F.M. Alternativa

F.M. Alternativa Exégesis y Teología Bíblica Evangélica

30/12/2025

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Diciembre 30, 2025

Plan de lectura bíblica diaria:
Día 364 — Apocalipsis 15-18

DEL FUEGO A LA GLORIA: LOS VENCEDORES DE LA BESTIA Y EL CÁNTICO ETERNO DEL CORDERO

«Grandes y maravillosas son tus obras, oh Señor Dios, el Todopoderoso. Justos y verdaderos son tus caminos, oh Rey de las naciones. ¿Quién no te temerá, Señor, y glorificará tu nombre? Pues solo tú eres santo. Todas las naciones vendrán y adorarán delante de ti, porque tus obras de justicia han sido reveladas» (Apocalipsis 15:3-4 NTV).

En el marco solemne y estremecedor de la gran tribulación, justo antes de que los siete ángeles designados por Dios derramen las últimas siete copas que completarán la plenitud de su justa ira, el apóstol Juan contempla una de las escenas más sublimes del Apocalipsis. Ante sus ojos aparece una multitud incontable de redimidos, de pie sobre un mar de cristal mezclado con fuego, símbolo de pureza, victoria y juicio consumado. Estos son los que vencieron a la Bestia: hombres y mujeres que no se inclinaron ante su poder, que rehusaron adorar su imagen y que se negaron a recibir la marca del 666 —el número de su nombre— en la mano derecha o en la frente, aun cuando ello les costó la vida.

A todos ellos, Dios mismo les entrega un arpa, instrumento de alabanza y celebración celestial, para entonar un cántico de victoria incomparable: el cántico de Moisés y del Cordero. No se trata de una canción cualquiera, sino de un himno eterno que une la antigua redención de Israel con la obra perfecta de Cristo. Es el eco glorioso del triunfo definitivo de Dios sobre el mal, el pecado y la muerte.

Este cántico exalta la grandeza, la santidad y la perfecta justicia de Dios. Así como el Señor libró a su pueblo de la esclavitud de Faraón en Egipto mediante señales portentosas y el juicio de las plagas, de la misma manera librará a sus escogidos de la tiranía despiadada de la Bestia durante la tribulación. El Dios que abrió el mar Rojo es el mismo que sostendrá a sus fieles en medio del fuego del juicio final. Él es fiel a sus promesas y jamás abandona a quienes confían plenamente en Él.

Aunque el Anticristo actuará como instrumento directo de Satanás, respaldado por todas las fuerzas del in****no, su poder será limitado y temporal. Nuestro Dios es omnipotente, soberano y eterno, y lo vencerá de manera absoluta. Los juicios que se ejecutarán durante la tribulación no serán arrebatos caprichosos, sino manifestaciones claras de la justicia perfecta de Dios. Los grandes, los poderosos y los soberbios de la tierra serán juzgados sin favoritismos y recibirán su justa retribución por su ingratitud, su maldad y las injusticias cometidas contra Dios y contra el prójimo.

Ante esta revelación, surge una pregunta ineludible y profundamente personal: ¿dónde estarás tú en esos días? ¿Marcado con el 666, sirviendo y adorando a la Bestia por miedo o conveniencia, o con un arpa en las manos, adorando a Dios junto a los vencedores con el cántico de Moisés y del Cordero? ¿Eres consciente del precio que habrá que pagar por creer y confesar a Cristo en medio de la tribulación? ¿De verdad piensas que la Bestia será menos cruel que tiranos como Stalin, Mao Zedong o Pol Pot, responsables de millones de muertes? Si hoy, en medio de libertad, comodidad y tolerancia, te da pereza, indiferencia o vergüenza vivir tu fe, ¿cómo crees que responderás cuando la Bestia persiga sin piedad a quienes se nieguen a postrarse ante su estatua y adorar su nombre?

¿De verdad quieres esperar a verte envuelto en ese escenario de terror y persecución para creer en Jesús? ¿Crees que será más fácil entonces, cuando creer implique perderlo todo? Si yo estuviera en tu lugar, no lo dudaría: aceptaría hoy mismo el señorío de Cristo, me rendiría a Él sin reservas y me prepararía para partir con Él en el arrebatamiento de la Iglesia, en vez de enfrentar los terribles y devastadores golpes de la tribulación universal. Hoy todavía resuena la voz de la gracia. Mañana, quizás, solo quede el eco del juicio.

