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El algarrobo de MartinaEn lo profundo de las sierras de Córdoba, Argentina, se cuenta una historia que ha sobrevivido a ...
26/11/2024

El algarrobo de Martina

En lo profundo de las sierras de Córdoba, Argentina, se cuenta una historia que ha sobrevivido a los siglos, transmitida entre susurros y advertencias al calor del fuego. Es la historia de Martina, una mujer cuya belleza solo era superada por la frialdad de su corazón.

En un pequeño caserío, Martina era la hija de un terrateniente adinerado, criada en la opulencia y acostumbrada a obtener lo que quería. Su hermosura era legendaria: ojos oscuros como la noche, piel tersa como el mármol, y un andar que parecía embrujar a todo hombre que la veía. Sin embargo, Martina no tenía interés en el amor ni en los sentimientos. Para ella, los hombres eran herramientas que podía usar y desechar según le conviniera.

Los viejos cuentan que Martina hacía promesas de amor eterno a los jóvenes del pueblo, haciéndolos competir entre ellos, solo para luego reírse de sus desgracias. Algunos dejaron sus familias para seguirla; otros perdieron sus tierras en apuestas que ella misma manipulaba. Pero no se conformaba con arruinar sus vidas: Martina buscaba algo más oscuro.

Se decía que llevaba a sus pretendientes al pie de un algarrobo centenario, un lugar apartado, donde la luna apenas se filtraba entre las ramas. Allí, con palabras dulces, los persuadía para que confiaran en ella completamente. Cuando sus víctimas estaban más vulnerables, Martina los traicionaba, dejándolos solos en la espesura o llevándolos al borde del peligro. Algunos desaparecieron para siempre, y otros volvieron al pueblo con la mirada vacía, como si hubieran perdido su alma.

Pero la historia de Martina cambió el día que llegó un forastero al caserío. Su nombre era Esteban, un arriero robusto y callado, con una mirada que parecía atravesar a las personas. Cuando Martina lo vio, se propuso conquistarlo, segura de que, como todos los demás, caería bajo su hechizo.

Al principio, Esteban parecía indiferente, lo que solo avivó el interés de Martina. Lo siguió, lo provocó, y le prometió riquezas y pasión si cedía a ella. Finalmente, Esteban aceptó encontrarse con ella bajo el algarrobo.

Esa noche, Martina llegó con su vestido más hermoso, perfumada y segura de sí misma. Bajo la luz de la luna, sus palabras eran como miel, y Esteban parecía caer bajo su encanto. Pero justo cuando ella intentó jugar su truco habitual, él la detuvo.

—Sé lo que haces, Martina —dijo con una voz grave—. Sé cuántos hombres has llevado a su perdición. Pero esta noche será diferente.

Por primera vez, Martina sintió miedo. Esteban sacó un cuchillo, no para herirla, sino para clavarlo en el tronco del algarrobo. En ese instante, un viento helado recorrió la sierra, y Martina comenzó a gritar. Sus gritos no eran de rabia ni de dolor, sino de algo más profundo, como si algo oscuro en su interior hubiera sido liberado.

El algarrobo, que había sido testigo de tantas traiciones, pareció cobrar vida. Sus raíces se enredaron alrededor de los pies de Martina, mientras su cuerpo comenzaba a marchitarse. Su belleza desapareció, reemplazada por una forma grotesca y aterradora. Según la leyenda, Martina fue condenada a vagar por las sierras, buscando víctimas que se compadezcan de su aspecto monstruoso, pero incapaz de atraerlas con la misma facilidad de antes.

Desde entonces, los arrieros y viajeros nocturnos aseguran haberla visto. Dicen que aparece como una mujer encorvada, con un rostro cubierto por un velo, pidiendo ayuda o compañía. Pero si alguien se atreve a acercarse, Martina muestra su verdadero rostro, y el desafortunado nunca vuelve a ser visto.

El algarrobo donde ocurrió todo sigue en pie, con la marca del cuchillo de Esteban grabada en su tronco. Los locales evitan pasar cerca, especialmente al anochecer, cuando el viento parece traer consigo un susurro que dice: "¿Me acompañarías?"

El Cazador de SombrasHace años, en una ciudad pequeña y olvidada por el tiempo, vivía un hombre llamado Rodrigo Silva, c...
25/11/2024

El Cazador de Sombras

Hace años, en una ciudad pequeña y olvidada por el tiempo, vivía un hombre llamado Rodrigo Silva, conocido por todos como un hombre común. Trabajaba como bibliotecario en la vieja biblioteca municipal, un lugar oscuro y silencioso, lleno de libros polvorientos que casi nadie leía. Nadie sospechaba que bajo su apariencia tranquila se escondía una mente retorcida, que había comenzado a ver el mundo de una forma muy distinta. Para él, la vida humana era solo una caza, y él era el cazador.

