tardaron en llegar. Los Cardos jugaba con el clásico buzo blanco qué usaban en la hora de gimnasia del Colegio San José. Nosotros, en Uncas, con un buzo azul cualquiera. Hasta que un día, justo antes de empezar un partido, aparecieron quince camisetas nuevas con las franjas amarillas, blancas y negras. Nunca supe si esa tarde jugamos mejor, pero estoy seguro de que nos sentimos invencibles. Ese día le ganamos por primera vez a Los Cardos, y todavía puedo escuchar a Carlitos Saligari gritando al final del partido: "¡Uno! ¡Al fin ganamos uno!".

Después llegaron Los Cincuenta, aparecieron Los Delfines, crecieron los clubes y el rugby de Tandil dejó de ser un puñado de chicos corriendo detrás de una guinda.

Pero hay cosas que no cambian.

Cada vez que aparece una fotografía como ésta, el tiempo hace un pequeño scrum. Empuja para atrás los años, acomoda los recuerdos y, por un instante, volvemos a tener siete u ocho años. Volvemos a correr sobre una cancha embarrada. Volvemos a creer que el partido más importante del mundo se juega esa tarde.

Y, por suerte, durante unos segundos vuelve a ganar la infancia.

🏉Pablo Dal Dosso

LA FOTOGRAFÍA QUE MIRABA HACIA OTRO LADOHay fotografías que documentan un momento. Y hay otras que invitan a imaginar la...
10/07/2026

LA FOTOGRAFÍA QUE MIRABA HACIA OTRO LADO

Hay fotografías que documentan un momento. Y hay otras que invitan a imaginar las historias que pudieron quedar escondidas dentro de la imagen.

Esta pertenece a las segundas.

Era 1923. Durante ocho días Tandil celebró su primer Centenario con una intensidad que todavía sorprende al recorrer los diarios de la época.

Hubo desfiles, conciertos, bailes de gala, competencias deportivas, acrobacias aéreas, delegaciones llegadas desde distintos puntos del país, sorteos, discursos y una multitud que convirtió al Parque Independencia en el escenario principal de la fiesta.

Allí, sobre la piedra, aguardaba el monumento al brigadier general Martín Rodríguez.

Asistían autoridades nacionales y provinciales.

También uno de los descendientes directos del fundador compartía aquel momento destinado a quedar en la historia.

Todos miraban hacia arriba.

Hacia la estatua.

Hacia los discursos.

Hacia el futuro.

Pero una fotografía eligió otra dirección.

En un extremo de la imagen aparecen unas niñas descendiendo la escalinata del cerro.

No forman una columna perfecta.

Tampoco parecen un grupo escolar cualquiera.

Dos de ellas caminan separadas por pocos escalones, con una tranquilidad que resulta extraña en medio del entusiasmo colectivo.

Otras tres parecen haberse detenido a un costado de la escalera de piedra, por algún motivo.

Ninguna sonríe.

Ninguna parece distraída por la celebración.

Simplemente bajan.

Como si hubieran comenzado ese descenso mucho antes de que llegaran las autoridades.

Mucho antes de que existiera el parque.

Porque el cerro ya tenía memoria antes del Centenario.

Había sido propiedad privada.

Había alojado un asilo donde crecieron niños y niñas enviados por la pobreza, la orfandad o el silencio de sus familias.

Muy cerca había existido el primer cementerio de Tandil, el que el tiempo terminó borrando de los mapas, pero no del terreno ni de la memoria.

Los lugares cambian de nombre.

La piedra, no.

Quizá por eso la fotografía produce una inquietud difícil de explicar.

Nada parece fuera de lugar.

Sin embargo, todo parece decir algo que nadie alcanza a escuchar.

Las niñas no interrumpen la fiesta.

La atraviesan.

Mientras la ciudad inaugura monumentos y celebra su porvenir, ellas descienden con la serenidad de quienes conocen otro calendario.

Tal vez solo eran alumnas convocadas para el acto.

Tal vez pertenecían al antiguo asilo.

O quizá la fotografía conservó algo que aquel día pasó inadvertido.

Porque las ciudades también tienen la costumbre de dejar pequeñas señales escondidas en las imágenes que más orgullo les producen.

Y a veces el misterio no aparece donde todos miran.

A veces baja, lentamente, por una escalera de piedra.

APUNTE HISTÓRICO
El 4 de abril de 1923, Tandil celebró el Centenario de su fundación con la inauguración del monumento al brigadier general Martín Rodríguez en la cima del parque independencia. El acto contó con la presencia de autoridades nacionales y provinciales, y tuvo como principal orador al gobernador bonaerense José Luis Cantilo.

