10/09/2026
No es un consejo, es una condición. No es una sugerencia, es una exigencia. La santidad no es opcional para el que quiere estar con Dios; es indispensable. Sin ella, nadie verá al Señor. No porque Dios sea un tirano caprichoso, sino porque Su santidad es tan pura, tan infinita, que el pecado no puede estar en Su presencia. La santidad no es un adorno para los más devotos; es el requisito para todos los que han de estar delante de Él.
El autor de Hebreos lo declaró con claridad: "Seguid la paz con todos, y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor" (Hebreos 12:14). No es una opción, es una necesidad. No es una meta para algunos, es el camino para todos. Y el apóstol Pedro lo confirmó: "Como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir" (1 Pedro 1:15).
La santidad no es un lujo, es la evidencia de que el Espíritu Santo mora en nosotros. No es una obra humana, es el fruto de la gracia. Pero sin ella, no hay comunión con Dios. Sin ella, no hay herencia en el Reino. Porque el Dios santo solo recibe a los que han sido hechos santos en Cristo y que, por el Espíritu, viven en santidad.
Así que no tomes la santidad a la ligera. No la reduzcas a una idea o a un esfuerzo humano. Busca la santidad como el mayor tesoro, porque sin ella, nadie verá al Señor. Pero con ella, por la gracia de Cristo, verás Su rostro y vivirás para siempre.