21/08/2026
EL DEDO EN LA LLAGA
Mata Hari en toga: cuando el título no viste al abogado
Por: Esteban Farfán Romero
Yacuiba - Gran Chaco - Bolivia
Viernes, 21 de agosto de 2026
La historia recuerda a Mata Hari no por su diploma, sino por su arte de la ficción. Bailarina, cortesana, espía -o acaso todo a la vez-, supo que el disfraz perfecto no era el que cubre el cuerpo, sino el que envuelve la palabra. Hoy, en las pantallas de Bolivia, hay quien se viste de jurista con el mismo artificio: licenciatura en Derecho colgada en el estudio, pero el lenguaje del mercado de abasto. No es un delito, es una pena. Porque la ley, como la danza, se revela en el movimiento, no en el título que acredita haber tomado clase.
El título no es el oficio
Que Nadia Beller sea licenciada en Derecho es un hecho. Que se presente como abogada constitucionalista es una interpretación generosa. Pero que en cada entrevista su léxico resbale por la pendiente de lo vulgar, que los conceptos se le enreden como hilos de un tejido descosido, eso ya es evidencia. No hace falta un perito en lingüística para notarlo: basta con dos minutos de exposición. El abogado se reconoce en su jerigonza -no por alardear, sino por propiedad-; el charlatán, en cambio, se delata en cada muletilla, en cada lugar común que pretende ser argumento.
La lección de Ossorio
Ángel Ossorio, en El alma de la toga, abre su primer capítulo con una pregunta que debería ser cartel de entrada en cada facultad: ¿quién es abogado? Y responde con la claridad de quien ha visto el foro desde la tribuna y la celda: no basta haber obtenido el grado de Licenciado en Derecho; se necesita una consagración profesional y vital al ejercicio de la abogacía. El título es un papel; la abogacía, un oficio que se vive. Ossorio va más lejos: la rectitud de conciencia está por encima del conocimiento técnico. Primero ser bueno, luego firme, después prudente, y al final, ilustrado. La pericia, dice, es lo último. ¿Qué queda entonces de la formación de quien usa el Derecho como un disfraz de carnaval para opinar de todo sin haber defendido jamás una causa en los tribunales?
La diferencia que duele
No es pedantería, es rigor. Manuel Ossorio, otro tratadista, insistió en que el verdadero abogado es aquel que pide justicia y da consejo jurídico como modo de vida, no como añadido curricular. En Bolivia, como en Madrid -recordaba el propio Ángel-, hay miles de licenciados, pero pocos abogados. La diferencia no la hace el cartón, sino el uso de la palabra. El lenguaje vulgar, corriente, regular, es el espejo de una mente vulgar, corriente, regular. Quien no puede nombrar el derecho con propiedad difícilmente podrá reclamarlo con eficacia. Y cuando esa persona ocupa un micrófono, no informa ni forma: entretiene con el espectáculo de la ignorancia vestida de toga.
El espejo de la política
Aquí la cuestión trasciende a Beller. La política boliviana ha hecho del título un fetiche; se aferra a los diplomas como el náufrago a una tabla, pero olvida que la tabla no navega si no hay quien reme. Los debates se convierten en concursos de pergaminos, mientras la sustancia-el pensamiento crítico, la solidez argumental, la ética de la profesión-se diluye en el ruido. ¿Acaso no hemos normalizado que un constitucionalista no sepa diferenciar entre una acción popular y una acción de amparo? ¿O que un "jurista" de pantalla use el "me parece" como muletilla cuando debería decir "la ley establece"? El problema no es la ignorancia ocasional; es la banalización del saber que convierte la autoridad en postureo.
Remate incómodo
Entonces, la pregunta no es si Nadia Beller es o no abogada. La pregunta es por qué toleramos que el título supla al oficio, que la apariencia valga más que la práctica, que el lenguaje se vuelva moneda falsa en el mercado de la opinión. Ossorio advertía que el mal abogado enriquece a costa del cliente; hoy el mal "abogado de televisión" empobrece el debate público a costa de la audiencia. Y mientras tanto, la verdadera abogacía -la que se ejerce en los juzgados, en los escritos, en la defensa de los derechos- sigue ahí, silenciosa, esperando que alguien la nombre sin disfraz.
Porque la toga no se improvisa. Se gasta con los años, se mancha de tinta y de sudor, y solo entonces, cuando la palabra pesa más que el título, se puede decir con orgullo: "Soy abogado". Lo demás, señoras y señores, es espectáculo. Y del malo.
Yacuiba, 21 de agosto de 2026