08/05/2020
CON O SIN GRIETA, ¿HABRÁ ALGO MÁS QUE NOS UNE QUE AQUÉLLO QUE NOS SEPARA?
Hoy se habla mucho de la “grieta entre los argentinos”. Hay quienes afirman su existencia y otros que la niegan. Algunos la agudizan… y otros la encubren. El Gobierno piensa que la oposición la genera. O por lo menos que hay sectores responsables. La Oposición piensa que el Gobierno la promueve y profundiza… con sus medidas. Desde las ideologías políticas -y algunos sustentándose en filosofías y cosmovisiones, y otros en supuestas tradiciones e intereses- afirman que no se puede negar la histórica desigualdad de la organización capitalista del país, que genera la indefectible lucha de clases. Y desde otro punto de vista, en el mismo plano, otros sostienen que se pretenden vulnerar las libertades y garantías individuales, hasta de pensamiento y de culto, camino a un colectivismo materialista y forzosamente igualitario. Ambas posiciones, además de ideológicas y anacrónicas, son emocionales, y se presentan extremas, irreconciliables, definitivas, diciendo representar cada una al pensamiento de los argentinos. Hay mucho odio y rencor allí.
Esto se manifiesta en opiniones personales, institucionales y públicas, en Medios de Comunicación y en las redes explícitamente. Todos sostienen una supuesta o auténtica coherencia, lealtad, oportunismo y parte o por arriba de la lucha según se considere necesario o conveniente. Cada uno tiene “su Verdad”. Pero… ¿cuál Verdad? ¿a qué verdad se refieren?
Se habla de “la grieta” como si alguna vez la sociedad argentina haya sido compacta y hoy se esté partiendo. ¿Será por los Morenistas y Saavedristas? ¿Los Unitarios y Federales? ¿Los porteños y el interior? ¿Los inmigrantes y criollos? ¿Los radicales y conservadores? ¿Los peronistas y antiperonistas? ¿La derecha y la izquierda? El País, ¿no habrá nacido “partido”? ¿O es la consecuencia lógica de las contradicciones propias de la burguesía agro-comercial y ganadera que con la Revolución de Mayo arrastró en sus objetivos a sectores populares? ¿Cómo en la Revolución Francesa? ¿Con Jacobinos y no Jacobinos incluidos?
Para algunos, negar la grieta “es necesario para la Unidad de los argentinos”. Pero la unidad de unos, no es la misma unidad de otros. La mayoría de las veces parece necesaria para la estabilidad política, pero, a decir verdad, es pura retórica. O en el mejor de los casos no pasa de buenas intenciones, pero con acciones que no son estructurales se transforman en paliativos temporales según cambie el clima político. Las razones son más profundas.
Para otros, “no podemos desconocer la profunda división de los argentinos”, afirmando que esa división se originó históricamente desde la dirigencia política, y si ayer fue extensiva a factores de poder, tanto sindicales, militares, empresariales, religiosos o a grupos de presión, hoy se hace extensiva a amplios sectores de la población por encima de las Clases Sociales, debido a la hegemonía ideológica.
Defensa de intereses puramente económicos, por un lado, y reacciones por la injusta desigualdad e inhumanidad que aquellos producen por el otro, prevalecen irreconciliables acompañados de ideología para justificar e impulsar sus acciones, enajenando razones y emociones sobre las masas, con históricos picos de sangriento enfrentamiento. La consecuencia es un País todavía construido a medias.
Ahora, donde casi todo el mundo está conectado vía Internet, y es posible expresar -también todavía- opiniones, mentiras y verdades por las redes, agresiones y anacronismos de supina ignorancia, con Medios de Comunicación que adolecen de verdad e información fidedigna, dedicándose a ser formadores de opinión e ideología, responsables del fenómeno de la “Post-verdad” -distorsión emotiva y deliberada de la realidad para modelar a la opinión pública-, estamos expuestos a transformarnos en maleables grupos de presión, al servicio de intereses que no manejamos; por ello hoy, hablar de “la grieta”, no es gratuito.
Con este término de “la grieta” se han expresado otros terribles, muy usados históricamente y que visibilizan sin ningún pudor y descarnadamente actitudes, pensamientos y acciones pasadas y presentes. En “la grieta” el odio, la xenofobia y el miedo, denosta a unos y a otros como cabecitas, negros, populistas, gorilas, vagos, bianudos, oligarcas, burgueses, troskos, grupo de tareas, grupos de justicia, choriplaneros, etc., en una narrativa ideológica que se autolegitima. No sólo las emociones, sino también la razón se descontrola y acompaña. Aunque ni las emociones ni la razón por sí solas son suficientes para una convivencia saludable.
Si en los históricos y no tan lejanos enfrentamientos de odio y muerte reales, priman, como dijimos, las emociones y las sinrazones de la razón enajenada, es muy fácil que los espíritus se llenen de odio comenzando por el pensamiento y las palabras, y de allí a la acción violenta, negando absolutamente al otro y produciendo la consiguiente muerte.
Es complejo y doloroso restituir la Justicia. Pero es necesario. Negar la división, es negar un pasado que ha existido y que tiene heridas que no se cierran y tenemos que evitar que se reediten. No se trata de negar las bases profundas de la injusticia y sus consecuencias, como tampoco de negar de forma absoluta la posibilidad de construir una convivencia justa, solidaria, y más humana. Se trata de construir un país real, donde haya lugar para todos, de lo contrario, terminaremos destruyéndonos entre todos y a merced de intereses ajenos.
Creo que más que empoderarnos los argentinos de los derechos, tenemos que empoderarnos de dignidad, del necesario respeto a la dignidad de nuestra persona y de la persona de los otros; base de toda organización social y económica sobre la cual sustentar la estructura jurídica y política de la convivencia social.
Solamente a partir del respeto y el reconocimiento de sí mismo y del otro, se repara toda injusticia. Si reconozco mi dignidad como persona, voy a luchar por los derechos que la sustentan y voy a luchar por mis derechos; y si reconozco la dignidad como persona de los otros, voy a luchar por sus derechos, por los derechos que sustentan esa dignidad. Y como parte de una sociedad, tengo que tener presente esta dignidad mía y de los otros en la diferencia y en la diversidad de vida y de pensamiento. Es el único camino y no hay otro.
En esta línea de pensamiento, no puede ni debe, haber una desigualdad estructural. Porque todos tenemos los mismos derechos. Derecho a existir y a ser felices. No estamos hablando de paz y amor al estilo altruista… solamente. Sino de justicia. De la justicia de reconocer y respetar la dignidad de todos. Hacia nosotros mismos y a los otros, aunque ello implique profundos cambios estructurales y personales sin negar al otro. Porque se trata de la supervivencia de todos y no de algunos. Y de hacer las cosas mejores que aquellos responsables de las injusticias, siendo mucho mejores que ellos.
Ni nosotros, ni el poder económico, ni los políticos, ni los medios de comunicación, podemos hacernos los distraídos del no-reconocimiento de la dignidad de las personas y de las acciones de reparación de las injusticias en todos los ámbitos. Se necesitan cambios estructurales, pero a partir de que las personas estén dispuestas a ello desde ellos mismos y con los otros. Y si los cambios no se profundizan, sobrevienen las crisis con graves consecuencias sobre la vida de las personas, mientras algunos permanecen indiferentes a su propia destrucción como tales.
Por Iván Ojeda.