—Carlos Humberto Suárez Filtrín

28/12/2025

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Diciembre 28, 2025

Plan de lectura bíblica diaria:
Día 362 — Apocalipsis 6-9

7⃣ SIETE AÑOS DECISIVOS: GRACIA, SALVACIÓN Y LA ELECCIÓN FINAL DE LA HUMANIDAD

«Después de esto vi una enorme multitud de todo pueblo y toda nación, tribu y lengua, que era tan numerosa que nadie podía contarla. Estaban de pie delante del trono y delante del Cordero. Vestían túnicas blancas y tenían en sus manos ramas de palmeras. Y gritaban con gran estruendo: "¡La salvación viene de nuestro Dios que está sentado en el trono y del Cordero!"» (Apocalipsis 7:9-10 NTV).

Durante el terrible y decisivo período de siete años conocido como la gran tribulación, que afectará tanto a Israel como al mundo entero, se desarrollará una actividad evangelística sin precedentes en la historia humana. En medio del juicio, el caos y el sufrimiento global, Dios manifestará de manera extraordinaria su gracia y su misericordia, y una multitud incontable de personas será salva. Esto deja claro que, aun en los tiempos más oscuros, el corazón de Dios sigue latiendo por la redención del ser humano.

La pregunta inevitable es: ¿cómo serán salvas las personas durante la tribulación? La respuesta es la misma desde el inicio de la historia bíblica: únicamente por la gracia soberana de Dios. La salvación pertenece a Yahweh y nunca ha dependido del mérito humano, de las obras religiosas ni de la justicia personal. Desde Abel hasta el último creyente de la tribulación, todos han sido, son y serán salvos por la fe, mediante la misericordia divina revelada en el sacrificio del Cordero.

En ese tiempo, ciento cuarenta y cuatro mil israelitas, sellados por el Espíritu Santo de Dios, serán levantados como testigos fieles para anunciar el evangelio del reino a todos los habitantes de la tierra. Serán evangelistas incansables, protegidos sobrenaturalmente para cumplir su misión. No habrá rincón del planeta que quede sin testimonio: desde las grandes metrópolis hasta la choza más remota, todos escucharán el mensaje de salvación en Cristo. El evangelio llegará a cada lengua, nación y pueblo, de modo que nadie podrá alegar ignorancia.

Como en los días de la dominación del Imperio romano —pero a una escala global y sin precedentes— la humanidad entera se verá obligada a tomar una decisión radical. No existirá neutralidad ni términos medios. O se cree y se confía en Cristo, o se rinde adoración al Anticristo. No habrá una tercera opción. Quien adore a la Bestia podrá g***r temporalmente de seguridad, prosperidad y aceptación social; quien confiese a Cristo enfrentará persecución extrema: será despojado de sus bienes, marginado, encarcelado, humillado, torturado y, en muchos casos, ejecutado. Lo que hoy ocurre en más de cincuenta países, donde los cristianos sufren persecución, durante la tribulación se convertirá en una inquisición universal y sistemática.

Este escenario futuro no es una exageración ni una fábula apocalíptica, sino una solemne advertencia profética. Dios no se complace en el juicio, pero es justo y santo; y, al mismo tiempo, extiende su gracia hasta el último momento posible antes del desenlace final.

Y tú, ¿ya has sido salvo por la sangre del Cordero? ¿Eres un cristiano definido o uno indeciso y tibio? ¿Compartes con valentía tu fe en Cristo o te avergüenzas de Él? Cuando llegue el momento decisivo, ¿te irás con Cristo o te quedarás con el Anticristo?

Mi anhelo es que tengas plena certeza de tu salvación eterna hoy mismo, porque si no la tienes, este es el día aceptable para creer en Jesús y ser salvo por Él. Para quienes decidan rechazar a Cristo, incluso esta breve reflexión quedará como testimonio en su contra. Solo pensarlo estremece el alma y hace que la piel se erice. Pero aún hay tiempo. Hoy sigue resonando la voz de la gracia. Mañana podría ser demasiado tarde.

—Carlos Humberto Suárez Filtrín

27/12/2025

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Diciembre 27, 2025

Plan de lectura bíblica diaria:
Día 361 — Apocalipsis 1-5

LA VISIÓN GLORIOSA DE JESUCRISTO

«Al verlo, caí a sus pies como mu**to. Pero él, poniendo su mano derecha sobre mí, me dijo: "No tengas miedo; yo soy el primero y el último, y el que vive. Estuve mu**to, pero ahora vivo para siempre. Yo tengo las llaves del reino de la muerte. Escribe lo que has visto: lo que ahora hay y lo que va a haber después"» (Apocalipsis 1:17-19 DHH).