Rodrigo no tenía deseos de riquezas ni de poder, sino algo mucho más inquietante: quería estudiar las sombras. Lo que le fascinaba no era la luz, sino cómo la oscuridad tomaba forma en los rincones olvidados de las casas, en los pasillos vacíos y, especialmente, en los ojos de las personas. De día, era un hombre normal, respetado, incluso amable. Pero de noche, cuando el reloj marcaba la medianoche, Rodrigo se transformaba en algo completamente diferente.

Todo comenzó una noche lluviosa de otoño, cuando una joven llamada Clara, una de las pocas personas que frecuentaba la biblioteca, desapareció sin dejar rastro. Nadie la había visto salir. Durante días, la policía buscó en cada rincón del pueblo, pero no hubo pistas. La familia de Clara estaba devastada, pero lo que nadie sabía era que ella ya estaba mu**ta, y su sombra estaba ahora con Rodrigo, atrapada en el sótano de su casa, una casa antigua que él mismo había remodelado para sus oscuros fines.

Cada noche, Rodrigo traía a su "nueva presa" a su casa. Los elegía cuidadosamente entre aquellos que frecuentaban la biblioteca, aquellos que se detenían más tiempo entre los pasillos solitarios, los que no se daban cuenta de su presencia. Cuando los tenía donde quería, les ofrecía su "ayuda" o simplemente les hacía una pregunta. Luego, los invitaba a su hogar para una charla nocturna, donde las luces se apagaban, y la verdadera caza comenzaba.

Rodrigo no mataba por placer, sino por necesidad. Quería observar cómo las sombras de las personas se distorsionaban con el miedo. Se divertía observando cómo las víctimas intentaban escapar, corriendo entre las oscuras habitaciones de su casa, buscando la luz. Pero lo que no sabían era que, mientras más corrían, más se adentraban en la oscuridad. La sombra las consumía poco a poco.

En el momento en que lograba atraparlas, Rodrigo les hacía una última pregunta:
—¿Sabes lo que es ser realmente invisible?

Cuando la respuesta no llegaba, él sonreía, porque eso significaba que su presa había comprendido demasiado tarde lo que había ocurrido. Ya no eran más que sombras, y él, el cazador, se quedaba con sus almas, atrapadas en la oscuridad, como si nunca hubieran existido.

La desaparición de Clara fue solo el principio. Durante los siguientes meses, desaparecieron más personas. Nadie sospechaba de Rodrigo, ya que seguía siendo el mismo bibliotecario amable, el hombre que siempre ayudaba a los estudiantes a encontrar lo que buscaban. Nadie imaginaba que detrás de esa fachada se encontraba el monstruo que se alimentaba de las sombras.

Pero todo cambió una noche, cuando el hermano de Clara, un joven llamado Víctor, decidió investigar por su cuenta. Había seguido las pistas, conectado los puntos entre las desapariciones, y comenzó a sospechar de Rodrigo. Una noche, armado con una linterna y su determinación, se coló en la casa del bibliotecario.

Lo que encontró en el sótano lo dejó helado. Allí estaban las sombras, las sombras de todas sus víctimas, flotando en la penumbra, como figuras atrapadas en una cárcel invisible. Y en el centro de la oscuridad, Rodrigo estaba esperándolo.

—Pensé que me habías olvidado, Víctor —dijo Rodrigo con una sonrisa fría, mientras las sombras se acercaban lentamente.

La linterna de Víctor cayó al suelo, y el último grito que se escuchó en la casa de Rodrigo fue un lamento ahogado, absorbido por la oscuridad.

Hoy, la biblioteca de la ciudad sigue abierta, y Rodrigo Silva sigue siendo recordado como el amable bibliotecario que nunca hacía daño. Pero aquellos que se quedan mucho tiempo en los pasillos solitarios de la biblioteca, especialmente después del anochecer, aseguran escuchar susurros provenientes de las sombras, como si alguien los estuviera observando. Y algunos, los más sensibles, juran ver una figura con ojos vacíos entre los estantes, esperando, como siempre, por su próxima víctima.

