05/09/2026
CAMILO ESCALONA: UNA VIDA ENTREGADA A CHILE
Ha mu**to Camilo Enrique Escalona Medina, y con él se va algo más que un dirigente histórico del socialismo chileno. Se va una parte de una generación que conoció la política cuando todavía podía costar la libertad, el exilio e incluso la vida. Una generación que aprendió demasiado temprano que la democracia no era un paisaje permanente, sino una conquista frágil que podía derrumbarse de un día para otro. Por eso su muerte no pertenece únicamente a quienes militaron junto a él, a quienes compartieron sus ideas o a quienes siguieron durante décadas su trayectoria. Pertenece también a la historia de Chile.
Hay biografías políticas que se pueden contar enumerando cargos, elecciones y responsabilidades institucionales. En el caso de Camilo Escalona, hacerlo sería insuficiente. Fue diputado, senador, presidente del Partido Socialista y presidente del Senado de la República. Todo eso importa. Pero antes de cada uno de esos cargos hubo un muchacho que entró muy joven a la política, que presidió a los estudiantes secundarios en los años de la Unidad Popular, que conoció el golpe de Estado, la persecución y el exilio, y que un día decidió regresar clandestinamente a Chile cuando la dictadura todavía parecía invulnerable.
Tal vez allí está una de las imágenes más profundas de su vida. El joven socialista que tuvo que abandonar su país terminaría décadas después presidiendo el Senado de la República. Entre esos dos momentos cabe casi toda la historia reciente de Chile: la esperanza de comienzos de los setenta, la fractura de 1973, la larga noche de la dictadura, el exilio, la clandestinidad, la lucha por recuperar la democracia y la difícil tarea de volver a construir instituciones, acuerdos y convivencia política. Pocas trayectorias personales permiten recorrer tantos capítulos de nuestra historia simplemente siguiendo los pasos de una sola persona.
Camilo Escalona perteneció a una época en que la militancia no consistía en tener una opinión política, sino en entregar una parte considerable de la vida a una causa. Fue formado en la vieja escuela de los partidos, aquella de reuniones interminables, documentos, discusiones ideológicas, sindicatos, territorios, juventudes políticas y organizaciones sociales. Podrá parecer una forma de hacer política distante para quienes crecieron en tiempos de redes sociales y liderazgos instantáneos, pero había allí una idea que merece ser rescatada: nadie cambia verdaderamente un país solo.
Para él, el Partido Socialista nunca fue simplemente un instrumento para disputar elecciones. Era una comunidad histórica, una memoria colectiva y una responsabilidad heredada de generaciones anteriores. En ese sentido, fue profundamente socialista incluso antes de discutir cualquier programa concreto. Creía en la organización, en la formación de militantes, en la construcción de mayorías y en la necesidad de que las ideas sobrevivieran a quienes circunstancialmente las representaban.
Por supuesto, su vida política estuvo lejos de ser tranquila. Escalona fue una figura controvertida, y sería una falta de respeto hacia su trayectoria intentar esconderlo ahora. Tuvo disputas durísimas dentro del socialismo y de la centroizquierda, defendió posiciones con una firmeza que muchas veces incomodó incluso a sus propios compañeros y cultivó un estilo político frontal, poco dado a las medias palabras. Hubo decisiones suyas que fueron discutidas entonces y que seguirán siendo discutidas durante mucho tiempo. Esa es, después de todo, la suerte de quienes realmente participan de la historia: dejan huellas, pero también dejan controversias.
La muerte no obliga a transformar a nadie en santo. Quizás el mejor homenaje consiste justamente en reconocer una vida completa, con sus luces y sus sombras, sus triunfos y derrotas, sus aciertos y errores. Camilo Escalona conoció todas esas estaciones. Supo lo que era estar en el centro del poder político y también lo que significaba perder una elección. Supo construir acuerdos y protagonizar conflictos. Supo ser escuchado y también cuestionado. Pero hubo algo que nunca pareció abandonar: la convicción de que la política importaba.
Y eso, en los tiempos que corren, no es poca cosa.
Hoy la política suele aparecer ante los ciudadanos como un espectáculo de declaraciones rápidas, polémicas fugaces y carreras personales. Los partidos están debilitados, la conversación pública se acelera y muchas veces confundimos una tendencia en redes sociales con una corriente histórica. Escalona venía de otro mundo, uno en que construir una fuerza política requería paciencia, organización y años de trabajo. Uno en que la palabra militancia todavía significaba pertenecer a algo que comenzaba antes de uno y probablemente continuaría después.
Esa forma de entender la vida pública tenía defectos, naturalmente, pero también una grandeza que sería injusto olvidar. Significaba asumir que las convicciones personales no bastaban, que había que organizarlas, someterlas a debate, persuadir a otros y transformarlas algún día en una mayoría capaz de gobernar. Escalona entendió tempranamente que una izquierda que quisiera transformar Chile no podía limitarse a denunciar las injusticias; tenía también que ser capaz de hacerse responsable del país.
Por eso fue una de las figuras relevantes en la larga transformación del socialismo chileno después de 1973. Su generación debió reconstruir un partido devastado por la persecución y el exilio, y luego participar en la construcción de una alternativa democrática a la dictadura. Más tarde tuvo que aprender algo todavía más difícil: gobernar. Pasar de la resistencia al Estado, de la clandestinidad al Congreso, de la denuncia a las responsabilidades concretas del poder. Nada de aquello estuvo libre de contradicciones, pero sería imposible comprender el Chile democrático de las últimas décadas sin comprender también ese proceso.