Juan, el apóstol a quien Jesús amaba, fue probablemente el más joven del grupo de los Doce, el que vivió más años y el único que murió de muerte natural. Su vida atravesó décadas decisivas para la iglesia primitiva, desde los días luminosos del ministerio terrenal de Cristo hasta los tiempos oscuros de la persecución romana.

Por causa de su fidelidad al evangelio, fue desterrado a Patmos, una pequeña y árida isla del mar Egeo, no como castigo por un crimen, sino como consecuencia de predicar la Palabra de Dios y dar testimonio de Jesucristo. Allí, en el aislamiento y la aflicción, Dios le concedió uno de los mayores privilegios espirituales registrados en las Escrituras: recibir la revelación de Jesucristo y escribir el Apocalipsis, el último libro del Nuevo Testamento.

En Patmos, Jesús se reveló a Juan en toda su gloria, majestad y autoridad, de una manera semejante —aunque aún más impresionante— a la experiencia vivida años atrás en el monte de la transfiguración. Aquel que Juan había recostado sobre su pecho en la última cena ahora se manifestaba como el Señor resucitado, con ojos como llama de fuego y voz como estruendo de muchas aguas. Para el anciano apóstol, esta visión fue una culminación extraordinaria de su carrera apostólica, una confirmación definitiva de que valió la pena invertir su juventud, sus talentos y su vida entera en conocer, amar y proclamar a Cristo, aun cuando ello implicara sufrimiento y rechazo.

El Jesús glorioso que se le apareció en Patmos era el mismo Jesús de Nazaret que Juan había conocido en las orillas del mar de Galilea, cuando trabajaba como pescador junto a su hermano Jacobo. El Maestro que un día dijo: “Sígueme”, ahora reafirmaba que está vivo, reina con poder y regresará pronto por su amada iglesia. La historia no camina al azar: tiene un propósito y un desenlace glorioso bajo la soberanía de Dios.

En el Apocalipsis, Juan escribió acerca de la persona y la obra de Cristo, evaluó la condición espiritual de las siete iglesias del Asia Menor y describió los acontecimientos que precederán a la segunda venida del Señor. Aunque algunos han intentado reducir su mensaje a hechos del primer siglo, el libro no se agotó en aquel tiempo, a pesar de las terribles persecuciones del Imperio romano.

El Apocalipsis sigue siendo un libro plenamente vigente, profético y desafiante, cuyas visiones —especialmente las comprendidas entre los capítulos 6 y 19— señalan eventos futuros que podrían comenzar a desarrollarse en cualquier momento, si Cristo arrebatara hoy a su Iglesia. Este libro no fue escrito para infundir temor paralizante, sino para fortalecer la fe, avivar la esperanza y llamar a la fidelidad. Revela que, más allá del caos aparente del mundo, Dios sigue sentado en su trono, y que el Cordero que fue inmolado es digno de recibir la gloria, la honra y el poder.

Y tú, ¿a quién amas y a quién sirves? ¿Esperas con gozo y expectación la segunda venida de Cristo? ¿El Apocalipsis despierta en ti reverente esperanza o temor infundado? ¿Crees de verdad que lo que Juan escribió hace casi dos mil años no guarda relación con lo que hoy ocurre ante nuestros ojos? La oferta de salvación sigue abierta un día más: cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo tú y tu casa.

—Carlos Humberto Suárez Filtrín

26/12/2025

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Diciembre 26, 2025

Plan de lectura bíblica diaria:
Día 360 — 2 Juan, 3 Juan y Judas

CAMINAR CON LA VERDAD SIRVIENDO CON GENEROSIDAD

«Querido hermano, oro para que te vaya bien en todos tus asuntos y goces de buena salud, así como prosperas espiritualmente» (3 Juan 2 NVI).

La tercera carta del apóstol Juan fue dirigida a Gayo, un creyente fiel y generoso, probablemente un líder respetado dentro de la iglesia local. Este hermano era ampliamente conocido por su ternura, hospitalidad y bondad, virtudes que se manifestaban de manera concreta en su trato hacia los predicadores itinerantes y que habían llegado a ser notorias en toda la región. Su vida era un testimonio vivo del amor cristiano puesto en acción.

