12/04/2026
Pedidos después de la muuu333rte
Parte1
Acepté un pedido a las 2:13 a.m.… pero el cliente llevaba 8 meses mu**to.
Trabajo repartiendo de noche en la CDMX. No es por gusto. Es porque a esa hora hay más dinero… y menos gente haciendo preguntas.
Con el tiempo te acostumbras a cosas raras: direcciones que no existen, clientes que no salen, pedidos que desaparecen. Pero lo de esa noche… fue distinto.
Eran exactamente las 2:13 a.m. cuando me cayó el pedido.
No era comida.
1 veladora negra
1 caja de cerillos
1 botella de alcohol
Ya eso era raro.
Pero lo que me heló fue el nombre:
Daniel Ríos
Se me quedó la mirada pegada en la pantalla.
Porque ese nombre no era cualquiera.
Era mi primo.
El mismo que enterramos hace 8 meses.
Sentí ese frío que no viene del clima… sino de adentro. Pensé en cancelar. De verdad.
Pero cometí el error que todos cometemos cuando algo no tiene explicación:
Quise saber más.
Acepté.
Apenas lo hice, llegó un mensaje automático:
“No hables con el velador.”
Fruncí el ceño. No tenía sentido.
Arranqué la moto.
Pero desde ese momento… ya no me sentí solo.
El camino estaba vacío. No vacío normal… vacío raro.
Semáforos cambiando sin nadie.
Calles sin perros.
Sin ruido.
Solo el motor y ese presentimiento incómodo de que algo no estaba bien.
A mitad del camino, el celular vibró otra vez.
“No llegues antes de las 2:41.”
Miré la hora.
2:29.
Me orillé.
Esperé.
No quería llegar antes.
No quería romper… lo que fuera que estaba pasando.
Llegué exactamente a las 2:41 a.m.
La reja del panteón estaba entreabierta.
No había nadie en la entrada.
Nadie en la caseta.
Nada.
El silencio era tan pesado que hasta mis pasos se escuchaban diferente.
Entré.
El mapa marcaba un punto al fondo.
Empecé a caminar entre tumbas.
Y fue ahí cuando lo escuché.
Mi nombre.
Susurrado.
Justo detrás de mí.
Me detuve.
El cuerpo me pedía voltear.
Pero recordé el mensaje.
Y no lo hice.
Entonces escuché pasos.
Grava moviéndose.
Lentos.
Pesados.
Venían detrás de mí.
El celular vibró.
“Si te habla… no le contestes.”
Sentí cómo el corazón me empezó a latir más fuerte.
Y entonces… la voz.
—Oye…
Era un hombre.
Muy cerca.
—¿A quién buscas?
No respondí.
Seguí caminando.
Pero los pasos… no se detuvieron.
Y en ese momento supe algo.
No estaba solo.
Y no todo lo que estaba ahí… era humano.