28/07/2026
Llanka Piwke, de Adriana Pinda, Pindatray
Por Alexis Figueroa, poeta
Esta historia comienza, o más bien no comienza, sino que enraíza en su hacer y sentido muchos, muchos años atrás. Si cierras tus ojos y visitas su cauce, en los amplios parajes de la imaginación, podrás ver una cresta andina, que desde su altura domina un extenso valle, en donde hoy se levanta Santiago. Pero antes, 500 años antes, allá abajo, a lo lejos, no está la ciudad. Acá arriba, en la cumbre, una comitiva de dignatarios, oficiantes, sacerdotes –si esta palabra sirve de algún modo al caso- realizan una ceremonia. Tras unos momentos, vestidos conformes sus dignidades, abandonan la escena. Dejan en un agujero cavado en el suelo helado, un niño de unos ocho años. Es un sacrificio que une lo humano con los avatares de la naturaleza, sellando, un pacto de contiguidad. Junto al Niño fue depositada una ofrenda compuesta de distintos objetos ceremoniales, y una bolsa de lana recubierta con plumas de parina que contenía hojas de coca. Durante 500 años permaneció allí, conjurando el sentido de un cosmos precolombino y vital. Hoy en día, el lugar se encuentra vacío. El niño, se conserva en una cámara de cristal temperado, para preservarlo como reliquia arqueológica. Extraído del eje del cosmos, ahora es objeto que si bien preciado a los ojos de otra cultura, por el mismo traslado desarraiga su carácter vivo, de un puente entre mundos, dejando tan solo una forma admirable, pero quebrada, estanca, muda, sin voz.
Esta historia comienza, o más bien no comienza, sino se enraíza, en también otra fecha, muchos años atrás. Ocurrió durante los catastróficos sismos de 1960, en el sur, con la tierra moviente, tal si una serpiente gigante despertase en las entrañas de la misma tierra, elevando el eco de la memoria ancestral. Para apaciguar el momento se intentó hacer algo. Escribe Pindatray, por voz de su crónica: Yo soy la anciana machi que murió convencida que para un gran mal se necesita un gran remedio
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Pindatray Pindapichun
Alexis Figueroa Aracena