01/06/2026
Ayunar para no acostumbrarse
Por Daniel Baldomir
Mañana comienza un ayuno encabezado por Adolfo Pérez Esquivel, acompañado por organizaciones sociales, sindicales, religiosas y culturales. Algunos intentarán reducirlo a una protesta más. Se equivocan. El ayuno es, ante todo, un acto de resistencia moral.
En una época donde la indiferencia parece haberse convertido en política de Estado, donde el sufrimiento ajeno es relativizado en nombre de estadísticas, mercados y equilibrios fiscales, un grupo de personas decide hacer exactamente lo contrario: poner el cuerpo.
Ayunar es negarse a naturalizar el hambre. Es recordar que detrás de cada número hay un rostro, una familia, una historia. Es denunciar que ninguna sociedad puede llamarse libre cuando millones viven bajo la angustia cotidiana de no saber si llegarán a fin de mes o si podrán alimentar a sus hijos.
La crueldad no siempre se expresa con violencia física. A veces se manifiesta en la indiferencia. En la burla hacia quienes sufren. En la deshumanización del otro. En la idea de que quien queda afuera es responsable exclusivo de su destino y que la solidaridad es una debilidad.
Por eso este ayuno interpela. Porque obliga a preguntarnos qué tipo de sociedad estamos construyendo. Una donde el éxito individual justifica cualquier desigualdad o una donde la dignidad humana sigue siendo un valor irrenunciable.
No se trata solamente de estar a favor o en contra de un gobierno. Se trata de decidir si el dolor de los más vulnerables nos resulta indiferente. Se trata de preguntarnos si el hambre puede ser una variable de ajuste o si constituye un límite ético que ninguna administración debería cruzar.
El ayuno que comienza mañana es un llamado de atención. Un gesto incómodo en tiempos donde muchos prefieren mirar para otro lado. Una invitación a despertar las conciencias antes de que la costumbre termine convirtiendo la injusticia en normalidad.
Porque el problema más grave no es el hambre. El problema más grave es acostumbrarse a ella.