El nombre Gayo es una transliteración del nombre romano Gaius o Caius, que significa “señor” o “terrateniente”. Es muy posible que este Gayo fuera el creyente de Corinto que fue bautizado por el apóstol Pablo (1 Corintios 1:14) y que aparece mencionado en los saludos finales de la epístola a los Romanos (Romanos 16:23). Pablo destaca de él una virtud extraordinaria: su disposición a ofrecer hospedaje no solo al apóstol, sino también a toda la iglesia, lo cual revela un corazón amplio, desprendido y comprometido con la obra del Señor.

Los evangelistas itinerantes eran predicadores que recorrían pueblo tras pueblo anunciando el mensaje del evangelio en un mundo mayormente pagano y hostil a la fe cristiana. Hermanos como Gayo desempeñaban un papel crucial en este ministerio, ofreciéndoles alojamiento, alimento y apoyo económico, de modo que pudieran continuar su labor sin distracciones ni cargas innecesarias. Aquellos siervos de la Palabra, atendidos con esmero y amor cristiano, daban testimonio de que Gayo era fiel al Señor y que vivía conforme a la verdad, no solo en palabras, sino en hechos.

Esta noticia llenó de profunda alegría el corazón del apóstol Juan, quien expresó que no tenía mayor gozo que oír que sus hijos espirituales andaban en la verdad. Para Juan, la verdad no era un concepto meramente doctrinal, sino una realidad vivida, encarnada en actos de amor, obediencia y servicio desinteresado.

Gayo servía a sus huéspedes con atención sincera y amistad genuina, proveyendo con diligencia para sus necesidades materiales. Esto cobraba especial importancia, ya que los misioneros del Señor habían decidido no recibir ayuda de los gentiles, para no poner tropiezo al evangelio ni comprometer su mensaje. De esta manera, la iglesia asumía responsablemente su llamado de sostener a quienes ministraban la Palabra, permitiendo que el evangelio siguiera extendiéndose con poder por todo el Imperio Romano.

¡Qué hermoso y desafiante testimonio de fidelidad y generosidad nos dejó nuestro querido hermano Gayo! Sin buscar reconocimiento humano ni promoción personal, apoyaba silenciosamente a los siervos del Señor que proclamaban la bendita Palabra de Dios. Tal vez Gayo no fue un gran predicador ni un evangelista de multitudes, pero su contribución fue estratégica y esencial. Sus ofrendas, su hospitalidad y su amor se unían a la obra de aquellos que anunciaban el evangelio públicamente.

Por esta razón, en el Tribunal de Cristo, tanto los predicadores como quienes los sostuvieron con sus recursos y servicio recibirán la misma recompensa, pues todos participaron de la misma obra y fueron colaboradores en la expansión del Reino de Dios. Que el ejemplo de Gayo nos inspire a caminar en la verdad y a servir con generosidad, para la gloria de nuestro Señor Jesucristo. Amén.

—Carlos Humberto Suárez Filtrín

25/12/2025

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Diciembre 25, 2025

Plan de lectura bíblica diaria:
Día 359 — 1 Juan 1-5

🌲 ¿NAVIDAD O VANIDAD?

«Les anunciamos al que existe desde el principio, a quien hemos visto y oído. Lo vimos con nuestros propios ojos y lo tocamos con nuestras propias manos. Él es la Palabra de vida. Él, quien es la vida misma, nos fue revelado, y nosotros lo vimos; y ahora testificamos y anunciamos a ustedes que él es la vida eterna. Estaba con el Padre, y luego nos fue revelado. Les anunciamos lo que nosotros mismos hemos visto y oído, para que ustedes tengan comunión con nosotros; y nuestra comunión es con el Padre y con su Hijo, Jesucristo» (1 Juan 1:1-3 NTV).

El reconocido teólogo estadounidense Timothy Keller afirmó en una ocasión: «Los fundadores de todas las religiones dijeron: “Te mostraré cómo encontrar a Dios”. Jesús dijo: “Yo soy Dios y he venido para encontrarte a ti”».