Tandilenses

28/06/2026

Witold Gombrowicz vivió una etapa fundamental de su vida en Tandil, entre fines de la década de 1950 y comienzos de los años 1960. Llegó a la ciudad buscando alivio para sus graves problemas de asma, pero terminó encontrando también un pequeño universo de amigos, discusiones y encuentros literarios.

En esos años formó una particular corte de jóvenes creadores tandilenses que acompañaron su paso por la ciudad y animaron la vida cultural de la época. Entre ellos estaban el escritor Jorge “Dipi” Di Paola, el dibujante Mariano Betelú —a quien Gombrowicz bautizó cariñosamente “Flor de Quilombo”— y Jorge Vilela, conocido dentro del grupo como “Marlon”.

El bar Ideal y la confitería Rex fueron algunos de los lugares donde esas conversaciones, ideas y provocaciones tomaban forma.

El relato visual que acompaña este video fue reconstruido a partir de un artículo periodístico escrito por Mariano Betelú.

18/06/2026

EL HOTEL DE LAS DESPEDIDAS

El chico del casco oxidado cruza la esquina
de Pinto y Alem sin mirar.
Circulan autos, jardineras y mateos
pero este viajero del tiempo nunca mira primero.

Primero escucha.

El Hotel Roma todavía respira algo extraño cuando cae la tarde. No exactamente recuerdos. Algo más difícil de explicar.

Las ventanas empiezan a encenderse una por una. Desde la cocina llega olor a café, caldo y servilletas húmedas. Un mozo acomoda mesas en el patio central mientras el casco comienza a vibrar apenas.

Eso significa memoria.

El chico apoya dos dedos sobre una columna del hall. Los pequeños diales del casco giran solos, como brújulas confundidas.

Entonces aparece la interferencia.

Una cucharita golpea antes que la mano.
Una silla conserva durante segundos la forma de alguien que todavía no se sentó.
Las habitaciones dejan de pertenecer al mismo tiempo.

Una puerta se abre en 1928.
Otra sigue cerrada en una década futura.
Otra ya olvidó quién durmió allí.

El chico anota:

—los hoteles no guardan personas
guardan versiones incompletas de ellas

Camina despacio entre las mesas.
Alejandro Bosatta, dueño del hotel, conversa con un huésped.
Un viajante acomoda muestras de botones sobre un paño oscuro. Una mujer vestida de negro espera un telegrama mirando una taza vacía. Un hombre fuma leyendo un diario francés como si todavía faltaran muchos años para perderlo todo.

Nadie parece definitivo ahí adentro.

El casco vuelve a zumbar. Más grave esta vez.

Demasiada melancolía residual.
Siempre ocurre en ciertos lugares.
No donde hubo tragedias.
Donde la gente dejó demasiado de sí misma.

Entonces el chico entiende el verdadero funcionamiento del Roma.

El hotel no fue construido para alojar viajeros.

Fue construido para recibir personas justo antes de convertirse en otra cosa.

Antes de un amor.
Antes de una ruina.
Antes de desaparecer.

Mira las plantas del patio. Crecieron inclinadas hacia las puertas, como si también quisieran irse.

Antes de perderse por Alem, anota la última frase:

"Los hoteles no extrañan a nadie
pero recuerdan perfectamente
cómo se iba cada uno".

—Nota histórica: Fundado por la familia Bosatta hacia 1881, el Hotel Roma es uno de los establecimientos más antiguos de Tandil. Por sus habitaciones y salones pasaron generaciones de viajeros cuando la ciudad comenzaba a crecer al pie de las sierras.

TANDIL: EL DÍA QUE APARECIÓ EL MARNo lo estaban buscando.Buscaban arena.Nada más.Una mañana de 1901, en una cantera de l...
12/06/2026

TANDIL: EL DÍA QUE APARECIÓ EL MAR

No lo estaban buscando.

Buscaban arena.

Nada más.

Una mañana de 1901, en una cantera de los alrededores de Tandil, los hombres cavaban como habían cavado siempre.

Pala.

Tierra.

Pala.

Arena.

Hasta que algo detuvo el golpe.

No fue una piedra.

No sonó como una piedra.

La hoja metálica chocó contra una curva blanca enterrada en el suelo.

Uno de los obreros se agachó.

Limpiaron alrededor.

Apareció otra.

Y otra más.

Costillas.

