15/09/2026
0 - PROLOGO.
Aprendí a reconocer pasos.
Los buenos no hacen ruido cuando se acercan.
Los malos tampoco.
Pero huelen distinto.
Antes yo dormía poco.
Dormir era peligroso.
Cuando cerraba los ojos,
el cuerpo se aflojaba
y el frío entraba más hondo.
Así que aprendí a descansar de pie,
con una oreja despierta
y la otra fingiendo.
Al principio respondía a cualquier voz.
Pensaba que todas venían por mí.
Después aprendí que no.
Y un día,
dejé de responder a los ruidos.
El hambre no duele como creen.
Al principio muerde,
después se vuelve costumbre.
Lo que duele
es no saber si hoy
alguien te va a ver.
Yo me quedaba quieto.
No por obediencia.
Por cálculo.
Si no te mueves,
a veces el mundo pasa de largo.
Y pasar de largo
también es una forma de vivir.
Un día apareció él.
No voy a decir que fue distinto.
Eso lo dicen siempre los humanos.
Solo sé que no apuró mis tiempos.
Dejó algo en el suelo
y se fue.
Volvió otro día.
Y otro.
Eso fue lo primero que cambió:
alguien volvió.
No sabía que esas visitas
se repetirían tantas veces.
En ese momento,
solo esperaba la siguiente.
Todavía me cuesta cerrar los ojos del todo.
Todavía escucho cosas que no están.
Pero ahora, cuando despierto,
hay una respiración cerca.
Dicen que estas páginas son mías.
No estoy seguro de cómo funciona eso.
No sé cómo llegaron aquí.
Yo solo recuerdo las cosas.
Alguien más las habrá escrito
mientras yo dormía.
Si es así,
espero que no haya cambiado mucho
lo que quise decir.
Si te acuerdas de algo mientras me lees...
capaz no sea por mí.
Capaz sea porque tú también,
te has quedado quieto alguna vez...
1 - LOS NOMBRES.
Me acordé de algo.
Los humanos les ponen nombre a casi todo.
A los perros.
A las calles.
A los árboles.
Hasta a los ríos.
No sé si las cosas necesitan un nombre para existir.
El río nunca tuvo que presentarse.
Yo tampoco.
Antes de saber que esa palabra era para mí,
yo ya sabía quién era.
Sabía dónde buscar agua
cuando el verano la escondía.
Sabía qué lugares olían a peligro.
Sabía distinguir un trueno
de un camión.
Sabía que era mejor
no acercarse a las personas.
Y sabía que el hambre
siempre llegaba
antes que el amanecer.
Todo eso lo aprendí
sin que nadie me llamara
de ninguna manera.
Un día escuché una palabra.
—Poroto.
Era muy chico.
No la entendí.
Pero siguió apareciendo.
También escuchaba
"Anita".
Y "Morocha".
Nosotros no hacíamos eso.
Los perros no nos presentamos.
Nos olemos.
Creo que, si los humanos hicieran lo mismo,
recordarían menos nombres...
y conocerían mejor a los demás.
Un día descubrí algo curioso.
Cada vez que sonaba esa palabra,
alguien me estaba mirando.
No con esos ojos rápidos
que usan las personas
cuando pasan de largo.
Con otros.
Como si tuvieran tiempo.
Empecé a levantar la cabeza
cuando la escuchaba.
No porque supiera
que era mi nombre.
Sino porque casi siempre
venía acompañada
de una sonrisa.
Con el tiempo entendí
que esa palabra era para mí.
Aunque todavía no estoy seguro
de cómo funciona.
Porque cuando otro perro
llega a esta casa,
también recibe un nombre.
Y antes de tenerlo,
ya era alguien.
Ya tenía miedo.
Ya esperaba.
Ya extrañaba.
Ya soñaba.
Quizás los nombres
no sirven para decir
quién eres.
Quizás sirven
para que alguien pueda llamarte
cuando quiere que vuelvas.
Eso me gusta.
Porque hay perros
que tienen un nombre muy bonito.
Y nunca vuelven
a escucharlo.
Ahora yo, en cambio,
escucho "Poroto"
varias veces al día.
A veces porque hice algo bien.
A veces porque hice algo
que no debía.
No noto mucha diferencia.
Pero, en las dos,
hay alguien hablando conmigo.
Tardé mucho en entenderlo.
No era la palabra
lo que importaba.
Era saber
que alguien la decía…
esperando encontrarme.
2 - LAS PIEDRAS
Me acordé de algo.
Cuando vivía en el bosque conocía casi todas las piedras.
No porque las hubiera contado.