Esta declaración resume con precisión el corazón del mensaje cristiano. La Navidad no celebra el esfuerzo del ser humano por alcanzar a Dios, sino la iniciativa soberana de Dios para acercarse al ser humano. En la encarnación del Verbo, Dios tomó forma humana y se reveló de manera definitiva a la humanidad a través de la vida, las palabras y las obras de su Hijo Jesucristo. En su cuerpo mortal, Jesús cargó con el pecado del mundo y lo juzgó de una vez y para siempre, abriendo así el camino de la reconciliación.

Por eso, como el mismo Keller expresó con claridad pastoral: «La Navidad te está diciendo que tú nunca serías capaz de llegar al cielo por tu cuenta. Dios tuvo que venir a ti». La encarnación proclama la imposibilidad de la autosalvación y, al mismo tiempo, la abundancia de la gracia divina. Dios no esperó a que el ser humano se elevara hasta Él; descendió hasta nuestra fragilidad, cargó con nuestra culpa y habitó entre nosotros, lleno de gracia y de verdad.

El filósofo suizo Jean Vanier escribió con profunda sensibilidad espiritual: «En el principio, antes de todas las cosas, existió comunión: comunión entre Dios y el Logos. En un momento del tiempo, el Logos fue hecho carne y entró en la historia. Él vino a conducirnos a todos a esta comunión, que es la misma vida de Dios». Esta comunión perdida por el pecado es precisamente lo que Cristo vino a restaurar. Cuando el apóstol Juan escribió su carta, no habló desde la teoría, sino desde la experiencia viva. Dio testimonio de lo que había visto y oído, de la transformación radical de su vida y de la dulce comunión que ahora disfrutaba con el Padre gracias a la obra redentora del Hijo. El Dios eterno, sin principio ni fin, entró en el tiempo y el espacio, se dejó ver, tocar y escuchar, para que nosotros pudiéramos tener vida en Él.

¿Qué ocurrió exactamente en aquella primera Navidad? No lo sabremos con total precisión, pero su significado es innegable. El célebre escritor irlandés C. S. Lewis, autor de Las crónicas de Narnia, lo expresó con asombrosa sencillez y profundidad: «Hubo una vez en el mundo un establo, y en ese establo, algo más grande que el mundo entero». En ese humilde pesebre nació Aquel por quien y para quien fueron creadas todas las cosas.

Por eso podemos coincidir con la acertada afirmación del pastor Ralph W. Sockman: «La historia gira sobre la bisagra de la puerta en Belén». Belén no fue un accidente ni un detalle menor, sino el punto de inflexión de la historia humana. Allí comenzó la obra que culminaría en la cruz y la resurrección, trayendo esperanza, perdón y vida eterna a todo aquel que cree.

Y ahora, la pregunta es personal e ineludible: ¿puedes afirmar que Jesús es tu Señor y Salvador? ¿Puedes, en esta Navidad, ponerte delante de los tuyos y dar testimonio sincero de que Cristo ocupa el centro de tu corazón? ¿Puedes confesar que tu vida está sometida a su señorío y que vives, no para ti mismo, sino para la gloria de su nombre? Si no puedes responder afirmativamente a estas preguntas, hoy es un buen momento para hacerlo. Cree en Jesús ahora mismo, entrégale tu vida y disfruta plenamente del verdadero significado de la Navidad. Recuerda siempre esta verdad sencilla y profunda: la Navidad con Cristo es felicidad; la Navidad sin Cristo es vanidad.

—Carlos Humberto Suárez Filtrín

24/12/2025

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Diciembre 24, 2025

Plan de lectura bíblica diaria:
Día 358 — 2 Pedro 1-3

DIOS DE INCÓGNITO... PARA REVELARNOS LA VIDA

«Reciban abundancia de gracia y de paz mediante el conocimiento que tienen de Dios y de Jesús, nuestro Señor» (2 Pedro 1:2 DHH).

El reconocido escritor y crítico social irlandés Os Guinness, al reflexionar sobre lo extraordinario y desconcertante de la encarnación, escribió con aguda lucidez: «El Verbo se hizo carne y habló en forma humana como uno de nosotros, aunque de incógnito y con un disfraz que nos despistó y nos hizo quedar en ridículo. El Dios de todo poder escogió hacerse débil para subvertir nuestro insignificante poder. El Dios de toda riqueza escogió volverse pobre para subvertir nuestra escasa riqueza. El Dios de toda sabiduría escogió volverse insensato para subvertir nuestra sabiduría imaginada. El Dios que es el único ser decisivo escogió ser un don nadie, para subvertirnos cuando pensábamos tontamente que éramos alguien».