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La Sombra del CeibalEn las profundidades de la selva guatemalteca, cerca de las ruinas mayas de Petén, existía un pueblo...
25/11/2024

La Sombra del Ceibal

En las profundidades de la selva guatemalteca, cerca de las ruinas mayas de Petén, existía un pueblo olvidado por el tiempo llamado Ceibal Viejo. Sus habitantes vivían aislados, aferrados a tradiciones antiguas y al temor de una presencia oscura que, según decían, habitaba en los árboles más viejos. Los ancianos advertían a todos: "Nunca salgan después del atardecer. En la sombra del ceibal, la muerte camina."

Pero como siempre ocurre, no todos obedecían.

Alicia, una joven arqueóloga, llegó al pueblo atraída por la historia de unas estelas que nadie había documentado. Con ella iba Santiago, su asistente y fotógrafo. Ambos habían escuchado las advertencias de los lugareños, pero eran personas de ciencia, y los cuentos de brujas y demonios no los detenían.

La primera semana de exploración fue tranquila. Caminaban hasta el borde de la selva, marcaban los lugares de interés y regresaban al pueblo antes de que el sol cayera. Pero en su última noche, Alicia convenció a Santiago de quedarse más tiempo. "Solo un poco más", dijo. "La luz al atardecer es perfecta para las fotos."

El sol se hundió lentamente tras el horizonte, y con él, el silencio se apoderó del bosque. Los grillos y las aves callaron, y una brisa fría comenzó a mover las hojas. Alicia, absorta en una estela que apenas había terminado de limpiar, no se dio cuenta de lo tarde que era hasta que Santiago la llamó.

—Alicia, vámonos ya. Esto no me gusta.

Ella bufó, pero accedió. Recogieron sus cosas y comenzaron a caminar de regreso, pero algo no estaba bien. El camino que habían tomado tantas veces ahora parecía desconocido. Los árboles, altos y antiguos, se entrelazaban sobre sus cabezas, bloqueando la luz de la luna.

—¿No trajiste la linterna? —preguntó Santiago.

—Está en la mochila, pero no creo que la necesitemos, ya casi llegamos.

Ambos sabían que eso no era cierto.

El aire se volvió más denso, como si el bosque estuviera vivo y observándolos. De repente, un crujido resonó a su derecha. Santiago apuntó con su cámara, pero la oscuridad era total.

—Debe ser un animal —murmuró Alicia, más para convencerse a sí misma que a él.

Siguieron caminando, pero el crujido se repitió, esta vez a su izquierda. Luego, un susurro apenas audible, como si alguien pronunciara sus nombres desde lo profundo del bosque.

—¿Lo escuchaste? —preguntó Santiago, con la voz temblorosa.

Alicia asintió. "Alicia... Santiago..." El susurro era cada vez más claro, pero no había nadie.

Santiago encendió la linterna, y el haz de luz iluminó algo entre los árboles. Era una figura, alta y delgada, cubierta por sombras que parecían retorcerse como humo. No tenía rostro, pero en su lugar había un vacío oscuro que parecía absorber la luz.

Sin pensarlo, ambos echaron a correr. Los árboles parecían moverse, cerrándose a su alrededor. Cada paso era más difícil, como si el suelo los atrapara. Santiago tropezó, y cuando Alicia se giró para ayudarlo, la linterna rodó por el suelo, apagándose.

—¡Levántate! —gritó, desesperada.

Santiago se incorporó, pero algo lo tomó del tobillo y lo arrastró hacia la oscuridad. Su grito fue desgarrador. Alicia quiso correr tras él, pero una mano fría y huesuda la rozó por la espalda, y sintió que el mundo se desmoronaba a su alrededor.

Corrió sin rumbo, con lágrimas en los ojos y el corazón a punto de estallar. Finalmente, llegó a un claro donde el pueblo debía estar, pero no había nada. Sólo ruinas, cubiertas de maleza, como si nadie hubiera vivido allí en siglos.

Alicia nunca volvió a salir del bosque. Los habitantes de Ceibal Viejo encontraron su mochila días después, colgada en las ramas de un ceibal enorme, el árbol sagrado de los mayas. Junto a ella estaba la cámara de Santiago.

Cuando la encendieron, sólo había una foto: un claro oscuro, con un ceibal en el centro. Y entre sus raíces, la sombra de una figura alargada, inclinada hacia la cámara, como si estuviera mirando a quien la observaba.

Los ancianos del pueblo dijeron que la Sombra del Ceibal se la había llevado, como a tantos otros que habían desobedecido las advertencias. Nadie volvió a explorar ese bosque, y quienes lo rodeaban juraban que, en noches sin luna, podían escuchar susurros llamándolos desde los árboles.

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