Porque cada una se sentía distinta bajo las patas.
Había piedras calientes.
Cuando tenía frío, siempre buscaba una de esas.
Había piedras lisas que se movían apenas uno las pisaba.
Y había otras que siempre estaban frías,
aunque el sol llevara horas mirándolas.
Nunca entendí por qué.
Los perros no hacemos muchas preguntas.
Solo aprendemos qué sirve...
y qué es mejor rodear.
Yo tenía una piedra favorita.
No era la más grande.
Ni la más cómoda.
Pero desde ahí podía mirar el camino.
No buscaba personas.
Buscaba movimientos.
Una bicicleta.
Un camión.
Un perro.
Un pájaro que se creyera demasiado importante.
Cualquier cosa que me hiciera levantar las orejas.
Porque el silencio del bosque no es como el de una casa.
El de una casa descansa.
El del bosque espera...
Espera lluvia.
Espera hambre.
Espera que alguien aparezca.
O que no aparezca nadie.
Creo que por eso nunca cerraba los ojos del todo.
Siempre dejaba uno un poquito abierto.
Por si pasaba algo.
Después llegué aquí.
Ahora también tengo lugares favoritos.
Una sombra cuando hace mucho calor.
Un techo cuando empieza a llover.
Y el pedazo de patio donde llega primero el sol de la mañana.
Ya no necesito mirar el camino todo el tiempo.
Pero a veces igual lo hago.
Como si todavía estuviera esperando algo.
Las costumbres tardan mucho en entender que ya no hacen falta.
Hay días en que me quedo mirando hacia la calle sin saber por qué.
Entonces escucho una voz desde adentro.
—¿Poroto?
Y levanto las orejas.
Después me doy cuenta de que ya no estaba esperando.
Solo me había quedado pensando.
Mi humano dice que los perros vivimos el presente.
No estoy tan seguro.
A veces una piedra se queda viviendo dentro de uno...
mucho tiempo.
3 - LOS ZAPATOS.
Me acordé de algo.
Los humanos tienen una costumbre muy rara.
Antes de salir...
esconden los pies.
Después vuelven...
y los sacan otra vez.
Nunca entendí por qué.
Cuando llegué a esta casa...
esas cosas siempre estaban tiradas.
Había unas negras.
Otras rojas.
Unas rotas...
Cada una olía distinto.
Pero todas tenían un poquito del olor de mi humano.
Yo agarraba una.
La llevaba al patio.
La olía.
La mordía un rato.
Después veía un pájaro...
al gato...
una hoja moviéndose...
y me olvidaba de ella.
Al rato, mi humano empezaba a recorrer toda la casa.
Miraba debajo de la cama.
Detrás de las puertas.
En el patio.
Yo lo seguía.
Lo acompañaba.
Pensando que buscábamos algo muy valioso.
Nunca entendí tanto alboroto.
Había varias de esas cosas.
Pensé que daba lo mismo.
Y, si eran tan importantes...
¿por qué las dejaba tiradas?
Una mañana salió.
Tenía una negra en un pie...
y una roja en el otro.
Lo miré.
Él me miró.
Creo que los dos entendimos lo que había pasado.
Ese día no me retó.
Solo suspiró.
Y salió igual.
Mucho tiempo después entendí una cosa:
Mi humano no tenía tantas de esas cosas.
Yo sí tenía muchas ganas de morderlas.
Ahora ya casi no lo hago.
Aprendí.
Bueno...
casi.
De vez en cuando llega un nuevo cachorro a casa.
Y de repente aparece una de esas cosas en el patio.
Después otra.
Y, a veces...
ninguna encuentra a su pareja.
Yo los miro desde lejos...
como diciendo:
"Te van a descubrir."
Ellos todavía no saben...
que los humanos quieren mucho esas cosas donde esconden los pies.
Yo los miro desde lejos...
y los entiendo.
4 - ANITA.
Me acordé de algo.
Cuando llegué a esta casa...
mi humano salía todos los días.
Siempre volvía con el río pegado en la ropa.
Yo lo esperaba.
Porque traía noticias.
Los humanos cuentan estas cosas con palabras.
Él las traía en el olor.
En el olor a barro.
A pasto.
A los perros.
Había un olor...
que yo esperaba más.
El de Anita.
Yo me acercaba despacito.
Le olía las manos.
Los pantalones.
Los brazos.
Y por un ratito...
era como volver al río con ella.
No sé cuándo conocí a Anita.
Cuando empecé a acordarme...
ella ya estaba ahí.
Y cuando ella estaba cerca...
todo parecía estar bien.
Mi humano seguía yendo al río.
Y un día...