Enormes.

Demasiado grandes para cualquier animal conocido en estas sierras.

Los hombres dejaron de trabajar.

Empezaron a mirar.

Porque hay hallazgos que se entienden.
Y otros que obligan a cambiar la pregunta.

La noticia corrió por los campos.

Llegaron vecinos.

Curiosos.

Algún maestro.

Algún estanciero.

Todos querían ver lo mismo.

Los huesos.

Los huesos imposibles.

Según contó después Caras y Caretas, eran vértebras y costillas de una ballena gigantesca.

Una ballena.

En Tandil.

A más de cien leguas del océano.

La palabra sonaba absurda.

Como decir faro en la cima de una sierra.

Como encontrar un ancla en mitad de una plaza.

Sin embargo, los huesos estaban allí.

Y los huesos no discuten.

Permanecen.

Durante millones de años permanecen.

Esperando.

Lo que aquellos hombres no podían saber es que bajo sus botas dormía una historia mucho más antigua que la ciudad.

Mucho antes de las canteras.

Mucho antes del Fuerte Independencia.

Mucho antes de los caminos y los alambrados.

Hubo agua.

Mucha agua.

El mar avanzó sobre estas tierras una y otra vez, cubriendo buena parte de la provincia de Buenos Aires.

Donde hoy hay molinos hubo mareas.

Donde hoy pastan vacas nadaron criaturas oceánicas.

Y una de ellas quedó atrapada para siempre en los sedimentos.

Esperó millones de años.

Hasta que una pala la despertó.

Por eso la fotografía publicada aquel año resulta tan extraña.

No muestra solamente a un grupo de trabajadores.

Muestra el momento exacto en que Tandil encontró una prueba de algo difícil de imaginar:

Que antes de los hombres.

Antes de las historias.

Antes incluso de la memoria.

Aquí hubo mar.

TEXTUAL
"Encontrar en el corazón de la pampa huesos de mamíferos fósiles no es una novedad, pero sí lo es indudablemente el hallazgo de huesos de ballena en una mina de arena en los alrededores del Tandil..."
(Caras y Caretas, 2 de junio de 1901)

DATO
Los restos hallados fueron donados al Museo de La Plata. Hasta hoy no está claro qué ocurrió posteriormente con ese material ni si alguna parte de la colección pudo conservarse identificada.



IMAGEN: Foto publicada por la revista Caras y Caretas

LAS MUJERES DEL REGISTROEn algún momento de las primeras décadas del siglo pasado, una mujer entraba a una oficina munic...
28/05/2026

LAS MUJERES DEL REGISTRO

En algún momento de las primeras décadas del siglo pasado, una mujer entraba a una oficina municipal de Tandil y quedaba atrapada para siempre.

No en una celda.

En un libro.

Nombre.

Edad.

Nacionalidad.

Casa de tolerancia donde trabajaba.

Estado civil.

Señas particulares.

Y una fotografía.

Eso era todo.

O eso parecía.

Durante años, la prostitución estuvo reglamentada en Tandil. Había prostíbulos habilitados, inspecciones sanitarias, controles médicos obligatorios y registros llevados por el propio Estado municipal.

Las mujeres debían portar una libreta roja.

Presentarse.

Esperar.

Sentarse frente a una cámara.

Y dejar que alguien decidiera cómo iban a ser archivadas.

Pero el tiempo hizo algo extraño con esos libros.

No conservaron solamente datos.

Conservaron rostros.

El profesor e investigador Juan Ferguson trabajó sobre esos registros guardados en el Archivo Histórico de Tandil y encontró allí algo más incómodo que simples fichas administrativas.

Encontró miradas.

Algunas mujeres aparecen peinadas con cuidado, con vestidos elegantes, joyas, cierta intención de dignidad frente al retrato.

Otras fueron fotografiadas de apuro.

Cansadas.

Desenfocadas.

Como si ni siquiera el fotógrafo hubiera tenido tiempo para mirarlas demasiado.

Muchas eran argentinas llegadas desde pueblos conectados por el ferrocarril.

Otras venían de Francia, Italia, España o Europa del Este.

Y entre las anotaciones empieza a aparecer otro mapa.

Uno silencioso.

Bahía Blanca.

Azul.

Rauch.

Tres Arroyos.

Mar del Plata.

Ciudades unidas no solamente por las vías, sino también por el movimiento permanente de mujeres entre prostíbulos de la región.

Pero hay algo que todavía hoy resulta difícil de olvidar.