Estas palabras nos recuerdan que la encarnación no fue solo un acto de amor, sino también una revolución divina que trastocó por completo los valores humanos. Dios no se reveló desde los tronos del poder ni desde los palacios del prestigio, sino desde la fragilidad de un pesebre, el anonimato de Nazaret y la humillación de una cruz. En Cristo, Dios se acercó tanto a nosotros que muchos no lo reconocieron; su grandeza fue velada por la sencillez, y su gloria, por la humildad.

Jesús, Dios con nosotros, es la fuente inagotable de gracia, conocimiento y paz. Los destinatarios de la segunda carta del apóstol Pedro ya habían recibido estas bendiciones al creer en Jesucristo. Sin embargo, no estaban llamados a conformarse con una fe inicial o estática, sino a crecer, madurar y perfeccionarse en ellas para vivir vidas marcadas por la rectitud y el carácter piadoso.

Aunque el mundo se encontraba —y aún se encuentra— corrompido y envuelto en densas tinieblas a causa de los malos deseos humanos, los creyentes eran llamados a vivir de manera distinta. Su misión era preservar y alumbrar ese mundo mediante una vida de excelencia moral, una obediencia sincera a Dios y la práctica constante del amor fraternal. La fe verdadera no se limita a creer correctamente, sino que se manifiesta en una conducta transformada.

Crecer en la gracia y en el conocimiento de nuestro Señor Jesucristo les permitiría llevar vidas más influyentes, útiles y fructíferas para el reino de Dios. No obstante, este crecimiento moral, intelectual y espiritual no ocurriría de forma automática ni instantánea. Requeriría disciplina, perseverancia y valentía para nadar contra la corriente de una cultura hostil a la verdad. Aun así, el esfuerzo valdría la pena, pues al final Dios les concedería —y nos concederá— una cálida y gloriosa bienvenida en el reino eterno de nuestro Señor y Salvador Jesucristo.

Y ahora la pregunta inevitable: ¿a qué reino perteneces y a quién sirves: al de Cristo o al de las tinieblas? Vivir al servicio del reino de las tinieblas es una pérdida fatal de tiempo, propósito y talento. Hoy es el día para abandonar ese camino sin salida. Cree en Jesús como tu Salvador, entrégale tu vida y camina en su luz, porque solo en Él hay salvación, vida eterna y verdadera esperanza.

—Carlos Humberto Suárez Filtrín

23/12/2025

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Diciembre 23, 2025

Plan de lectura bíblica diaria:
Día 357 — 1 Pedro 1-5

🔥 UNA FE PROBADA POR EL FUEGO

«Por lo tanto, vivan como hijos obedientes de Dios. No vuelvan atrás, a su vieja manera de vivir, con el fin de satisfacer sus propios deseos. Antes lo hacían por ignorancia, pero ahora sean santos en todo lo que hagan, tal como Dios, quien los eligió, es santo» (1 Pedro 1:14-15 NTV).

Charles Spurgeon, el célebre predicador inglés del siglo XIX y autor de innumerables frases memorables, escribió en una ocasión: «Evite un evangelio de azúcar. Busque el Evangelio que rasga, que le hace brotar lágrimas, que hiere y corta su conciencia, el Evangelio que mata su “yo”. Porque ese es el Evangelio que nos da vida de nuevo».

Spurgeon no se refería a un mensaje cruel o desprovisto de gracia, sino al Evangelio verdadero, aquel que confronta el pecado, desnuda el corazón humano y nos lleva al arrepentimiento genuino. Es precisamente ese Evangelio —profundo, exigente y vivificador— el que recibieron los destinatarios de la primera carta del apóstol Pedro: creyentes expatriados, marginados y perseguidos, dispersos en diversas provincias de la península de Anatolia, lo que hoy conocemos como Turquía.

Dios los había salvado por medio de la fe en Jesucristo y les había concedido una esperanza viva. Les prometió una herencia invaluable, incorruptible, pura e inmaculada, que no se marchita ni se deteriora con el paso del tiempo, y que está cuidadosamente reservada en los cielos para ellos. Aunque estaban atravesando duras pruebas y sufrimientos, Pedro les recuerda que esas aflicciones eran temporales y tenían un propósito eterno: demostrar que su fe era auténtica, del mismo modo que el fuego prueba y purifica el oro. Una fe que permanece firme en medio de la adversidad resulta en alabanza, gloria y honra cuando Jesucristo sea revelado al mundo entero.