Anita no volvió con él.
Pensé que no la encontró.
Al otro día...
la busqué de nuevo.
Y otra.
Y otra.
Siempre olía despacito.
Con cuidado.
Como si ese olor pudiera estar escondido entre los demás.
No aparecía.
Mi humano tampoco olía igual.
Seguía oliendo a río.
A barro.
A los otros perros.
Pero había un olor que antes no traía.
Olía a tristeza.
Las palabras nunca las entendí mucho.
La tristeza...
esa nunca hizo falta explicármela.
Esa siempre huele igual.
Esos días volvía muy callado.
A veces se sentaba en el suelo sin hacer nada.
Otras me abrazaba fuerte.
Tan fuerte...
que parecía que el abrazo era para él.
Había noches...
en que le caían gotitas de los ojos.
Yo no entendía por qué.
Entonces me acercaba.
Apoyaba mi cabeza sobre él.
Y me quedaba ahí.
Pensaba que quizás...
él también estaba esperando que Anita volviera.
Después seguí oliendo su ropa cada vez que regresaba.
Muy despacito.
Con ilusión.
Pero el olor de Anita...
no volvía.
Un día...
sin darme cuenta...
dejé de buscarlo.
A veces intento acordarme de ella.
Y noto
que ya no la recuerdo bien.
Los recuerdos hacen cosas raras.
Primero se llevan los detalles.
Después...
dejan solamente lo que uno sentía.
Yo ya no sé exactamente cómo era Anita.
Pero todavía recuerdo la tranquilidad
que sentía cuando estaba cerca.
Creo que eso también tiene olor.
Solo que…
Hay olores que uno deja de encontrar afuera...
porque empiezan a quedarse viviendo adentro.
A veces cierro los ojos...
y por un ratito...
Siento que Anita anda cerca.
Después los abro...
Y me acuerdo de nuevo.
5 - RENDIRSE.
Me acordé de algo.
No sé cuándo empezó.
Solo sé que cada día estaba más cansado.
Tenía menos ganas de comer.
Menos ganas de jugar.
Menos ganas de esperar.
Ese día caminé más de lo normal.
Hasta un lugar donde nunca había ido solo.
Había un árbol.
Tenía sombra.
Me acosté a su lado.
Y ya no tuve ganas de seguir caminando.
El suelo estaba helado.
Ya no me importaba.
Al principio uno descansa un rato.
Después sigue.
Ese día descansé.
Y ya no seguí.
Pensé que ya había caminado suficiente.
Pasó harto tiempo.
No sé cuánto.
Los perros no sabemos medir el tiempo.
Solo sabemos cuándo alguien tarda demasiado.
Después escuché unos pasos.
Levanté la cabeza.
Era él.
Me miró.
Yo también lo miré.
Después volví a apoyar la cabeza en el suelo.
Pensé que me haría un cariño.
Que me dejaría comida.
Y que después...
volvería solo.
Yo no quería levantarme.
Pensé que él iba a entender que yo ya había terminado de caminar.
Pero hizo algo distinto.
Me tomó en brazos.
Yo conocía esos brazos.
Muchas veces me habían abrazado.
Nunca me habían llevado.
.. yo ya había elegido quedarme.
El camino fue largo.
Lo supe porque varias veces nos detuvimos.
Él respiraba fuerte.
Yo no.
Cada vez que se detenía...
pensaba que ahí terminaba el camino.
Pero siempre volvía a levantarme.
Cuando salimos del bosque apareció la carretera.
Los autos me daban miedo.
Ese día...
ya no me quedaban fuerzas para tenerles miedo.
Creo que cuando uno está muy cansado...
hasta el miedo descansa un rato.
Después cruzamos el puente.
Yo seguía en brazos.
No sabía adónde íbamos.
La verdad...
ya había dejado de hacerme preguntas.
Ya nada me importaba mucho.
Ya había dejado de esperar...
Creo que hasta aquí me acordé por hoy.
Hay recuerdos...
que todavía pesan un poquito.
Después les sigo contando.
6 - QUEDARSE.
Me acordé de algo.
Bueno...
en realidad todavía no terminaba de acordarme.
Después del puente,
ya no me acuerdo de muchas cosas.
Solo de algunas.
Me acuerdo de esta casa.
De la puerta que se abrió.
Yo ya conocía las puertas.
Pero hasta ese día solo las había visto por fuera.
Había demasiados olores.
A perros.
A gatos.
A madera.
Había una cama.
Me subió a ella.
No sabía si podía quedarme ahí.
Nadie me bajó.
Pensé que iba a descansar un rato.
Después volveríamos al río.