En la vida de Escalona existe, además, una paradoja hermosa. Un hombre que conoció un país donde el Congreso había sido clausurado terminó presidiendo una de sus cámaras. Un joven expulsado de su patria por razones políticas terminó ocupando una de las más altas responsabilidades de la República. No hay que exagerar el símbolo porque la historia siempre es más compleja que una fotografía, pero tampoco hay que ignorarlo. Hay algo profundamente conmovedor en esa trayectoria: la democracia que alguna vez le fue arrebatada terminó convirtiéndose en el espacio donde desarrolló buena parte de su vida pública.
Quizás por eso su muerte inevitablemente remueve recuerdos de un Chile que empieza a quedar cada vez más lejos. El Chile de los exiliados que guardaban fotografías y cartas esperando regresar. El de las familias separadas por la política. El de quienes pronunciaban ciertos nombres en voz baja. El de quienes soñaron durante años con volver a votar libremente. Y también el Chile que un día, después de muchísimo dolor, consiguió recuperar la democracia.
Camilo Escalona fue hijo y protagonista de todo aquello. Llevó consigo las heridas de su generación, pero también sus esperanzas. Nunca dejó de hablar desde esa experiencia histórica, incluso cuando nuevas generaciones comenzaron a mirar con distancia —y muchas veces con justicia— las decisiones tomadas durante la transición. En sus intervenciones públicas siempre parecía existir una advertencia silenciosa: las instituciones pueden parecer imperfectas, pero hubo un tiempo en que simplemente no estaban.
Su partida también invita a pensar en la memoria de la izquierda chilena. Una organización política no puede vivir únicamente del pasado, pero tampoco puede construir un futuro si desconoce de dónde viene. Cada generación tiene el derecho de cuestionar a la anterior, de corregirla, incluso de rebelarse contra ella. Pero ese derecho se vuelve mucho más fértil cuando existe conciencia de la historia que se está discutiendo.
Escalona pertenece ahora definitivamente a esa historia. No como una figura de bronce, inmóvil e intocable, sino como un político real, lleno de convicciones, contradicciones, pasiones y disputas. Como alguien que entregó más de medio siglo a una causa y que entendió la política como un compromiso que atravesaba la totalidad de la vida.
Quizás eso sea lo que más conmueve al mirar su trayectoria completa. Pensar en aquel adolescente que comenzó a militar sin saber todavía todo lo que vendría. Pensar en el joven que conoció el golpe, que tuvo que partir, que vivió lejos de Chile y que decidió regresar clandestinamente. Pensar después en el hombre que entró al Congreso cuando el país recuperó la democracia, que presidió su partido y que años más tarde se sentaría en la testera del Senado.
Hay una vida entera entre esas imágenes.
Y detrás de los cargos, de las polémicas y de las declaraciones públicas existió también un hombre que envejeció junto con el país. Alguien que vio desaparecer compañeros, cambiar generaciones y transformarse profundamente la sociedad por la que había comenzado a luchar cuando era casi un niño. Eso también forma parte de una trayectoria política y pocas veces aparece en las reseñas oficiales: el paso del tiempo, los afectos acumulados, las pérdidas, las lealtades que sobreviven, los recuerdos de quienes ya no están.
Cuando muere una figura de esta dimensión, cada sector político hace naturalmente su propio balance. Los socialistas recordarán a un compañero y a uno de sus dirigentes más importantes. Sus adversarios recordarán debates, enfrentamientos y acuerdos. Otros verán simplemente a una figura conocida durante décadas. Pero quizás exista un territorio común desde donde despedirlo: el reconocimiento a quien dedicó una vida completa a aquello en lo que creyó.
En una época en que la política parece muchas veces una ocupación temporal, hay algo casi antiguo en una biografía como la suya. Entró siendo adolescente y permaneció allí hasta el final. Cambiaron los gobiernos, los partidos, las alianzas, las generaciones y hasta el lenguaje político, pero él siguió perteneciendo al mismo río.
Eso merece respeto.
No porque todas sus decisiones hayan sido correctas. No porque su visión de Chile deba aceptarse sin discusión. No porque la muerte borre las diferencias. Merece respeto porque las sociedades democráticas también se construyen reconociendo a quienes dedicaron su vida a participar de ellas, especialmente cuando alguna vez tuvieron que luchar para que esa democracia existiera.
Camilo Escalona ya no está.
Quedarán sus discursos, sus libros, sus decisiones y las interminables discusiones sobre su legado. Quedarán también las fotografías de distintas épocas, desde aquel joven dirigente estudiantil hasta el hombre de cabello blanco que siguió interviniendo en el debate público cuando una nueva generación comenzaba a ocupar el escenario.
Pero acaso la imagen más poderosa será siempre aquella que une los dos extremos de su historia: el joven perseguido que tuvo que marcharse de Chile y el hombre que terminó presidiendo el Senado de una República democrática.
Entre ambos hubo una vida.
Una vida política, con todo lo noble, doloroso, contradictorio y humano que esas palabras pueden contener.
Hoy el socialismo chileno pierde a uno de sus grandes referentes y Chile despide a un protagonista de su historia reciente. Para quienes compartieron con él quedan además otros recuerdos, mucho más íntimos que cualquier análisis político: una conversación, una discusión, un gesto, una amistad, una lealtad.
Porque al final incluso los personajes históricos vuelven a ser personas.
Y cuando una persona se va, por más cargos que haya ocupado y por más páginas que haya escrito en la historia de un país, queda siempre un vacío imposible de llenar con discursos.
Descansa en paz, Camilo Escalona.
Su historia queda entre nosotros.