11/10/2025
MILO J Y EL PESO DE LO ETERNO [El argentino de 18 años entrega un disco que une generaciones, mezcla géneros y confirma que su voz ya no cabe en la etiqueta de promesa]
Con apenas 18 años, Milo J entrega La Vida Era Más Corta, un disco que se yergue como puente entre generaciones: en él coexisten la sensibilidad del folclore argentino, la cadencia urbana del trap, fragmentos de lenguas originarias y colaboraciones que atraviesan el tiempo. Lo impresionante no es sólo el salto sonoro, sino cómo ese salto parece apuntar hacia una inmortalidad temprana: lo efímero se vuelve eterno. Desde la textura del sonido hasta las voces que dialogan con el pasado, el disco plantea una audaz cartografía emocional.
En este nuevo trabajo, Milo deja atrás la etiqueta de promesa para asumir el papel de narrador pleno de su propia vida interior. Las letras atraviesan dudas, pérdidas, certezas y fantasmas, como si el oyente estuviera presenciando confesiones fragmentarias de un yo en construcción. Cada canción no es un relato aislado, sino un engranaje de un mecanismo mayor: muerte, renacimiento, identidad y el peso de la memoria se entrelazan con fluidez, recordándonos que crecer no es necesariamente avanzar en línea recta.
Musicalmente, La Vida Era Más Corta se revela como un laboratorio donde lo acústico y lo electrónico conviven sin contradicción. Hay guitarras criollas, bombos legüeros y violines que respiran al lado de sintetizadores y loops minuciosamente editados. Además, el disco adquiere profundidad simbólica gracias a invitados como Soledad Pastorutti, Silvio Rodríguez o voces anónimas de lenguas antiguas, que no aparecen como simples adornos, sino como piezas que multiplican el sentido del proyecto. El resultado es una obra compartida, un territorio sonoro donde Milo no sólo se escucha: también emerge como alguien que dialoga con el pasado, el presente y lo que está por venir.
Bajo De La Piel abre el disco con un aire ceremonial. La guitarra arpegiada y los bombos legüeros marcan un pulso que se siente más como respiración que como ritmo. La letra, atravesada por imágenes de marcas y heridas, instala desde el comienzo la sensación de un viaje interior donde lo íntimo se vuelve colectivo. Es una puerta de entrada que advierte: este no será un disco de canciones sueltas, sino una travesía emocional.
En Niño, Milo se refugia en un tono frágil, casi de confesión, donde la voz parece hablarse a sí misma más que al oyente. Gil, en contraste, se erige con fuerza y sonidos brasileños, con la energía urbana de Trueno dándole filo a cada barra. Entre ambos extremos se dibuja la tensión que recorre el disco: la vulnerabilidad del yo frente al choque del mundo exterior. Luego aparece Amo De Mi Sol, junto a Nicky Nicole, quizá la pieza más mutante del conjunto, que despliega giros inesperados —del eco de Fito Páez a un solo jazzístico, de pasajes de bossa nova a un coro de murga— como si la canción no quisiera quedarse quieta en ningún género, sino moverse libre por todos.
Las colaboraciones terminan de darle al disco su carácter intergeneracional y simbólico. En Lucía, junto a Soledad Pastorutti, el relato se vuelve íntimo, teñido de memoria y raíces familiares. Luciérnagas, con Silvio Rodríguez, introduce un duelo poético donde la luz tenue sirve de metáfora de resistencia y fragilidad. Y Jangadero, que rescata la voz de Mercedes Sosa, cierra el disco con un tono casi mítico: es un canto que trasciende la vida y la muerte, un recordatorio de que la música puede cruzar tiempos y generaciones. En su conjunto, estos temas convierten La Vida Era Más Corta en una constelación emocional, donde cada canción es un mundo propio y, al mismo tiempo, parte de una narración más amplia.