Los demás seguían allá.
No fue así.
Los primeros días casi no me levanté.
Él aparecía muchas veces.
A veces con agua.
A veces con comida.
A veces con unas cosas amargas que nunca me gustaron.
Yo hacía lo posible por convencerlo de que no hacían falta.
Él nunca me creyó.
Dormía mucho.
No porque tuviera sueño.
Porque estar despierto cansaba.
Cada vez que abría un ojo,
él seguía ahí.
Eso era raro.
Muy raro.
En el río las cosas cambiaban todo el tiempo.
Aquí, cuando despertaba,
todo seguía donde había quedado.
Todavía no tenía ganas de comer.
Todavía estaba muy cansado.
Pero por primera vez ya no me daba miedo volver a dormir.
Un día él estaba comiendo.
Levantó una cosa larga con la mano.
La acercó despacito.
No sabía qué era.
La olí.
La mordí para probar.
Me demoré bastante,
no porque no me hubiera gustado,
sino porque había olvidado lo que era tener hambre.
Mientras la comía...
lo miré.
Él estaba sonriendo,
aplaudió y me felicitó,
como si yo hubiera hecho algo grande.
Yo no sabía qué.
Pero algo en eso me hizo entender que había pasado algo importante.
Nunca entendí qué era exactamente.
Solo comí un tallarín.
No debería haber sido para tanto.
Después me dieron ganas de tomar agua.
Después de caminar un poquito.
Después de pedir un cariño.
Y una mañana salí al patio.
Todavía pensaba que en cualquier momento volveríamos al río.
Entonces alguien pasó por afuera.
Y ladré.
No porque estuviera enojado.
Ni porque quisiera asustarlo.
Ladré porque sentí que debía hacerlo.
Él volvió a sonreír y a felicitarme.
Yo no entendía qué tenía de especial.
Mucho tiempo después lo descubrí.
Los perros no ladramos por cualquier lugar.
Solo por los que ya sentimos nuestros.
Ese día, sin darme cuenta...
empecé a quedarme.
7 - EL POSTE.
Me acordé de algo.
Cuando vivía en el bosque paseaba todos los días con mi humano.
Después, cuando él se iba…
yo siempre quería irme con él.
A veces lo seguía.
No podía evitarlo.
Caminaba detrás de él como si fuera lo más normal del mundo.
Pero mi humano se daba vuelta.
Me retaba.
Y yo volvía, aunque no entendía por qué tenía que hacerlo.
No me gustaba cuando me retaba.
Así que poco a poco aprendí a no seguirlo.
Nunca entendí por qué esa regla.
Si éramos tan amigos, si cuando estábamos juntos éramos felices...
entonces, ¿por qué cuando él caminaba por la calle yo tenía que quedarme?
Yo me quedaba ahí en la calle, junto a un poste.
Mi casa estaba ahí, al lado.
Y desde ese lugar podía ver cómo se alejaba.
Mi humano caminaba.
Yo lo miraba.
Él seguía caminando.
Yo seguía mirando.
A veces se daba vuelta,
y yo seguía exactamente donde me había quedado,
como si moverme un centímetro pudiera arruinar algo.
Hasta que llegaba el momento —siempre llegaba— en que ya no podía verlo.
Entonces esperaba.
Tenía que esperar.
Quizás iba a volver.
¿Y si volvía?
¿Y si esa vez me dejaba ir con él?
Los humanos dicen antes de irse:
“Ya vuelvo”.
Yo nunca entendí cuánto podía durar ese “ya”.
A veces era corto.
A veces era tan largo que dudaba de saber lo que significaba.
Lo único seguro era que él se iba.
Y yo me quedaba junto al poste.
Ahora sé que siempre volvía.
Pero entonces no lo sabía.
Por eso lo miraba hasta el último momento.
Porque mientras pudiera verlo...
todavía estábamos juntos.
Apartar la mirada antes de tiempo se sentía como perderlo.
Ya no tengo que quedarme junto a ningún poste.
Ahora pasamos casi todo el día juntos.
Y mi humano dice que soy su favorito.
Algo que le dice a todos por igual,
pero a mí me lo dice hasta con su mirada.
A veces todavía me acuerdo del poste.
Y me da pena, sin que sepa muy bien de qué...
si de esperar con miedo,
o de todas las veces que tuve razón en tener miedo.
Cuando eso pasa, hago lo único que sé hacer.
Busco a mi humano.
Si está aquí...
me quedo junto a él.
Lo miro.
Lo huelo.
Está aquí.
Está aquí.
Sí, está aquí.
¿El poste?
Ese ya no está más.