Dios nunca prometió a sus hijos una vida cristiana cómoda, fácil o exenta de dificultades. Por el contrario, Jesucristo fue claro al afirmar que en el mundo tendríamos aflicciones; sin embargo, también nos animó con una promesa gloriosa: Él ha vencido al mundo. No todo sufrimiento tiene valor espiritual: padecer por causa del pecado —como mentir, robar o cometer injusticias— no produce honra alguna. Pero sufrir por confesar a Cristo, por vivir conforme a su doctrina y por defender la verdad del Evangelio, es un privilegio que Dios honra. A tal punto, que incluso dar la vida por esa causa es ganancia eterna.

Esto nos lleva a una pregunta profunda y confrontadora: Si hoy fueras llevado a juicio por ser cristiano, ¿habría pruebas suficientes para condenarte? ¿Refleja tu vida una fe visible, coherente y santa delante de los hombres? ¿Tus palabras, decisiones y actitudes evidencian que perteneces a Cristo?

No olvidemos que lo que hoy experimentamos como una prueba dolorosa, mañana puede convertirse en un testimonio poderoso. Dios utiliza el sufrimiento fiel para fortalecer nuestra fe y para edificar la vida de otros creyentes. Las cicatrices que deja la fidelidad al Evangelio no son motivo de vergüenza, sino marcas de honor que proclaman que Cristo vive en nosotros.

—Carlos Humberto Suárez Filtrín

22/12/2025

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Diciembre 22, 2025

Plan de lectura bíblica diaria:
Día 356 — Santiago 4-5

💛 UNA AMISTAD QUE DEFINE LA VIDA

«¡Adúlteros! ¿No se dan cuenta de que la amistad con el mundo los convierte en enemigos de Dios? Lo repito: si alguien quiere ser amigo del mundo, se hace enemigo de Dios» (Santiago 4:4 NTV).

Oswald Chambers afirmó en cierta ocasión: «Dios quiere que tengas una relación con Él mucho más íntima que la de simplemente recibir sus regalos». Esta declaración revela una verdad profunda y a menudo olvidada: Dios no desea ser visto únicamente como el dador de bendiciones, sino como el centro de una relación viva, personal y transformadora. Él anhela una comunión estrecha, diaria y profunda con nosotros; una relación en la que reciba nuestra adoración sincera, experimente nuestro amor obediente y ocupe el lugar supremo en nuestras prioridades. Dios desea que nuestros ojos, nuestro corazón y nuestra voluntad estén enfocados en Él, sin distracciones ni rivalidades. Su amistad con nosotros es real, genuina y duradera, tal como lo afirmó Jesús: «Ustedes ahora son mis amigos, porque les he contado todo lo que el Padre me dijo» (Juan 15:15).

A partir de esta verdad, surge una pregunta crucial: ¿qué entiende la Biblia por “el mundo”? En las Escrituras, la palabra griega kósmos, traducida al español como “mundo”, posee diversos significados según el contexto. En esta reflexión nos referimos al kósmos como un sistema u organización: el entramado político, social, cultural y económico que funciona deliberadamente al margen de Dios, en abierta oposición a su voluntad y a sus principios. Este sistema promueve valores contrarios al Reino de Dios, fomenta la autosuficiencia humana y busca desplazar a Dios del centro de la vida, impidiendo que las personas vivan para su gloria.

En segundo lugar, es necesario preguntarnos: ¿en qué consiste la amistad del creyente con el mundo? Esta amistad se manifiesta en un deseo desordenado por obtener lo que no se tiene —riquezas, posesiones y comodidades— y en la envidia hacia lo que otros poseen —poder, prestigio, fama y placer—. Cuando estos anhelos no son satisfechos, el corazón humano, dominado por el egoísmo y la ambición, puede llegar a generar conflictos, pleitos e incluso violencia. De ahí que vivamos en una sociedad marcada por la injusticia, la rivalidad y la crueldad: un mundo donde muchos luchan por imponer sus propios intereses, aun a costa del prójimo.