La forma en que muchas de ellas miran a la cámara.

No parecen desaparecer detrás del registro policial o sanitario.

No parecen resignarse del todo a convertirse en una ficha municipal.

En varias fotografías sostienen la mirada.

De frente.

Con una expresión imposible de encerrar en una sola palabra.

Cansancio.

Desafío.

Tristeza.

Dignidad.

Quizá todo junto.

Y entonces ocurre algo extraño.

El archivo deja de parecer antiguo.

Porque esos libros no hablan solamente de la prostitución en Tandil.

Hablan también de una época que clasificaba cuerpos, controlaba mujeres y convertía vidas enteras en formularios prolijos.

Pero incluso ahí, dentro de ese mecanismo frío, algo parece resistir.

Una mirada.

Apenas una.

Suficiente para atravesar cien años.

Imagen: Hoja individual del registro municipal correspondiente al año 1928.

LA NOCHE DE LOS SOBREVIVIENTESEnero de 1872: cuando el miedo atravesó Tandil.Primero, los rumores.Siempre empiezan así.U...
20/05/2026

LA NOCHE DE LOS SOBREVIVIENTES
Enero de 1872: cuando el miedo atravesó Tandil.

Primero, los rumores.

Siempre empiezan así.

Un hombre que llega apurado desde el campo.
Un caballo visto a lo lejos.
Un silencio extraño en los caminos.

Después, las puertas que empiezan a cerrarse antes de hora.
Los faroles apagados.
La gente hablando bajo.

Tandil todavía era una frontera disfrazada de pueblo. Un puñado de casas, algunos comercios, carros detenidos en el barro y noches demasiado grandes.

Y en enero de 1872, el miedo empezó a moverse entre las calles de tierra como un animal invisible.

Decían que algo iba a pasar.

En los boliches donde se reunían los extranjeros —vascos, italianos, franceses, daneses— comenzaron las advertencias.

“Cierren temprano.”
“No dejen entrar a nadie.”
“No salgan.”

Los paisanos hablaban poco.
Los perros ladraban hacia la oscuridad.

La familia Paggi escuchó esos rumores.

Antonio Paggi trabajaba y vivía en Arroyo Seco,
Había llegado desde Lombardía buscando lo mismo que buscaban todos: tierra, trabajo y una vida que no dependiera del hambre europeo.

Pero aquella noche el pasado parecía haber cruzado el océano detrás de ellos.

Porque el horror también viaja.

Y a veces encuentra destino.

La partida salió de madrugada.

Hombres a caballo.
Facones.
Lanzas.
Gritos.

No era un ejército.

Era algo peor.

Una fiebre.

Entraban en almacenes y fondas como una tormenta oscura. Preguntaban nombres. Miraban caras.
Y mataban.

Las crónicas hablan de cuerpos abandonados en los caminos, de familias escondidas bajo las camas y de disparos perdidos en medio del campo abierto.

Pero lo peor no fue el ruido.

Fue el desconcierto.

La idea imposible de que aquello estuviera ocurriendo realmente. En Tandil. En un pueblo que apenas aprendía a existir.

Los Paggi sobrevivieron.

Por poco.

Una advertencia dicha a tiempo.
Una puerta cerrada.
Un vecino que golpeó una ventana en mitad de la noche.

Después vino el amanecer.

Y el pueblo apareció distinto.

No destruido como después de una tormenta. Peor.

Porque las casas seguían ahí.
Los árboles seguían ahí.
El sol incluso salió igual.

Pero algo había cambiado para siempre.

Tandil descubrió que la violencia podía nacer desde adentro. Que no hacía falta una guerra para que el horror apareciera.

Solo miedo.
Solo fanatismo.
Solo hombres convencidos de que el otro debía desaparecer.

Con los años, los sobrevivientes siguieron viviendo.

Trabajaron.
Tuvieron hijos.
Levantaron comercios.
Aprendieron a convivir con el recuerdo.

La familia Paggi hizo eso. Como tantas otras.

Construyeron vida encima de una noche que había querido borrarlos.

Y quizás por eso la ciudad todavía conserva estas historias.

Porque Tandil no fue hecha solamente por quienes llegaron.

También por quienes lograron quedarse.

Por quienes sobrevivieron.

Por quienes, aun después de ver el odio pasar a caballo frente a sus puertas, eligieron permanecer.

Y seguir construyendo.

Como si vivir también pudiera ser una forma de resistencia.

#1872

Imagen: descendientes de la familia Paggi en una imagen captada en Tandil varias décadas después

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