Frente a esta tentación humana universal, el apóstol Santiago nos presenta una solución clara y contundente: humillarnos delante de Dios y acercarnos a Él con un corazón limpio y sincero. La verdadera victoria no se encuentra en poseer más, sino en rendirnos más plenamente al Señor. Cuando reconocemos nuestra dependencia de Dios, confesamos nuestros pecados y renunciamos a la amistad con el mundo, Él promete levantarnos, restaurarnos y honrarnos a su debido tiempo. Personalmente, no conozco a nadie que, viviendo en desobediencia y dándole la espalda a Dios, haya concluido su vida con verdadero éxito, gozo duradero y paz genuina.

Por ello, hagamos nuestro el sabio consejo expresado en el libro de Job: «Vuelve ahora en amistad con Él, y tendrás paz; y por ello te vendrá el bien» (Job 22:21). Solo la amistad con Dios satisface plenamente el alma, ordena nuestros afectos y nos conduce a una vida abundante, tanto ahora como por la eternidad.

—Carlos Humberto Suárez Filtrín

21/12/2025

ELÍAS, EL PROFETA DE FUEGO Y EL PROFETA DEL DESIERTO

21/12/2025

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Diciembre 21, 2025

Plan de lectura bíblica diaria:
Día 355 — Santiago 1-3

😛 LA LENGUA: UN INSTRUMENTO DE VIDA O DE CONDENACIÓN

«Es cierto que todos cometemos muchos errores. Pues, si pudiéramos dominar la lengua, seríamos perfectos, capaces de controlarnos en todo sentido» (Santiago 3:2 NTV).

Alguien dijo con acierto: «El mundo está lleno de gente con la sonrisa en la boca y veneno en la lengua». Esta expresión resume con crudeza la profunda dualidad que habita en el corazón humano y que se manifiesta, de manera evidente, a través de la lengua. No es exagerado afirmar que la lengua es uno de los miembros más influyentes del cuerpo, pues por medio de ella formamos palabras, adoramos a Dios, expresamos ideas, emitimos juicios, compartimos pensamientos y comunicamos aquello que habita en lo más profundo de nuestro ser. Sin embargo, ese mismo instrumento puede ser usado para profanar la santidad del nombre de Dios, herir la dignidad del prójimo, sembrar discordia y destruir relaciones.

La lengua no actúa de manera independiente: está gobernada por la mente y dirigida por el corazón. Pero la Escritura enseña que, desde la caída en el Edén, la mente humana ha sido afectada y corrompida por el pecado. Por esa razón, de una misma boca pueden salir palabras de bendición dirigidas a Dios y, al mismo tiempo, palabras de maldición contra los hombres, creados a su imagen. Así, la lengua se convierte en un campo de batalla espiritual: puede ser fuente de verdad o de mentira, canal de gracia o de destrucción. El apóstol Santiago la describe como un fuego devastador, encendido por el mismo in****no, imposible de domar por fuerzas humanas, y que solo puede ser verdaderamente controlado por la obra regeneradora del Espíritu Santo.

En este sentido, la lengua funciona como una auténtica máquina de pecado cuando no está sometida a Dios. Diversos estudios señalan que una persona promedio puede llegar a decir varias mentiras al día, acumulando decenas de miles a lo largo de su vida. Más allá de la estadística, la Biblia afirma con solemnidad que ninguna palabra es insignificante ante Dios. Por ello, el Señor Jesús advirtió: «De toda palabra ociosa que hablen los hombres, de ella darán cuenta en el día del juicio» (Mateo 12:36). Estas palabras nos recuerdan que el uso irresponsable de la lengua revela la condición del corazón y nos hace moralmente responsables delante de Dios.

No obstante, la misma lengua que acusa y condena puede convertirse, por la gracia divina, en un instrumento de salvación. Cuando una persona confiesa sus pecados delante de Dios y proclama con su boca que Jesucristo es el Señor, esa lengua es redimida para dar gloria a Dios. Como afirma el apóstol Pablo: «Con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación» (Romanos 10:10). La fe genuina se expresa verbalmente y transforma la manera en que hablamos.

Por ello, te exhorto hoy a consagrar tu lengua al Señor. Usa tus palabras para bendecir, edificar, anunciar la verdad y glorificar a Dios. Confiesa el nombre de Jesús de Nazaret como tu Señor y Salvador, y permite que el Espíritu Santo gobierne tus pensamientos y tus palabras, para que tu boca sea una fuente de vida y no de destrucción. Porque cuando Cristo reina en el corazón, la lengua deja de ser un instrumento de muerte y se convierte en un canal de gracia, verdad y salvación.

—Carlos Humberto Suárez Filtrín

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